Sobre el autor Introducción
- En un callejón sin salida
- ¿A quién se dirige el mensaje?
- ¿Cómo empezó el problema de "y no conoces"?
- La culpabilidad oculta, en la historia sagrada
- La verdadera purificación de toda maldad
- Nuestra historia denominacional y el mensaje a Laodicea
- Los remedios divinamente señalados: "oro"
- Los remedios divinamente señalados: "vestiduras blancas" y "colirio"
- Epílogo: El Cantar de los Cantares y el mensaje a Laodicea
- Apéndice: Algunas declaraciones de E. White sobre el pecado no reconocido
Sobre el autor
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El ministerio del autor incluye 20 años como pastor adventista en Estados Unidos y 24 años en la obra misionera adventista en África, como director departamental, fundador de La Voz de la Esperanza de África del Este, y autor y editor de "Africa Herald Publishing House". También Consultor de "Adventist All Africa Editorial". Actualmente dirige el "Comité para el estudio del mensaje de 1888".
Ningún otro tesoro oculto pudo haber fascinado tanto al pastor Robert J. Wieland, como su descubrimiento juvenil de que el mensaje de la justicia de Cristo constituye "el mensaje del tercer ángel, en verdad". Esa noción ha dado un toque distintivo a su ministerio. Durante 34 años se ha sentido movido a cavar profundamente en los sucesos enterrados del mensaje e historia de 1888, descubriendo que durante casi una década, E. White apoyó ese mensaje en más de 300 ocasiones, con calificativos como "preciosísimo", "exactamente lo que el pueblo necesitaba", un "trago de las aguas de Belén", el sorprendente "comienzo" de la tan esperada lluvia tardía y fuerte clamor de Apocalipsis 18.
Sin embargo, el autor se apercibió de que una obra que la inspiración había predicho que se extendería "como fuego en el rastrojo", se detuvo por más de un siglo. Su conclusión: algún enemigo ha intentado apagar el fuego que el Señor mismo encendió.
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo (escrito en 1974), explora la relación entre el mensaje especial de Cristo a la iglesia de Laodicea, y nuestra extraña resistencia a responder a su amante invitación, contenida en el mensaje de 1888. El hecho resulta por demás inquietante. El autor rastrea nuestros problemas denominacionales hasta una primera causa básica: no permitimos la entrada a aquel Amante celestial que ha estado llamando a nuestra "puerta" durante más de un siglo. Es su convicción que el Señor llama todavía, y que hay una solución esperanzadora: el arrepentimiento denominacional que demanda el mensaje del Testigo fiel.
La iniciativa de publicar este libro en el formato actual no pertenece al autor. Se debe a la súplica insistente de pastores y laicos, que el lector no dudamos compartirá, tras explorar su contenido.
Introducción
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Si el orador invitado a nuestra iglesia el sábado próximo fuese Jesús mismo, ¿cuál sería su mensaje?
La respuesta es sencilla. Él es ya el orador invitado, y su mensaje es fácilmente asequible a todos. Es el mensaje dirigido "al ángel de la iglesia de Laodicea".
Durante toda una década hemos probablemente predicado y escrito más sobre el mensaje a Laodicea que sobre cualquier otro tema concreto. Sin embargo, por alguna extraña razón, el cambio al que el mensaje apela parece no haberse nunca producido. A medida que las décadas se suceden inexorablemente, da la impresión de que la trágica condición espiritual que hace necesario el cambio, no ha hecho sino agravarse.
¿Acaso, de tanto repetirlo, el lenguaje de Apocalipsis 3:14-21 ha perdido para nosotros el significado? ¿Nos hemos autoflagelado periódicamente con arengas basadas en tal mensaje, hasta aburrir ese ritual masoquista?
¿Cuándo se predicará definitivamente el sermón sobre el mensaje a Laodicea que resulte en una acción acorde con el "consejo" dado por el Testigo fiel y verdadero?
Este libro no pretende ser una repetición de los clichés desgastados, en un espíritu de señalar defectos. Se trata, por el contrario, de contemplar el mensaje del Señor desde una perspectiva inhabitual: la del mensaje de 1888 de la justicia de Cristo. Las familiares palabras de Jesús a la séptima iglesia, pueden tomar un nuevo y sorprendente significado a la luz de nuestra historia posterior a 1888. Se convertirán en "verdad actual".
Es el plan de Dios que la verdad conduzca a su pueblo a una perfecta unidad de acción. Que los principios aquí presentados contribuyan a que nos unamos todos sobre el fundamento de la verdad eterna, de tal modo que aprendamos a glorificar a nuestro Señor, de forma individual y en tanto que cuerpo, obrando verdaderamente en armonía con su "consejo" dado en el mensaje a Laodicea. Oímos voces estridentes afirmando que no hay esperanza para la iglesia. Pero la hay, si hacemos lo que el Señor dice: "Sé pues celoso, y arrepiéntete".
"El Señor ha declarado que la historia del pasado se repetirá cuando entremos en la obra final". (E. White, MS-129, 1905 Mensajes Selectos, vol. 2, p. 449)
"Una y otra vez se me ha mostrado que las experiencias pasadas del pueblo de Dios no deben tenerse por hechos agotados. No debemos considerar el registro de esas experiencias como lo haríamos con un calendario del año pasado. El registro debe mantenerse en la mente, ya que la historia se repetirá". (E. White, MS. D-238, 1903)
1. En un callejón sin salida
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Hay una preparación que se ha descuidado, y sin embargo es esencial a fin de que pueda tener lugar el derramamiento final del Espíritu Santo en la lluvia tardía. La solución a nuestro problema podría ser mucho más simple de lo que hemos supuesto. Esa tan necesaria preparación, consiste en una comprensión clara del mensaje especial de Cristo a su pueblo en los últimos días: el mensaje dirigido al "ángel" de Laodicea, la séptima iglesia de Apocalipsis 2 y 3.
Si bien es cierto que "el mensaje a Laodicea... debe ir a todas las iglesias" (Testimonies, vol. 6, p. 77), E. White lo aplicó primaria y especialmente a la denominación Adventista del Séptimo Día, en incontables ocasiones. Además declaró que cuando comprendamos y aceptemos ese mensaje, "el fuerte clamor del tercer ángel" no sufrirá más demora. Reconocemos que la lluvia tardía y el fuerte clamor se han retrasado por décadas. La única conclusión posible es que debe haber algo en el mensaje a Laodicea que no hemos comprendido o recibido. Consideremos esta significativa afirmación:
Se me mostró que el testimonio a Laodicea se aplica al pueblo de Dios de la actualidad, y la razón por la que no ha cumplido una gran obra es por la dureza de los corazones... Cuando se presentó por vez primera... Casi todos creyeron que desembocaría en el fuerte pregón del tercer ángel... Está provisto con el objetivo de despertar al pueblo de Dios, revelarle sus descarríos y llevarle a un celoso arrepentimiento, a fin de que pueda ser favorecido con la presencia de Jesús, y estar preparado para el fuerte clamor del tercer ángel. (Testimonies, vol. 1, p. 186)
Si, tras todos estos años de orar por él, no estamos aún "preparados para el fuerte clamor", ¿no será sabio que dirijamos nuestra atención al mensaje a Laodicea, a fin de averiguar la razón? Quizá no hayamos alcanzado la comprensión de "este mensaje en todas sus fases" (E.G.W. CBA, vol. 7, p. 975). ¿Es sensata nuestra suposición de comprender la profunda importancia del mensaje? Lo que sigue apunta a una experiencia que está todavía en el futuro:
El mensaje para la iglesia de Laodicea es sumamente aplicable para nosotros como pueblo. Ha sido presentado delante de nosotros durante mucho tiempo; pero no se le ha prestado la debida atención. Cuando la obra de arrepentimiento sea ferviente y profunda, los miembros de la iglesia comprarán individualmente las ricas mercaderías del cielo. (E.G.W. CBA, vol. 7, p. 972, 973; MS 33, 1894).
Hay una mosca muerta en el perfume... Vuestra justicia propia produce náuseas al Señor Jesucristo. [se cita Apoc. 3:15-18.] Estas palabras se aplican a las iglesias y a muchos que están en cargos de responsabilidad en la obra de Dios. (Id., p. 974; MS 108, 1899).
Hay un profundo y misterioso lazo que relaciona el mensaje de 1888 con el llamado de Cristo a su amada Laodicea. En innumerables ocasiones E. White relacionó ambas cosas. Por ejemplo, consideremos esta declaración, tomada de una carta escrita en el contexto del mensaje de 1888:
Ha estado resonando el mensaje a Laodicea. Tomad este mensaje en todas sus fases y propagadlo a la gente doquiera la Providencia abra el camino. La justificación por la fe y la justicia de Cristo son los temas que deben presentarse a un mundo que perece. (Id., p. 975; Carta 24, 1892).
Los remedios divinamente señalados para curar el orgullo laodicense son "oro afinado en fuego", "vestiduras blancas" y "colirio". Esos fueron los ingredientes esenciales del mensaje de 1888. Con el devenir de los años, se hace cada vez más patente que la iglesia remanente no ha comprendido jamás claramente la dinámica de ese mensaje. ¿Se atreverá alguien a negar que la siguiente reprensión, dada en 1890, es aplicable hoy?:
¿Cómo pueden nuestros pastores venir a ser representantes de Cristo siendo que se sienten auto-suficientes, siendo que por espíritu y actitud dicen: "soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa"? No debemos estar en una condición de satisfacción propia, o de lo contrario, seremos descritos como aquel que es cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo.
Desde el encuentro en Minneapolis, he visto el estado de la iglesia de Laodicea como nunca antes. He oído el reproche de Dios pronunciado sobre aquellos que se sienten tan satisfechos, que no conocen su destitución espiritual... Como los judíos, muchos han cerrado sus ojos para que no puedan ver; pero existe un gran peligro ahora en cerrar los ojos a la luz y andar apartado de Cristo, no sintiendo necesidad de nada, tal como sucedió cuando estuvo en la tierra...
Los que se dan cuenta de su necesidad de arrepentimiento hacia Dios, y de fe en el Señor Jesucristo, tendrán contrición de alma y se arrepentirán de su resistencia al Espíritu del Señor. Confesarán su pecado de rehusar la luz que el cielo les envió tan generosamente, y abandonarán el pecado que agravió e insultó al Espíritu del Señor. (Review and Herald, 26 agosto 1890).
Si el mensaje a Laodicea tiene por fin el que la iglesia esté "preparada para el fuerte clamor del tercer ángel" (Testimonies, vol. 6, p. 186), y "el estado de la iglesia de Laodicea" "desde el encuentro en Minneapolis" entraña "un gran peligro" "como nunca antes", es evidente que ante nosotros se despliega un gran campo de estudio, merecedor de la más cuidadosa atención. En el simple hecho de que el fuerte clamor no se haya dado como debiera, la historia señala la existencia de "verdad actual" digna de investigación. Nuestra actual preocupación por encontrar la causa real del dilatado retraso debe conducirnos a reestudiar el mensaje de Cristo a la iglesia de Laodicea.
Si nos sentimos "ricos y enriquecidos" en cuanto a nuestra comprensión de la "justificación por la fe", y si nos sentimos orgullosos y satisfechos de nuestro gran progreso en proclamarla al mundo, no sentiremos íntima necesidad de estudiar el mensaje a Laodicea. Pero el Testigo fiel y verdadero nos asegura que ese es precisamente nuestro mayor peligro. El fallo en darnos cuenta: ese es nuestro problema.
Pero si sentimos una gran "hambre y sed de justicia", si sentimos una profunda convicción de que la historia nos ha llevado a una situación de gran crisis espiritual, y que el mensaje a Laodicea provee la clave para sacarnos del callejón sin salida en el que actualmente estamos, entonces no hay duda que ese mensaje será reconsiderado con equidad y apertura de mente. Quizá entonces, en respuesta a la oración ferviente, el Espíritu Santo pueda impresionar a ambos, lector y escritor, llevándoles a una experiencia común de descubrimiento e iluminación. Con seguridad, tal es la voluntad de Dios para todos nosotros.
La expresión "oro afinado en fuego" la hemos entendido comúnmente como el proceso de refinamiento personal que experimentamos mediante las pruebas individuales. Esa comprensión ha ocultado la aplicación más inmediata de tal consejo, dirigido corporativamente a los líderes de la iglesia, es decir, "al ángel" de la iglesia.
¿Es posible que el "fuego" se refiera al "zarandeo", ese evento traumático y cataclísmico que pondrá a prueba a toda alma como ninguna otra experiencia en nuestra historia? El Testigo fiel y verdadero sitúa al "oro" en el primer lugar de la lista de remedios. ¿Será quizá porque el darnos cuenta de nuestra pobreza doctrinal y espiritual es la barrera más difícil para nuestra consciencia?
Si es que este reestudio del mensaje a Laodicea es válido al fin, será por habernos llevado a conclusiones que implican un compromiso. ¿Será posible que nuestro Señor nos esté recordando, cortés pero firmemente, que experimentar las oportunidades sin precedente de la lluvia tardía y el fuerte clamor implicará pruebas y sacrificios tan severos como la purificación del oro por el fuego?
2. ¿A quién se dirige el mensaje?
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El examen de Apocalipsis 3:14-21 pone en evidencia algunos factores muy importantes:
Para empezar, observamos que el mensaje no se dirige a los laicos de la iglesia, sino a sus dirigentes.
Eso es totalmente diferente de la aplicación que por décadas ha sido la habitual. Mientras que nosotros, los pastores, hemos rogado a nuestras congregaciones que acepten ese mensaje, viene a resultar que lo previsto por el Señor es que nosotros lo aceptemos. El mensaje va dirigido en estos términos: "Escribe al ángel de la iglesia de Laodicea..." (Apoc. 3:14). ¿Cómo sabemos que el "ángel de la iglesia de Laodicea" son los dirigentes de la iglesia? Por las propias palabras del Testigo fiel y verdadero:
El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y los siete candeleros de oro. Las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias; y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias. (Apoc. 1:20).
¿Quiénes son "las siete estrellas" que Cristo "tiene... en su diestra" (Apoc. 2:1)? Los dirigentes ministeriales de la iglesia:
Los ministros de Dios están simbolizados por las siete estrellas, las cuales se hallan bajo el cuidado y protección especiales de Aquel que es el primero y el postrero. Las suaves influencias que han de abundar en la iglesia están ligadas con estos ministros de Dios, que han de representar el amor de Cristo. Las estrellas del cielo están bajo el gobierno de Dios. Él las llena de luz. Él guía y dirige sus movimientos. Si no lo hiciese, pasarían a ser estrellas caídas. Así sucede con sus ministros (Obreros evangélicos, p. 13 y 14) [Ver también Los Hechos de los Apóstoles, p. 468].
La "corona de doce estrellas" sobre la cabeza de la mujer pura de Apocalipsis 12:1 representa a los doce apóstoles. Cuando el "cuerno pequeño" echó por tierra a parte de "las estrellas", entendemos que éstas se refieren a los dirigentes prominentes de los judíos (Dan. 8:10). "La estrella [que] se dice Ajenjo" entendemos referirse a Atila, dirigente de lo Hunos; y "la tercera parte de las estrellas" que fueron heridas en el tiempo del cuarto ángel, las identificamos con los dirigentes del Imperio Romano (Apoc. 8:11 y 12).
De los dirigentes de la iglesia se dice específicamente que son "aquellos que ocupan los puestos que Dios ha señalado para la dirección de su pueblo" (Los Hechos de los apóstoles, p. 133). Por lo tanto, el "ángel de la iglesia de Laodicea" son los dirigentes humanos de la iglesia, "el gran corazón de la obra", "la mayor autoridad que Dios tiene sobre la tierra" (Testimonies, vol. 3, p. 492). Es, por lo tanto, a esos líderes, a quien el Señor Jesús dirige primariamente su trascendente mensaje a Laodicea. Si verdaderamente comprenden y reciben el mensaje, los ministros y laicos de la iglesia no tardarán en recibirlo también. Cabe deducir eso a partir de la siguiente declaración:
Los miembros de nuestras iglesias no son incorregibles; la falta no se debe encontrar tanto en ellos como en sus maestros. Sus pastores no los alimentan. ("A los hermanos en posiciones de responsabilidad", Special Testimonies, nº 10, p. 46; 1890).
En segundo lugar, el Señor Jesús manifiesta que lo que nos ha obstaculizado es un pecado del que somos inconscientes.
Ciertos factores en el mensaje lo evidencian así:
"Y no conoces" implica que las verdades más básicas y elementales sobre nuestra condición escapan a nuestro conocimiento. Eso significa una falta de percepción, no un lapsus en la memoria consciente. No es una merma en el estado de vigilia originada por un debilitamiento físico del organismo, causante de una depresión espiritual justificada por una enfermedad. Tampoco implica una falta de inteligencia. No "conocemos" porque hemos erigido una barrera espiritual y emocional en nuestras almas, a causa de la culpa que el pecado conlleva.
Reconocer que el mensaje se dirige primariamente a los líderes de la iglesia no es de modo alguno criticar. La observación está basada en simples hechos. No solo eso, es una verdad que refuerza en gran manera el respeto que se debe a los dirigentes de la iglesia. El respeto por los principios de la organización de la iglesia es inherente a esa comprensión del mensaje a Laodicea. El liderazgo de la iglesia, especialmente el de la Asociación General es extraordinariamente importante. Comprender que el "ángel de la iglesia" es primariamente el liderazgo de la Asociación General, restaura el respeto por la organización de la iglesia a su elevada posición. Lo contrario sería invitar al caos.
Y por último, ese reconocimiento de ninguna manera se puede considerar la manifestación de un espíritu de crítica.
El principio de culpa compartida o corporativa que en este libro se presentará, no deja ninguna posibilidad a la actitud de "yo soy más santo que tú". Todos juntos estamos sumidos en el problema, y la larga demora es entera responsabilidad de todos nosotros por igual.
3. ¿Cómo empezó el problema de "y no conoces"?
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Cuando nuestros primeros padres pecaron en el Edén, apareció en el alma humana una profunda culpabilidad. Es tan cierto para nosotros hoy, como lo fue para Adán, ya que "en Adán todos mueren" (1 Cor. 15:22). Todos nosotros hemos repetido la caída de Adán (Rom. 5:12).
El primer resultado de esa culpa fue la vergüenza: "y escondióse el hombre y su mujer de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto" (Gén. 3:8).
La segunda evidencia fue el temor: "y él [Adán] respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme" (vers. 9 y 10).
La tercera consecuencia fue erigir una barrera, dando lugar a un estado de inconsciencia. Adán se encontró en una situación en la que le resultaba imposible reconocer su culpa y confesarla. En lugar de eso, lo que hizo fue reprimirla inmediatamente. Culpó de todo a Eva: "y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí" (vers. 12). La pareja culpable habría muerto entonces y allí, si hubiesen sido conscientes de la plena magnitud de su culpa, "porque la paga del pecado es muerte" (Rom. 6:23). Cuando los perdidos comprendan finalmente la enormidad de su culpa, sufrirán la segunda muerte en cumplimiento de la advertencia del Señor a Adán y Eva según la cual, si pecaban morirían. (Gén. 2:17). Es importante que comprendamos que la culpabilidad asociada al pecado lleva en sí misma la penalidad de la muerte eterna, y que el hecho mismo de que nuestra vida física se prolongue en la actualidad a modo de tiempo de prueba, evidencia que existe un mecanismo inconsciente de reprensión que tuvo su origen en el Edén.
Así pues, la condición de "y no conoces" fue una bendición, ya que permitió la continuación de la vida. Evidentemente, el propósito de Dios era dar al hombre la oportunidad de aprender el arrepentimiento y la fe en un Salvador.
La cuarta consecuencia fue el desarrollo de una enemistad contra Dios: "la mujer que me diste por compañera" ¡Adán sentía que Dios era realmente el responsable del problema! Eva compartió esa recién erigida barrera inconsciente, por cuanto tampoco ella podía aceptar ni confesar su propia culpa: "La serpiente me engañó, y yo comí" (Gén. 3:13).
Desde aquel primer pecado en el Edén, la humanidad ha venido repitiendo el siniestro patrón. A menos que el hombre tenga fe en un Salvador divino que cargue con todo el peso de su culpa, el pleno reconocimiento de ésta por parte del pecador significa su muerte. En vista de eso, es un acto de misericordia el que no tengamos un conocimiento pleno de la profundidad de nuestro pecado y culpa. Esa situación de "y no conoces" podría perpetuarse por las edades sin fin, si no fuera porque Cristo tiene que volver por segunda vez, y porque el pecado ha de tener un final. ¡Por eso existe el mensaje a Laodicea!
Cuando se escondieron "el hombre y su mujer de la presencia de Jehová" se estaban también escondiendo de ellos mismos. Su recientemente aparecida convicción de culpabilidad no era algo a lo que su conocimiento diese una natural bienvenida. Difícilmente exageraremos la importancia extrema de el trauma producido por ese pecado y culpabilidad originales en el alma humana de ambos. Eran sencillamente incapaces de enfrentarse a sí mismos. Por alguna razón misteriosa se sintieron desnudos cada uno frente al otro, y frente a Dios. Habían cambiado. Repentinamente "... Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día" se convirtió para ellos en un visitante no deseado. Hubiesen preferido que los dejase solos, que los dejase "en paz". Su presencia despertaba desagradables convicciones que de buena gana habrían deseado asfixiar.
Desde entonces, ha venido siendo así para todo hombre. "Y como a ellos no les pareció tener a Dios en su noticia, Dios los entregó a una mente depravada" (Rom. 1:28).
El conocimiento de Dios se reprimió porque despertaba el doloroso sentimiento de culpa que el hombre anhelaba evadir. Así fue como se ocultó en lo más profundo. Así alude Pablo a esa función de represión como reacción a la culpabilidad: "Porque manifiesta es la ira de Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen la verdad con injusticia: Porque lo que de Dios se conoce, a ellos es manifiesto; porque Dios se lo manifestó... antes se desvanecieron en sus discursos y el necio corazón de ellos fue entenebrecido" (Rom. 1:18-21).
"Sí", puede alguien decir en este lugar, "pero todo lo leído se refiere a los malvados. Esos avatares les afectan a ellos, no a nosotros. Somos cristianos nacidos de nuevo y a diferencia de ellos, no tenemos problema alguno con la culpabilidad reprimida. ¡La sangre de Cristo nos ha limpiado ya de todo eso!". Pero nuestro Señor, el "testigo fiel y verdadero", dice que nosotros también tenemos un problema con el pecado no reconocido: "Y no conoces" tu verdadera condición, declara. Algo ha retardado la venida del Señor, e impedido el fuerte clamor por décadas, a pesar de que seamos cristianos tan sinceros y tan nacidos de nuevo.
El pecador Adán, en el Edén, tenía un problema de "enemistad contra Dios". ¿Podría ser que nosotros, unos seis mil años después, conserváramos la raíz del mismo problema y no nos diésemos cuenta? Pablo dice que "la intención de la carne es enemistad contra Dios". El pueblo de Dios tendrá ciertamente un problema hasta que llegue el momento en que esté realmente preparado para el sellamiento y el final del tiempo de gracia. Si continuamos yendo a nuestras tumbas de la misma manera que lo han hecho incontables generaciones antes de nosotros, desde el mismo Edén, lo que estamos haciendo en realidad es llevar nuestro problema a la tumba. No es hasta que el problema se haya resuelto que el pueblo de Dios podrá estar preparado para "estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador" (El Conflicto de los siglos, p. 478). "Debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra" para que pueda realmente decirse que la enemistad ha desaparecido.
La latente "enemistad contra Dios" está en la raíz del problema. Es la causa por la que se necesita una "expiación final". Pero no nos apercibimos de tal necesidad. Es un pecado del que no somos conscientes. Reaccionamos como nuestro querido hermano Pedro. Años después de su bautismo y ordenación al ministerio, y tras años de discipulado bajo la dirección de Cristo mismo, las motivaciones personales de Pedro estaban todavía ocultas a su conocimiento y comprensión:
Cuando Pedro dijo que seguiría a su Señor a la cárcel y a la muerte, cada palabra era sincera; pero no se conocía a sí mismo. Ocultos en su corazón estaban los malos elementos que las circunstancias iban a hacer brotar a la vida. A menos que se le hiciese conocer
[original: hecho consciente de] su peligro, esos elementos provocarían su ruina eterna. El Salvador veía en él un amor propio y una seguridad que superarían aun su amor por Cristo... La solemne amonestación de Cristo fue una invitación a escudriñar su corazón. (El Deseado de todas las gentes, p. 627-628).¿Pueden expresar más claramente las palabras que el problema de Pedro radicaba en su corazón inconsciente? Cuando nuestro Salvador nos contempla hoy, en la víspera de la gran prueba, ¿qué es lo que ve oculto en nuestros corazones, de lo que debemos ser "hechos conscientes"?
Cuando finalmente Pedro negó a su Señor, hizo lo que ninguno de nosotros se atrevería a repetir el día de la prueba final, cuando "los justos deben vivir sin intercesor, a la vista del santo Dios" (El Conflicto de los siglos, p. 672):
Pedro acababa de declarar que no conocía a Jesús, pero ahora comprendía, con amargo pesar, cuán bien su Señor lo conocía a él, y cuán exactamente había discernido su corazón, cuya falsedad desconocía el mismo. (El Deseado de todas las gentes, p. 659).
Recuérdese, no obstante, que Pedro era un genuino cristiano, nacido de nuevo. Es gracias a Dios que la prueba final no ha llegado todavía, porque ¿quién de nosotros estaría verdaderamente preparado?
El pecado original de Adán y Eva significaron para la cruz del Calvario lo mismo que una bellota significa a un roble. La semilla del resentimiento contra Dios es evidente en la declaración inculpatoria hacia Él, pronunciada por Adán. Pero éste se habría llenado de horror si hubiese comprendido plenamente el alcance de esa semilla, que tras germinar, desembocaría en el homicidio del Hijo de Dios. No habría podido resistir la revelación plena de las dimensiones reales de su culpa. La víctima sacrificial ofrecida en el huerto fue para Adán una representación de la sombra de la cruz, ya que "Adán vio a Cristo prefigurado en el animal inocente que sufría el castigo de la transgresión que él había cometido contra la ley de Jehová" (E.G.W. CBA, vol. 6, p. 1095). Y "temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios. Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar" (Patriarcas y profetas, p. 54, 55). Pero la conciencia plena de su pecado y culpa les estaba velada a la pareja culpable:
Después que Adán y Eva hubieron compartido el fruto prohibido, fueron invadidos de un sentimiento de vergüenza y terror. En un primer momento, su única preocupación fue cómo excusar su pecado ante Dios, y escapar a la espantosa sentencia de muerte... El espíritu de autojustificación tuvo su origen en el padre de toda mentira, y se ha manifestado en todos los hijos de Adán. (Testimonies, vol. 5, p. 637, 638).
Es por fortuna que desde la caída, la culpabilidad del hombre haya permanecido parcialmente inconsciente, ya que si se hubiese dado plena cuenta de ella, le habría acarreado la destrucción. De ahí la misericordiosa declaración del Creador [margen de la versión King James]: "en el día que comas de él, habrás de morir" (Gén. 2:17). Si Adán y Eva hubiesen sido plenamente conscientes de su culpabilidad en el Edén, eso les habría causado la muerte, tal como la causó a Cristo en la cruz. Hasta la venida de Cristo, nadie la había sentido en su plenitud. Únicamente "al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros" (2 Cor. 5:21).
Frecuentemente nos está velada la auténtica razón por la que actuamos. Puesto que el reconocimiento de la verdadera motivación nos horrorizaría, "detenemos la verdad con injusticia", como dice Pablo. Podemos creer muy sinceramente que estamos actuando según un sentido de justicia, cuando la auténtica motivación puede en realidad ser la crueldad. Podemos muy sinceramente creer que actuamos impulsados por el amor, cuando puede estar moviéndonos el afán de ser aceptados por los demás. Podemos considerar que actuamos por un sentimiento del deber, cuando en realidad es la vanidad la que nos guía. Podemos creer que estamos asegurados en la "justificación por la fe", cuando en realidad nos motiva una preocupación egocéntrica por seguridad personal, lo que implica de hecho que estamos "bajo la ley", en manifiesta ignorancia de la genuina fe neotestamentaria. Podemos pensar que es el amor de Cristo el que nos constriñe, siendo que ciertamente estamos faltos de "bien comprender... la anchura y la longura y la profundidad y la altura" de ese amor, y por lo tanto, estamos en realidad viviendo para nosotros mismos, que es aquello justamente que la cruz debería hacer imposible (2 Cor. 5:14, 15).
Esas racionalizaciones pueden significar un poderoso autoengaño. Y cuanto más ardientemente queramos protegernos de un encuentro cara a cara con nuestras auténticas motivaciones, mas desesperadamente nos aferraremos a nuestras suposiciones equivocadas. Y sin embargo, la realidad de ese estado de "y no conoces", no es algo tan recóndito como para que no podamos reconocer que está ahí. Podemos vislumbrarlo rápidamente si miramos hacia nosotros mismos de manera honesta, y aceptamos la Palabra de Dios con sinceridad e inteligencia.
El colmo del autoengaño se produce, desde luego, cuando el pueblo de Dios, y especialmente sus dirigentes, creen estar motivados por un sano deseo de preservar "la nación", crucificando a Cristo por la motivación real de "enemistad contra Dios". Así, "no saben lo que hacen" (Luc. 23:34). Y siglos después llega el triste día en el que los dirigentes del pueblo de Dios, creyéndose sinceramente motivados por "mantenerse en los antiguos hitos" y preservar el "mensaje de los tres ángeles" rechazan en realidad el principio de la lluvia tardía y el fuerte clamor. En 1888, una vez más "no saben lo que hacen".
Habiendo pasado décadas desde entonces, nos amenaza otra forma de autoengaño. Interpretamos los bautismos en masa, en los países del tercer mundo, como una evidencia de que hemos aceptado la una vez rechazada lluvia tardía, y que por lo tanto, nuestra condición espiritual es satisfactoria. Una vez más, pues, nos jactamos de que "soy rico y estoy enriquecido [crecimiento de la membresía]... y no tengo necesidad de ninguna cosa".
De acuerdo con el mensaje a Laodicea, por lo tanto, el Salvador debe estar todavía orando por nosotros en estos términos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Hemos visto que fue en ocasión de la caída cuando se erigió esa barrera de culpabilidad no reconocida. ¿Existió una cosa tal en Cristo, al hacerse hombre? Hecho "en semejanza de carne de pecado", ¿desarrolló también él esa barrera que nos oculta la realidad de nuestra auténtica culpa?
No. En él no existía una barrera tal, "porque él conocía a todos, y no tenía necesidad que alguien le diese testimonio del hombre; porque él sabía lo que había en el hombre" (Juan 2:24 y 25). Ninguno ha "conocido" como él, hasta la plena profundidad. A lo largo de todo su ministerio, experimentó el peso de ese doloroso conocimiento:
Y viendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mat. 9:4).
Y Jesús, como sabía los pensamientos de ellos... (Mat. 12:25). Mas él sabía los pensamientos de ellos... (Luc. 6:8).
En diversas ocasiones lo vemos diciendo a sus más fieles discípulos que ellos no conocían sus propios corazones. "No sabéis lo que pedís" (Mat. 20:22). Cuando Santiago y Juan quisieron hacer descender fuego del cielo a modo de retribución sobre los infelices samaritanos, cuyos prejuicios les habían hecho rechazar a Jesús, creían sinceramente estar motivados por un justo celo. En una declaración paralela a aquella que hace al ángel de la iglesia de Laodicea, dice Jesús: "no sabéis de qué espíritu sois" (Luc. 9:55). Como nosotros mismos, esos bondadosos apóstoles, sin duda los mejores hombres del mundo, eran víctimas de su propio desconocimiento. Por emplear la frecuente y adecuada frase acuñada por E. White, sin darse cuenta, habían "cambiado de dirigentes".
Verdaderamente "engañoso es el corazón [humano] más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? (Jer. 17:9). Sólo Cristo puede conocerlo plenamente: y lo que conoció le causó finalmente la muerte en la cruz del Calvario. Ninguna barrera de misericordia protegió su consciencia de nuestro pecado. "Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros..." (2 Cor. 5:21).
4. La culpabilidad oculta, en la historia sagrada
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La existencia de culpabilidad reprimida, no reconocida, es un hecho a lo largo de toda la Biblia.
Esos hombres sabían muy bien que estaban crucificando a un hombre inocente. Lo que "no sabían" es que estaban dando rienda suelta a su inconsciente "enemistad contra Dios", oculta bajo la superficie del corazón carnal de todo humano. Sus palabras y acciones estaban motivadas por una fuerza interior desconocida para ellos. Todos participamos del mismo problema:
Esa oración de Cristo por sus enemigos abarcaba al mundo. Abarcaba a todo pecador que hubiera vivido desde el principio del mundo o fuese a vivir hasta el fin del tiempo. Sobre todos recae la culpabilidad de la crucifixión del Hijo de Dios. (El Deseado de todas las gentes, p. 694).
Pablo coincide en considerar el pecado de crucificar a Cristo como uno de desconocimiento: "...porque si la hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de gloria" (1 Cor. 2:8).
Como en el caso de los dirigentes judíos, la humanidad de nuestros días no es consciente de esa culpa. Pero el pecado de aquellos es también el nuestro, por la sencilla razón de que todos compartimos la misma humanidad. Todos somos "miembros del cuerpo".
Recordemos todos que todavía estamos en un mundo donde Jesús, el Hijo de Dios, fue rechazado y crucificado, un mundo en el que todavía permanece la culpa de despreciar a Cristo y preferir a un ladrón antes que al Cordero inmaculado de Dios. A menos que individualmente nos arrepintamos ante Dios de la transgresión de su ley, y ejerzamos fe en nuestro Señor Jesucristo, a quien el mundo ha rechazado, estaremos bajo la plena condenación merecida por aquellos que eligieron a Barrabás en lugar de Jesús. El mundo entero está acusado hoy del rechazo y asesinato deliberados del Hijo de Dios. (Testimonios para los Ministros, p. 38).
Si rechazamos esa inequívoca verdad, estamos preparando el relevo para otra generación. El orgullo espiritual intenta evadir tal reconocimiento. ¡Imposible!, nunca podría hacer tal cosa, podemos insistir. Sin embargo, esa fue precisamente la orgullosa pretensión de quienes rechazaron el comienzo del fuerte clamor (ver Review and Herald, 11 abril 1893).
En el despliegue final de la historia se producirá la exposición de la culpabilidad del mundo, de tal forma que todos puedan verla al fin. Cuando el mundo se una para exterminar al pueblo de Dios, con ocasión del decreto final, esa mente inconsciente de maldad será manifestada en su plenitud. El Espíritu Santo ya no será un poder refrenador. Todo el odio contra el pueblo de Dios, lo será en realidad contra Cristo una pasmosa exhibición del mismo odio inconsciente que se manifestó en el Calvario "para que toda boca se cierre, y todo el mundo sienta su culpa ante Dios" (Rom. 3:19 v. 90).
La dolorosa verdad desvelada por el mensaje del Testigo fiel y verdadero "al ángel de la iglesia en Laodicea" es que nuestro pecado hoy, comparte una culpabilidad equivalente a la que operó en los judíos del tiempo de Jesús. Consiste en impedir el derramamiento de la lluvia tardía. Bajo la superficie existe una "mente carnal" que "es enemistad contra Dios". A lo largo de décadas, esa enemistad no reconocida contra Dios, ha frustrado nuestros mejores esfuerzos conscientes para adelantar la venida del Señor.
Obviamente, sólo el "borramiento de los pecados" llevado a cabo en el día de la expiación puede limpiarnos hasta ese profundo nivel de pecado no reconocido. Cuando esa obra se realice, la hoy misteriosa frase "la expiación final", será más plenamente apreciada. Ningún proceso mágico cumplirá tal obra, sino que los pecados no conocidos serán plenamente expuestos a nuestro conocimiento, y nos arrepentiremos de ellos sin tardanza. Pero eso no es posible a menos que juntamente con el abundante desvelamiento de nuestro pecado, "sobreabunde" la comprensión de lo que realmente significa la gracia. De aquí la necesidad de una comprensión mayor que nunca antes del evangelio: la justicia por la fe. Sanados totalmente de la "enemistad", la "expiación" se hará eficaz, o "final". Es en realidad una reconciliación final.
Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis y no entenderéis y viendo veréis, y no miraréis [oida: ser consciente]. Porque el corazón de este pueblo está engrosado, y de los oídos oyen pesadamente, y de sus ojos guiñan: para que no vean de los ojos, y oigan de los oídos, y del corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane. (Mat. 13:13-15).
Marcos, en lugar de la última frase, añade: "porque no se conviertan, y les sean perdonados los pecados" (Mar. 4:12). Así pues la cosa no "conocida" [oida] resulta ser sus pecados. La Agencia divina encargada de traer a la conciencia el pecado que permanecía oculto, es el Espíritu Santo. "Y cuando él venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8). Es imposible que el pecado sea borrado, a menos que el Espíritu Santo imparta conciencia del mismo. Es por eso que no hay tal cosa como una puesta a cero automática al tocar la tecla mágica: Señor, perdóname de todos mis pecados, sin que esos pecados acudan a nuestra conciencia.
A.T. Jones, uno de los agentes usados por el Señor para comunicar a su pueblo el "comienzo" de la lluvia tardía en 1888, insistió en que los pecados ocultos en el corazón humano deben ser traídos a nuestra conciencia antes de poder ser borrados. Las "buenas nuevas" consisten en que el Señor hará esa obra, si nosotros se lo permitimos:
Algunos de los hermanos aquí presentes han hecho ahora eso mismo. Llegaron aquí libres; pero el Espíritu de Dios trajo a la luz algo que antes no habían nunca visto. El Espíritu de Dios fue más profundamente que nunca antes, revelando cosas que no se habían visto con anterioridad; y entonces, en lugar de agradecer al Señor que eso sea así, a fin de expulsar todo ese mal... empezaron a desanimarse...
Si el Señor nos ha mostrado pecados en los que nunca antes habíamos parado la atención, lo único que eso muestra es que está avanzando hasta lo más profundo, y llegará finalmente hasta el fondo; y cuando encuentra la última cosa que es impura o sucia, es decir, en desacuerdo con su voluntad, y la trae a nuestro conocimiento, y decimos: prefiero al Señor que a eso, entonces la obra está completa, y el sello del Dios viviente puede ser colocado sobre el carácter. [Congregación: Amén].
Esa es la bendita obra de la santificación. Y sabemos que esa obra de santificación está avanzando en nosotros. Si el Señor quitase nuestros pecados sin nuestro conocimiento, ¿qué bien nos haría eso? Significaría simplemente convertirnos en máquinas. No es ese su propósito, de forma que quiere que sepamos cuándo son expulsados nuestros pecados, a fin de que podamos saber cuándo viene su justicia. Lo tenemos a él cuando nos entregamos a nosotros mismos. (General Conference Bulletin, 1893, p. 404).
En relación con lo anterior, leemos de la pluma de E. White:
La ley de Dios llega hasta los sentimientos y los motivos, tanto como a los actos externos. Revela los secretos del corazón proyectando luz sobre cosas que antes estaban sepultadas en tinieblas. Dios conoce cada pensamiento, cada propósito, cada plan, cada motivo. Los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad... Dios tiene una fotografía perfecta del carácter de cada hombre, y compara esa fotografía con su ley. El revela al hombre los defectos que echan a perder su vida, y lo exhorta a que se arrepienta y se aparte del pecado. (E.G.W. CBA, vol. 5, p. 1061).
Esas "cosas que antes estaban sepultadas en tinieblas", está claro que no son "pecados conocidos" intencionadamente ocultados a los demás. Se dice que consisten en "los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad". Por lo tanto, son pecados que no han sido propiamente "cometidos", en el sentido de acto externo. Son "propósitos" y "motivos" sepultados en lo hondo del corazón. ¿Cómo puede tener lugar el borramiento final de los pecados si esas cosas no afloran nunca al conocimiento? Es con ese asunto que tiene que ver el mensaje a Laodicea, y esa es la razón por la que concluirá con "el fuerte clamor del tercer ángel", una vez que haya sido comprendido y gozosamente recibido tal como el Señor dispone que lo sea.
Y derramaré sobre la casa de David [los dirigentes de la iglesia], y sobre los moradores de Jerusalem [la iglesia], espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán llanto sobre él, como llanto sobre unigénito, afligiéndose sobre él como quien se aflige sobre primogénito. En aquel día habrá gran llanto en Jerusalem... En aquel tiempo habrá manantial abierto para la casa de David y para los moradores de Jerusalem, para el pecado y la inmundicia. (Zac. 21:10; 13:1).
Esa profecía hallará un cumplimiento parcial en la experiencia de aquellos que crucificaron materialmente a Cristo en su primera venida, al ocurrir la resurrección especial de estos (El Deseado de todas las gentes, p. 533). Sin embargo, la limpieza del "pecado e inmundicia" que tiene lugar al contemplar con espíritu contrito a Cristo crucificado, no puede ser aplicada a los tales. Por lo tanto, es de esperar que el Espíritu Santo sea "derramado" sobre los dirigentes de la iglesia y sobre la iglesia, sobre la base de una nueva visión de Cristo crucificado, en la revelación de nuestra propia participación en el crimen.
El "espíritu de gracia y de oración (súplica)" no puede ser otro que el Espíritu Santo, quien "conforme a la voluntad de Dios, demanda por los santos" (Rom. 8:27). En su obra de glorificar a Cristo (Juan 16:14), el Espíritu suscitará en los corazones un nuevo sentido de la unidad con Cristo. Será una simpatía por él, mayor que el amor de un padre por su hijo único. Eso hará posible una motivación totalmente nueva, que permitirá acabar la obra: no un interés en que nosotros vayamos al cielo, sino un interés por la vindicación de Cristo, a fin de que él reciba su recompensa.
¿Es esa culpabilidad por haber "traspasado" a Cristo, algo de lo que "la casa de David" o "los moradores de Jerusalem" hayan sido conscientes? Evidentemente no. Solamente en virtud del "derramamiento" del Espíritu puede ser expuesta a la luz. Cuando el Señor dice "mirarán a mí, a quien traspasaron", está claro que ni su conocimiento, ni su participación en ese pecado han sido anteriormente evidentes para ellos.
Si leemos Testimonios para los ministros, en las páginas 91 a 96, reconoceremos que la exaltación de Cristo en el mensaje de 1888 podría haber cumplido la profecía de Zacarías, si el mensaje hubiese sido aceptado por "la casa de David". Es cierto que en nuestros días esa verdad no es todavía claramente comprendida por nuestro cuerpo ministerial ni por nuestro pueblo. La profecía de Zacarías pertenece todavía al futuro, y también la "purificación" final, en relación con el "derramamiento" del Espíritu. Cuando éste venga, no se encargará solamente del "pecado", sino también de la "inmundicia".
Antes de considerar la naturaleza inconsciente del problema de raíz que aflige a Laodicea, antes de considerar cómo la enemistad contra Dios ha sido y sigue siendo la barrera que impide el derramamiento del Espíritu Santo, vayamos una vez más a nuestras Biblias para considerar atentamente la realidad del problema del pecado no reconocido.
5. La verdadera purificación de toda maldad
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A algunos les cuesta aceptar que la iglesia tenga un problema tan serio como el descrito. Consideran que de acuerdo con 1 Juan 1:9, "si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad". Oran: Señor, perdónanos todos nuestros pecados, suponiendo que esa fórmula mágica, cada vez que se la repite en oración, pone a cero el contador. La idea de que en el registro todavía algo quede que "no conocen", les resulta casi imposible de aceptar.
Si entendemos el perdón de los pecados solamente en términos de preparación para la muerte y la resurrección, no tenemos necesidad de preocuparnos acerca de nuestro pecado no conocido, aquel que sigue latente bajo la superficie. Pero estamos viviendo en el tiempo de la purificación del santuario. Desde 1844 se ha venido realizando una obra nueva y diferente, una obra de purificación, restauración, limpieza y vindicación. No nos preocupa solamente estar preparados para morir, sino que nuestro interés se centra en estar preparados para la traslación. Se debe efectuar una obra más minuciosa y profunda que la que cualquier generación precedente conociera. La lluvia tardía madura el grano para la siega, y "la siega es el fin del mundo". Por consiguiente, la recepción de la lluvia tardía debe llevar a una preparación para la traslación.
Para comprender correctamente el mensaje a Laodicea, por lo tanto, debemos comprender, mediante el estudio de la Biblia, cómo el pecado no reconocido ha sido un constante problema que ha afectado al pueblo de Dios desde la antigüedad.
1. Muchas declaraciones bíblicas pierden su
significado, de no referirlas a ese pecado desconocido.
Dice Jeremías: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá?" (Jer. 17:9). Se diría que Pablo tenía ese pensamiento in
mente, cuando dijo que "la intención de la carne es enemistad contra Dios".
Y esa "enemistad" que está en el terreno de lo engañoso, "¿quién la
conocerá?". La mente se protege ocultando a nuestra conciencia las verdaderas
motivaciones. En el siguiente versículo (Jer. 17:10), leemos: "Yo Jehová, que
escudriño el corazón, que pruebo los riñones". "Riñones" constituye una
expresión del habla hebrea difícil de explicar, de no referirse a las motivaciones
inconscientes del corazón. 1
"El Dios justo prueba los corazones y los riñones" (Sal. 7:9). "Porque tú poseíste mis riñones... Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón: Pruébame y reconoce mis pensamientos: y ve si hay en mí camino de perversidad" (Sal. 139:13,23,24). "Pruébame, oh Jehová, y sondéame: Examina mis riñones y mi corazón" (Sal. 26:2).
Jeremías apela a que el Señor vindique sus verdaderos motivos: "Oh Jehová de los ejércitos, que juzgas justicia, que sondas los riñones... porque a ti he descubierto mi causa" (Jer. 11:20).
Esa noción de descubrir las motivaciones ocultas del corazón trasciende al Nuevo Testamento. Es debido a que el Señor es el único que "escudriña los riñones y los corazones", que dará "a cada uno de vosotros según sus obras" (Apoc. 2:23). Así, cuando el Señor dice posteriormente a Laodicea "yo conozco tus obras", está claro que ese mensaje a Laodicea se trata también de un "escudriñar los corazones y los riñones", un esclarecimiento de las "cosas que antes estaban sepultadas en tinieblas", por tomar prestada la frase de E. White citada anteriormente (E.G.W. CBA vol. 5, p. 1061).
Hemos considerado ya previamente cómo Cristo no tuvo el mismo problema que alberga nuestra mente inconsciente. 2 Isaías dice de él:
Y reposará sobre él el espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y harále entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oyeren sus oídos... Y será la justicia ceño de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus riñones. (Isa. 11:2-5).
Cristo no conoció ninguna represión de la culpabilidad. Se tuvo ante el Padre con "fidelidad", ciñéndole así "la justicia". Sus motivaciones eran puras y transparentes.
"Eso no es más que un anuncio de la clase de personas que reunirá el mensaje del tercer ángel, ya que ellos también tendrán "la fe de Jesús", no meramente la fe en Jesús, sino la misma clase de fe que Jesús tuvo, la fe de Jesús. Esa es la profunda experiencia que se ofrece a la iglesia de Laodicea: fe, discernimiento espiritual, y la justicia de Cristo, si se abre la puerta a la que llama el Testigo fiel." (Donald K. Short, A Study of the Cleansing of the Sanctuary in Relation to Current Denominational History [Estudio de la purificación del santuario en relación con la historia denominacional actual], Potomac University Masters Thesis, no publicada, 1958, p. 46).
2. David oró: "Los errores, ¿quién los
entenderá? Líbrame de los que me son ocultos" (Sal. 19:12).
Evidentemente, David no se está refiriendo a faltas que el pecador conoce y oculta a los
demás. De ser así, su oración habría sido: "los errores, los entendemos".
Indudablemente, aquí se está refiriendo a errores de los que el mismo pecador no es
consciente. Se trata de pecado no apercibido.
3. Moisés oró: "Pusiste nuestras maldades
ante ti, nuestros pecados ocultos, a la luz de tu rostro" (Sal. 90:8, Reina Valera 90).
¿Cuáles son esos pecados ocultos? ¿Son acaso pecados de los que nosotros tenemos
conocimiento, pecados que ocultamos de la vista de los demás? ¿O bien son pecados de los
que somos inconscientes? No pueden ser pecados que conocemos y hemos confesado, ya que
esos no son puestos "ante ti... a la luz de tu rostro", sino que todos esos
pecados "echaste tras tus espaldas", "en los profundos de la mar"
(Isa. 38:17; Miq. 7:19). Tiene que tratarse de pecados que no han sido
confesados; y en el contexto de la oración de Moisés, son aquellos que escapan a nuestro
conocimiento.
Moisés describió vívidamente la forma en la que esa reprensión inconsciente opera en todo pecador, desde la caída: "Porque con tu furor somos consumidos, y turbados con tu ira... Todos nuestros días declinan a causa de tu ira, acabamos nuestros años como con un suspiro. Los días de nuestra edad son setenta años" (Sal. 90:7-11). Nuestros días son un conflicto constante con la culpabilidad no reconocida. El Espíritu Santo está constantemente procurando que nos despertemos a ella. Si aceptamos de buen grado cada nueva y más profunda revelación del pecado que antes ignorábamos y somos prontos en confesarlo, la obra de purificación progresa. Pero esa obra, en beneficio del cuerpo de la iglesia en su conjunto, ha sido resistida y retardada por décadas. El mensaje del Testigo fiel y verdadero sigue siendo: "no conoces".
E. White comprendió el problema de las motivaciones inconscientes. En 1906 escribió un artículo en Review and Herald sobre el tema, haciendo una detallada exposición bíblica del asunto. Discernió la forma en que Saulo de Tarso, aunque era sincero, no conocía su propio corazón, señalando que era desconocido para él mismo. El articulo, en esencia, demuestra el reconocimiento de que ese es el gran problema que enfrenta el hombre, y que solamente el ministerio de Cristo en el santuario provee la solución:
Hermanos, día y noche, especialmente en la noche, se presenta ante mí este asunto: Tekel; pesado has sido en balanza, y has sido hallado falto ¿Cómo estamos ante Dios en este tiempo? Podemos ser sinceros, y sin embargo, grandemente engañados. Saulo de Tarso era sincero cuando perseguía la iglesia de Cristo, yo ciertamente había pensado deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret. Era sincero en su ignorancia... Sabemos que no hay ni aun uno, por más fervor con el que esté procurando cumplir con su deber, que pueda decir no tengo pecado ... ¿Cómo pues escaparemos al cargo: pesado has sido en balanza, y has sido hallado falto? Debemos mirar a Cristo. Él convino, a un precio infinito, en ser nuestro representante en las cortes celestiales, nuestro abogado ante Dios.
...pesado y hallado falto, es nuestra inscripción por naturaleza... Que cada uno, joven o viejo, sea honesto consigo mismo, no sea que caiga en las tinieblas, cometiendo graves errores, y colaborando así a que otros los cometan. (Review and Herald, 8 de marzo de 1906).
La primera parte del artículo es virtualmente un estudio bíblico sobre el tema de la mente inconsciente. Cita a Ana, madre de Samuel: "... el Dios de todo saber es Jehová, y a él toca pesar todas las acciones" (1 Sam. 2:3). Salomón comprendió cuán engañados estamos: "Todos los caminos del hombre son limpios en su opinión: Mas Jehová pesa los espíritus" (Prov. 16:2). David discernió el problema: "Los hombres son apenas un soplo, tanto el pobre como el rico. Si se pesaran todos juntos en balanza, pesarían todos menos que un soplo" (Sal. 62:9). E. White continúa entonces así:
Es por el interés eterno de uno mismo que se debe escudriñar el propio corazón, así como desarrollar toda facultad dada por Dios. Que todos recuerden que no hay una sola motivación en el corazón de ningún hombre, que Dios no vea claramente... Necesitamos estar conectados con el poder divino, a fin de tener más y más de la clara luz y comprender cómo razonar de causa a efecto. Necesitamos cultivar los poderes del entendimiento, siendo participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia... No existe un designio, por más intrincado que sea, ni una sola motivación, por más celosamente que se oculte, que él no comprenda claramente. (Id.)
4. Hazael provee un llamativo ejemplo de pecado
no manifiesto.
Le resultaba imposible admitir que era capaz de hacer las barbaridades que el profeta
Eliseo sabía muy capaz de cometer: "sé el mal que has de hacer a los hijos de
Israel: a sus fortalezas pegarás fuego, y a sus mancebos matarás a cuchillo, y
estrellarás a sus niños, y abrirás a sus preñadas. Y Hazael dijo: ¿Por qué? ¿es tu
siervo perro, que hará esta gran cosa?" (2 Rey. 8:12 y 13). Hazael era
sinceramente inconsciente de cuanto había oculto en su propio corazón. De igual forma,
nosotros somos inconscientes de nuestras auténticas motivaciones, excepto por convicción
del Espíritu Santo. Obsérvese lo siguiente:
Si alguno les hubiese dicho [a los juzgadores de faltas ajenas] que a pesar de su celo y trabajo para corregir a los otros se habían de encontrar, a la larga, en una situación semejante de tinieblas, habrían dicho, como le dijo Hazael al profeta: ¿Es tu siervo perro, que hará esta gran cosa? (Joyas de los Testimonios, vol. 1, p. 480).
Si cuando Acán sucumbió a la tentación se le hubiera preguntado si es que quería traer la derrota y la muerte al campamento de Israel, habría contestado: ¡De ninguna manera!, ¿es tu siervo perro, que hará esta gran maldad? Pero... fue más lejos de lo que se había propuesto en su corazón. Es exactamente de esa forma en la que los miembros individuales de la iglesia van deslizándose imperceptiblemente hasta... traer el desagrado de Dios sobre la iglesia. (Testimonies, vol. 4, p. 492 y 493).
Recuérdese: lo mismo que en la crucifixión de Cristo, es la motivación lo que permanece oculto, no necesariamente el acto externo. Cuando evaluamos cuán a menudo la sierva del Señor relaciona la inconsciencia del pecado de nuestros hermanos, quienes rechazaron el comienzo de la lluvia tardía en y a continuación de la Asamblea de 1888, con el pecado de aquellos que rechazaron a Cristo, comenzamos a sentir cuan terribles son las consecuencias del pecado no consciente que el Testigo fiel y verdadero intenta hacernos ver. ¿Durante cuántas décadas hemos sido responsables de retardar la venida del fuerte clamor? Durante todo este tiempo hemos creído estar motivados por un deseo de adelantar su venida, cuando en realidad ¡la hemos estado retardando!
5. Otro ejemplo clásico del resultado del pecado
no reconocido es la experiencia de Ezequías (2 Rey. 20 y 21).
Había sido un buen rey, tanto que de haber dicho Amén al mensaje del Señor:
"Dispón de tu casa, porque has de morir, y no vivirás", probablemente habría
quedado para la historia sagrada como el mejor rey que jamás tuviera el pueblo de Dios.
No era consciente de las raíces ocultas del mal que yacían latentes en lo desconocido de
su corazón. Oró: "Ruégote, oh Jehová, ruégote hagas memoria de que he andado
delante de ti en verdad e íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y
lloró Ezequías con gran lloro" (2 Rey. 20:3). ¡Pero su corazón no era
íntegro! Cuando le fueron añadidos quince años de vida, vino a ser víctima de las
motivaciones egoístas inconscientes y malogró todo el bien que había conseguido en el
anterior período de su vida. Engendró y adiestró al malvado Manasés.
Jeremías hizo un juicio retrospectivo de la última era de su reinado: La caída de la nación de Judá se produjo "a causa de Manasés hijo de Ezequías rey de Judá, por lo que hizo en Jerusalem" (Jer. 15:4). Todo el mal que Ezequías hizo en esos últimos quince años estaba ya latente en su corazón, antes de sobrevenirle la enfermedad. "Los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad" (E.G.W. CBA, vol. 5, p. 1061).
Como el buen rey Ezequías, intentamos vernos (e intentamos mostrarnos a los demás) como si estuviésemos sirviendo al Señor con "íntegro corazón". Hemos malentendido durante tanto tiempo 1 Juan 1:9, que dudamos en aceptar la posibilidad de la existencia de un reservorio inconsciente de pecado, tras haber sido "convertidos". Hemos confesado nuestros pecados insistimos, por lo tanto, el Señor habrá sido fiel y justo para limpiarnos de toda maldad. No hay pecado del que no hayamos sido limpiados. Lo que no hemos comprendido es que el Señor no nos puede limpiar de ninguna maldad que todavía no hayamos reconocido y confesado de manera inteligente.
En el caso de Ezequías, "Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón" (2 Crón. 32:31). La inspiración dice que será igual para los santos, en los últimos días. "Deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador" (El Conflicto de los siglos, p. 478 y 672). Hay un paralelismo exacto con el caso de Ezequías. Pero los santos no se podrán permitir entonces la locura de Ezequías, ya que "si fuesen reconocidos indignos de perdón y hubiesen de perder la vida a causa de sus propios defectos de carácter, entonces el santo nombre de Dios sería vituperado" (Id., p. 677).
La vindicación de Dios, y por lo tanto la triunfante conclusión de "la gran controversia entre Cristo y Satanás" depende para su éxito de aquello en lo que Ezequías fracasó. ¿Permitirá Dios que la prueba sobrevenga antes de que estemos preparados para ella?
Ezequías descansando en su tumba, es el tipo de millares de "buena" gente que murió ya. Consciente y sinceramente sirvieron al Señor de acuerdo con su mejor conocimiento y comprensión. Pero, como Ezequías, ninguna generación comprendió jamás el pleno potencial de su corazón, la enemistad inconsciente contra Dios que subyace bajo la superficie. Ninguno de entre ellos debió resistir la prueba de tener que "estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador". Eso es así porque ninguno de ellos recibió "la expiación final", lo único capaz de remediar el problema de la enemistad no percibida contra Dios. (La expresión "expiación final" no debiera ser relegada al Ático adventista, a modo de noción equivocada, propia de nuestros inocentes pioneros. Aparece más bien frecuentemente, y cargada de significado, en los escritos de E. White. Hay asimismo sólida evidencia de que la Escritura sostiene esa noción, incluida en el abarcante concepto de la purificación del santuario).
Obsérvese que ninguna generación del pueblo de Dios ha recibido jamás la "expiación final". El hecho de que haya habido unos pocos individuos trasladados, como Enoc o Elías, puede indicar que esa experiencia haya sido conocida aisladamente por algunos, en anteriores generaciones.
Notas:
6. Nuestra historia denominacional y el mensaje a Laodicea
(Irr al índice)
Volvamos ahora a las palabras del Señor "al ángel de la iglesia en Laodicea". Se asume con razón que deberíamos haber aprendido de la historia, y que en nuestra generación estamos dispuestos a recibir la lección culminante y preparatoria para el final del tiempo:
He aquí dice el Amén, el testigo fiel y verdadero... Yo conozco tus obras... Porque tú dices: Yo soy rico y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tu eres un [el] cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo; (Apoc. 3:14-17)
Todavía no conocemos nuestras propias "obras", o historia. De hecho, nuestra historia, tal como la ve el universo celestial, desenmascara nuestra verdadera condición en tanto que el "cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo" de entre las siete iglesias. (Obsérvese el empleo del artículo ho, "el...").
¿Cuál es nuestra verdadera historia? Por incómodo que pueda resultar su estudio, debemos abordarlo con verdad y honestidad. Se han prodigado intentos persistentes por identificar el "ellos" de las declaraciones siguientes, con una pequeña minoría. Lamentablemente, el amplio contexto de los escritos de E. White sobre el tema, los identifica con el grueso de los responsables de la dirección de la iglesia, "el ángel de la iglesia en Laodicea":
Todo el universo celestial presenció el ignominioso trato dado a Jesús, representado por el Espíritu Santo. Si Cristo hubiese estado ante ellos, lo hubiesen tratado de forma similar a como lo trataron los judíos. (E.G.W, 1888 Materials, p. 1.497; también Special Testimonies, Series A, No 6, p. 20)
Leemos esa declaración con horror. ¿Puede ser cierta? ¿Cómo pudo suceder cosa tan terrible? No puede ser Alguien distorsiona el asunto, intentamos decirnos ante esa y otras declaraciones similares. Alguien encontrará alguna otra declaración que anule la anterior, esperamos ansiosamente. ¡Nos resulta tan difícil afrontar ese hecho, como lo fue para Adán y Eva asumir su verdadera culpabilidad en el Edén! Pero, aunque nosotros podamos resistirnos a reconocerlo, "todo el universo celestial presenció el ignominioso" hecho.
¿Qué dicen los libros del cielo a propósito de ese pecado? De acuerdo con la página 1061 del vol. 5 del Comentario bíblico, "los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad" (E. White). ¿Qué habrían hecho nuestros hermanos "si Cristo hubiese estado ante ellos" en 1888? Está escrito en términos inequívocos: "lo hubiesen tratado de forma similar a como lo trataron los judíos". Puesto que "los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad", resulta claro que registran que nuestros hermanos trataron verdaderamente a Cristo de forma similar a como lo trataron los judíos. Dicho en lenguaje llano, y en palabras de Zacarías, ¡lo "traspasaron"!
Hemos hecho todo lo posible para convencernos de que el pronombre "ellos" se refiere solamente a "algunos", a unos pocos que trataron tan deshonrosamente a Jesús. Una publicación reputada sobre nuestra historia denominacional los describe como "menos que una porción", "no llega a la cuarta parte en el número de los participantes". Y de esos "pocos", "la mayor parte de los implicados hicieron confesión en la década posterior a 1888, la mayor parte en los primeros cinco años, cesando desde entonces en su oposición" (Ver Movement of Destiny, p. 367, 368. Cursivas tomadas del original).
De haber sido eso cierto, sorprende la alarma que produjo en E. White la actitud y acciones de una tan pequeña minoría de pastores, menos de diez, para ser exactos. Sorprende que continuase entregada a la reprensión de tan pequeño contingente de pastores durante toda una década, declarando que tenían poder para mantener alejadas de la iglesia y del mundo las gloriosas bendiciones de la lluvia tardía y el fuerte clamor, ¡incluso a pesar de suponer que la vasta mayoría de los dirigentes responsables aceptaron de forma abierta y entusiasta el mensaje!
No existe ni una sola declaración de la pluma de E. White que afirme que los "algunos", de entre los dirigentes responsables que aceptaron verdaderamente el mensaje, fuesen muchos o una mayoría. Sin excepción, al emplear la palabra "algunos", en referencia a quienes aceptaron, significa "pocos". Y por encima y más allá de cualquier discusión sobre el tema, pesa el indiscutible hecho de que sea cual fuere la reacción que se produjo ante el mensaje en 1888, buena o mala, la conclusión de la obra y la venida del Señor fueron, en consecuencia, tremendamente retardados.
Observemos brevemente algunas de las declaraciones de la pluma de E. White, que arrojan luz en lo referente a los "algunos":
En Minneapolis Dios dio preciosas gemas de verdad a su pueblo en nuevos enmarcados. Algunos rechazaron esa luz del cielo con toda la testarudez que los judíos manifestaron al rechazar a Cristo. (Manuscrito 13, año 1889; EGW 1888 Materials, p. 518).
Estaba yo diciendo: ¿de qué sirve que nos reunamos aquí juntos [en Minneapolis, en 1888], y de qué les sirve a nuestros hermanos en el ministerio, si están aquí solamente para mantener el Espíritu de Dios alejado del pueblo?... Os he estado hablando y rogando, pero no parece importaros lo más mínimo... (Manuscrito 9, 1888; EGW 1888 Materials, p. 151).
No es prudente que ninguno de estos hombres jóvenes [Jones y Waggoner] se entregue a una decisión en este encuentro en el que la oposición, más bien que la investigación, están a la orden del día. (Manuscrito 15, 1888; EGW 1888 Materials, p. 170).
Si los ministros no reciben la luz, quiero dar una oportunidad al pueblo; quizá éste quiera recibirla. (Manuscrito 9, 1888; EGW 1888 Materials, p. 152).
El asunto decisivo es: ¿son las palabras del Señor, en su mensaje a Laodicea, verdad de actualidad hoy? ¿O bien es posible que la así llamada "gloriosa" aceptación del mensaje en 1888, por parte de los dirigentes responsables de la iglesia, cumpliese finalmente su obra? ¿Fue la anterior declaración una especie de ex abrupto de E. White, algo que su naturaleza calmada repudió posteriormente? Examinémoslo de nuevo. Habló del tema en ocasiones casi incontables:
Cada vez que el mismo espíritu [de oposición, en Minneapolis] se despierta en el alma, son respaldados los hechos acaecidos en aquella ocasión, y los que así proceden son tenidos por responsables ante Dios... Su corazón se inflama con el mismo espíritu que actuó en quienes rechazaron a Cristo, y si hubiesen vivido en los días de Cristo, habrían actuado contra él de una forma similar a la de los impíos e incrédulos judíos. (Special Testimonies to the Review and Herald Office, p. 16,17; EGW 1888 Materials, p. 1.565.
Original sin atributo de cursivas).Si rechazáis a los mensajeros designados por Cristo, rechazáis a Cristo. (Testimonios para los ministros, p. 97, año 1896).
Hombres que hacen profesión de piedad han rechazado a Cristo en la persona de sus mensajeros. Como los judíos, rechazan el mensaje de Dios. (FCE, p. 472; EGW 1888 Materials, p. 1.651; año 1897).
Cristo ha tomado nota de todas las frases duras, orgullosas y despectivas pronunciadas contra sus siervos, como pronunciadas contra él mismo. (Review and Herald, 27 de mayo de 1890).
Los hombres entre nosotros pueden llegar a ser exactamente lo que eran los fariseos: Muy despiertos para condenar al mayor de los maestros que este mundo haya conocido. (Testimonios para los ministros, p. 294, traducción revisada. Año 1896).
¿Cómo sabemos que ese pecado era de naturaleza inconsciente? Los hermanos implicados creían que estaban reaccionando contra un énfasis excesivo y contra un mensaje erróneo. Pensaban que estaban contrarrestando a ciertos fanáticos, imperfectos e incluso perniciosos mensajeros. Pensaban que se estaban manteniendo "en los hitos antiguos", defendiendo noblemente los pilares del mensaje de los tres ángeles. Estaban orgullosos de su ortodoxia. Obsérvese la forma en la que sus verdaderas motivaciones estaban ocultas a su conocimiento:
En Minneapolis Dios dio preciosas gemas de verdad a su pueblo en nuevos enmarcados. Algunos rechazaron esa luz del cielo con toda la testarudez que los judíos manifestaron al rechazar a Cristo, y se habló mucho acerca de permanecer en los antiguos hitos. Pero se evidenció que no sabían lo que son los hitos antiguos. Se vio que el juicio de las palabras se recomendaba a sí mismo a la conciencia; pero las mentes de los hombres estaban bloqueadas, selladas contra la entrada de la luz, debido a que habían decidido que era un error peligroso eliminar los antiguos hitos, cuando en realidad no se eliminaba ni un solo alfiler de esos hitos, pero tenían ideas pervertidas en cuanto a lo que constituían los antiguos hitos. (Manuscrito 13, año 1889; EGW 1888 Materials, p. 518).
Hay una sólida razón por la que E. White comparó tan frecuentemente esa reacción contra el mensaje de 1888 con el odio de los judíos hacia Cristo. Los judíos eran inconscientes de sus verdaderos motivos, y también nuestros hermanos. Ambos, los dirigentes judíos y nuestros hermanos, no sabían que estaban condenando "al mayor de los maestros que este mundo haya conocido". La naturaleza inconsciente de su pecado se evidencia aún más claramente en lo siguiente:
No puedo jamás olvidar la experiencia que tuvimos en Minneapolis, o las cosas que me fueron reveladas con respecto al espíritu que controló a los hombres, las palabras pronunciadas, los actos realizados en obediencia a los poderes del mal... En el encuentro fueron movidos por otro espíritu, y no supieron que Dios había enviado a esos hombres jóvenes, los pastores Jones y Waggoner, para que les llevasen un mensaje especial, a ellos que les ridiculizaron y trataron con desprecio, no dándose cuenta de que las inteligencias celestiales les estaban observando. Sé que entonces fue insultado el Espíritu de Dios. (EGW 1888 Materials, p. 1.043; Manuscrito 24, 1892).
¿Pasa ese pecado todavía inadvertido para nosotros? Obsérvense la multitud de libros autorizados que se han publicado sobre nuestra historia, en las ocho décadas anteriores. ¿Acaso uno solo de ellos expone claramente la plena verdad sobre 1888, y el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte clamor?
Las siguientes palabras parecen (y son) proféticas:
El mensaje del Testigo Fiel encuentra al pueblo de Dios sumido en un triste engaño, aunque crea sinceramente dicho engaño. No sabe que su condición es deplorable a la vista de Dios. (Joyas de los Testimonios, vol. 1, p. 327).
Lo que encontramos en nuestros libros de historia denominacional es mucha jactancia del maravilloso "enriquecimiento" que experimentó la Iglesia Adventista con ocasión del mensaje de 1888. El tema general resulta ser "soy rico y estoy enriquecido". Miles de personas de entre nosotros, por todo el mundo, ignoran el solemne hecho de que el Señor cumplió fielmente su parte y dio el "comienzo" de la lluvia tardía y el fuerte clamor hace un siglo, pero el don celestial fue rechazado. Lo cierto es que:
Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo que Dios anhelaba impartirles... Fue resistida la luz que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos. (Mensajes Selectos, vol. 1, p. 276).
Debido al "ignominioso trato dado a Jesús" en una de nuestras Asambleas de la Asociación General, es necesaria una expiación, o reconciliación final. Esa es una de las razones.
Realmente, la verdad tal como se la halla en el mensaje de E. White, constituye una "sorprendente denuncia" (Joyas de los Testimonios, vol. 1, p. 328), denuncia que querríamos ver cubierta de tierra por siempre, o bien de alguna forma negada.
Pero las palabras empleadas por Cristo en el mensaje a Laodicea indican que nuestro engaño es de naturaleza fundamentalmente histórica. La expresión griega se emplea con muy poca frecuencia. En ella se repite la idea de sentirse "rico" en la misma oración, pero en diferente tiempo y voz. Pone en nuestros labios la expresión de una jactancia orgullosa, soy rico (comprendo la justificación por la fe) porque he sido bendecido en mi historia al aceptar un gran enriquecimiento (plousios eimi, kai peplouteka). Los traductores de los originales de la Biblia no supieron muy bien qué hacer con lo que les parecía una repetición innecesaria. Es comprensible, ya que vivieron demasiado pronto como para captar el pleno significado de las palabras de Jesús. La Reina Valera vierte "soy rico y estoy enriquecido". Considérese la traducción literal del griego (Apoc. 3:17): "Dices: rico soy, y he sido enriquecido".
Durante décadas hemos exhibido un sentimiento general de satisfacción por haber sido enriquecidos con una "gloriosa victoria", en 1888. La mayoría de nuestros pastores se han sentido tan seguros de comprender y estar predicando la genuina justificación por la fe, como de la verdad del sábado. Obsérvese la forma en la que los diversos autores de nuestra historia citados a continuación, ofrecen involuntaria confirmación de la acusación hecha por nuestro Señor, algunos empleando casi exactamente las mismas palabras que el Testigo fiel pone en nuestros labios:
Logro de altura [1888]... resultó en un despertar espiritual entre nuestro pueblo. (M.E.Kern, Review and Herald, 3 de agosto de 1950, p. 294).
Un hito importante en la historia del adventismo del séptimo día... atravesando el continente hacia un nuevo país... una gloriosa victoria... un gran despertar espiritual entre los adventistas... el amanecer de un día glorioso para la Iglesia Adventista... las benditas consecuencias de un gran despertar... nos acompañan todavía... Ese bendito período de reavivamiento que comenzó en 1888... fue rico tanto en santidad como en frutos misioneros. (L.H.Christian, Fruitage of Spiritual Gifts, p. 219-245. Obsérvese la palabra "rico").
Un mensaje inspirador que rescató la iglesia del peligro del legalismo, y abrió las mentes a las sublimes riquezas del evangelio. La última década del siglo vio a una Iglesia desarrollarse, a través de ese evangelio, hasta constituir una compañía dispuesta a cumplir la misión de Dios... La iglesia... fue despertada por el refrescante mensaje de la justificación por la fe. (A.W.Spalding, Captains of the Host, p. 602).
En muchos casos, iglesias que han comenzado con un profundo énfasis evangélico, de alguna forma han perdido algo de su empuje con el paso de los años... La Iglesia Adventista ofrece una variante interesante de lo que es tendencia habitual en otros cuerpos religiosos... la Iglesia Adventista muestra un progresivo énfasis en las verdades evangélicas... una denominación religiosa que se hace más evangélica con el paso de los años es un fenómeno único. (N.F.Pease, By Faith Alone, p. 227).
Principalmente están aquellos que tienden a la crítica, que ven solamente los fallos de la iglesia, pero están ciegos a sus logros. Si bien lamentamos nuestra negligencia de las grandes verdades del evangelio, damos gracias a Dios por los nobles hombres y mujeres que han destacado esas verdades a lo largo de los años. Asimismo, saludamos a la hueste innumerable de miembros de iglesia que conocen a Cristo como a un Salvador personal, y que han sido verdaderamente justificados por la sola fe. Nos gratifica el énfasis in crescendo en la justificación por la fe, durante los cuarenta años precedentes; y si bien es cierto que no hemos hecho todo cuanto debíamos o podíamos haber hecho, somos necios al ignorar el progreso realizado. (Id., p. 238).
Durante mis cincuenta y cinco años en el ministerio adventista, he tenido relación con nuestros obreros y miembros a todo lo ancho del mundo. He trabajado en asociación con nuestros pastores en casi todos los territorios en los que tenemos obra establecida... No sé de ningún obrero o laico, sea en América, Europa, o cualquier otro lugar, que haya expresado oposición al mensaje de la justificación por la fe. (A.V. Olson, Through Crisis to Victory, 1888-1901, p. 232; Thirteen Years of Crisis, -1982- p. 238).
Se debe decir que el mensaje [de la justicia por la fe] se ha proclamado, tanto desde el púlpito como por la página impresa, y mediante las vidas de los miles y miles de hermanos dedicados a Dios, que saben lo que es el resultado de la vida espiritual en Cristo. Cualquiera que se tome el tiempo para examinar los libros, revistas, panfletos y otras publicaciones adventistas, descubrirá que esa gloriosa verdad ha sido impresa vez tras vez... Las varias fases de la salvación por la fe en Cristo han sido enseñadas con poder y claridad mediante la emisión radiofónica durante años, y más recientemente por televisión. Se ha destacado el tema en diferentes cursos bíblicos por correspondencia. Los pastores y evangelistas adventistas han anunciado esa verdad vital desde los púlpitos y lugares públicos, con los corazones inflamados por el amor de Cristo. (Id., p. 233-237; nueva edición, p. 239-243).
Este capítulo solo pretende tratar brevemente el tremendo énfasis sobre la justificación por la fe, en la asamblea de la Asociación General de 1926. Es mi firme convicción que haríamos bien en destacar menos 1888, y más 1926... Algunos han sugerido que la denominación debería en cierto modo constatar públicamente el reconocimiento de los errores de 1888. No es posible presentar una mayor evidencia de crecimiento espiritual y madurez, que la evidenciada en los sermones de 1926. (N.F. Pease, The Faith That Saves, p. 59).
"¡Dices: rico soy, y he sido enriquecido!" 1888 fue el principio de un gran enriquecimiento, una gloriosa victoria, "madurez... espiritual". Somos extraordinarios. No paramos de mejorar.
Los historiadores citados eran hombres fervientes, dedicados y fieles. Trataron sinceramente de reflejar el sentimiento generalizado de orgullo y satisfacción por el tremendo "progreso" de la iglesia. Pero ninguno de ellos fue capaz de reconocer la implicación del mensaje a Laodicea: Es precisamente en nuestro pretendido "enriquecimiento" mediante la aceptación de la justicia por la fe, en lo que estamos engañados. Ni uno siquiera reconoce la necesidad de una reconciliación con Cristo mediante la expiación final, debido al ignominioso trato que le dimos en una de las asambleas de la Asociación General. Todos ellos tratan de emplear mejores palabras para calificar nuestro estado espiritual, que la escogida por la inspiración: "deplorable".
Nadie ha discernido que en 1926 y actualmente, nuestro jactancioso "crecimiento espiritual y madurez" en la comprensión y proclamación de "la justicia por la fe" no consistió en la aceptación del mensaje de 1888, sino en la aceptación del mensaje popular protestante, evangélico y calvinista de la justificación por la fe. Han concluido erróneamente que ese "fenómeno único" de la Iglesia Adventista viniendo a ser más "evangélica", lo fue gracias a la aceptación del mensaje que iba a ser el principio de la lluvia tardía y el fuerte clamor. Pero lejos de eso, lo que hemos hecho es alejarnos imperceptiblemente del mensaje que el Señor nos dio, para adoptar puntos de vista virtualmente idénticos a los de quienes rechazan los mensajes de los tres ángeles. Y nos sentimos satisfechos con ese "profundo énfasis evangélico", tristemente inconscientes de que no constituye "el evangelio eterno".
La nuestra es verdaderamente la iglesia remanente, y su futuro es realmente glorioso. La obra triunfará. Y el Señor nos bendijo, y nos bendecirá. Pero el punto importante es que para nosotros es mucho más seguro el que nos adhiramos a la versión que da el Testigo fiel sobre el significado de nuestra historia denominacional, que a las versiones opuestas a ella. El mensaje a Laodicea sigue siendo "verdad actual". El Señor afirma que en realidad, somos "cuitados, miserables, pobres, ciegos y desnudos". La gran victoria de la Iglesia pertenece todavía al futuro y no se producirá antes que aceptemos el remedio divinamente señalado para nuestra situación actual: el arrepentimiento. Hay algo que podemos hacer, y consiste en actuar exactamente como nuestro Señor nos indica:
Yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo: sé pues celoso, y arrepiéntete (Apoc. 3:18,19).
De entre nuestras historias denominacionales, la que incluye quizá la más evidente (pero inconsciente) negación del mensaje de nuestro Señor, fue publicada en 1966. Indiscutiblemente sincero, y por demás ferviente y entregado, su autor deseaba defender "al ángel de la iglesia en Laodicea". Tras su muerte, los encargados de la publicación la titularon Through Crisis to Victory 1888-1901 (De la crisis a la victoria). Postularon así claramente la nueva tesis de que la asamblea de la Asociación ministerial en 1901 canceló la oposición al mensaje de la justicia de Cristo, en 1888, así como todos los males de la organización que la acompañaron, para desembocar en "la victoria".
El prestigioso libro causó una profunda impresión en la iglesia mundial. Las declaraciones de E. White que contradicen la tesis fundamental del libro pasan automáticamente a ser consideradas bajo sospecha: Lo que E. White dice en lenguaje inconfundible, no puede ser cierto si ese prestigioso libro lo contradice. Algún misterioso contexto debe anular el peso de las declaraciones que afirman que la Asamblea de 1901 no fue una "victoria" . Los lectores son comprensiblemente influenciados a razonar de ese modo. (Es significativo que el libro se volviera a publicar en 1981 bajo un nuevo título, pero conservando intacta su tesis de "soy rico y estoy enriquecido", dando a entender que la Asamblea de 1901 transformó los años de "crisis" en una virtual "victoria").
Sin embargo, los hechos demuestran claramente que los resultados de la Asamblea de 1901 no revirtieron la trágica incredulidad manifestada en 1888. Disponemos de buena cantidad de enfáticas y consistentes declaraciones, por parte de E. White:
Qué maravillosa obra habría podido hacerse en beneficio de la numerosa compañía reunida en Battle Creek con ocasión de la Asociación General [de 1901], si los dirigentes de nuestra obra hubiesen estado por la labor. Pero la obra que todo el cielo estaba esperando realizar, tan pronto como los hombres preparasen el camino, quedó sin hacer, debido a que los dirigentes cerraron y bloquearon la puerta contra la entrada del Espíritu. Se produjo una detención antes de llegar a la total entrega a Dios. Y los corazones que podrían haber sido purificados del error, se fortalecieron en la maldad. Fueron bloqueadas las puertas contra la entrada de la corriente celestial que habría barrido todo el mal. Los hombres dejaron sus pecados sin confesar. (Carta al Dr. J.H. Kellogg, 5 de agosto de 1902).
El resultado de la última Asamblea de la Asociación General ha sido la más grande y terrible pena de mi vida. No se hizo ningún cambio. El espíritu que debía haberse traído a toda la obra como resultado de este encuentro, no vino debido a que los hombres no recibieron los testimonios del Espíritu de Dios. Cuando regresaron a sus diferentes campos de labor, no anduvieron en la luz que el Señor hizo brillar sobre sus caminos, sino que trajeron a su obra los principios equivocados que han prevalecido en la obra, en Battle Creek... Es peligroso rechazar la luz que Dios envía. (Carta al juez Jesse Arthur, 15 de enero de 1903).
Si los hombres que oyeron el mensaje cuando tuvo lugar la Asamblea el mensaje más solemne que se pueda oír no hubiesen sido tan poco susceptibles de ser impresionados, si hubieran sinceramente preguntado: Señor, ¿qué quieres que haga? la experiencia del pasado año habría sido muy diferente de lo que es. Pero no han despejado el camino ante ellos. No han confesado sus equivocaciones, y ahora están yendo al mismo terreno en muchas cosas, siguiendo el mismo curso de acción erróneo, ya que han arruinado su discernimiento espiritual...
Si la obra iniciada en la Asociación General se hubiera llevado hacia adelante hasta la perfección, no habría sido llamada a escribir estas cosas. Hubo la oportunidad de confesar, o bien negar el error, y en muchos casos se produjo la negación, a fin de evitar la necesidad de confesión.
A menos que haya una reforma, la calamidad sobrecogerá a la casa publicadora, y el mundo conocerá la razón. Se me ha mostrado que no ha habido un regreso a Dios de todo corazón... Dios ha sido burlado con vuestra dureza de corazón, que no deja de ir en aumento. (Testimonies, vol. 7, p. 93-96. Ver portada de The Review and Herald de noviembre de 1901. El testimonio siguiente, que comienza en la página 97, lleva por título: "La Review and Herald en llamas").
Por lo que respecta al mensaje de 1888 de la justicia de Cristo, se pretende estar saludando una "victoria", a pesar de que las "obras" derivadas de esa supuesta "fe" llevaron a la reprensión del Señor en los desastrosos incendios que arrasaron el Hospital y Casa publicadora, en una clara censura del Señor.
En el encuentro de 1901, los miembros del comité elegidos en aquella ocasión fueron, hasta donde podemos saber, hombres que creyeron plenamente en esa doctrina [la justicia por la fe], si bien algunos pudieron no haber entrado plenamente en la experiencia personal de la entrega y la fe... He asistido a reuniones campestres adventistas, congresos anuales, sesiones de la Asociación y misiones, encuentros de obreros y otras reuniones, y puedo fielmente decir que en toda esa asociación con los obreros de las iglesias y personas de diferentes razas, naciones y lenguas, a lo largo de mis cincuenta y cinco años como pastor adventista, jamás he oído ni en América, Europa, ni otro ningún lugar a un obrero o un laico expresar oposición al mensaje de la justicia por la fe. Ni tampoco he sabido de ninguna oposición tal, expresada en publicaciones adventistas. (A.V. Olson, Through Crisis to Victory, 1888-1901, p. 228-232; nueva edición, p. 234-238).
Pero el autor era ferviente y sincero, y profundamente espiritual. Se apercibió claramente de que algo iba mal. La obra mostraba años de retraso y la venida del Señor se había demorado largamente. Eso no pudo ni quiso negarlo. Reconoció con franqueza la existencia del problema y avanzó su propia y sincera convicción de que en esa hora tardía, la iglesia como un todo no había comprendido ni recibido la verdad de la justicia por la fe, permitiendo así que la obra mundial llegase a su fin. Rara vez un escritor oficial ha confirmado tan gráficamente aunque sin saberlo la verdad del diagnóstico de nuestro Señor en su mensaje "al ángel" de la iglesia en Laodicea, y raramente se ha manifestado tan ferviente y sincera insistencia en que el "ángel" es "rico y se ha enriquecido". Los portavoces de la iglesia son ricos, postula el autor del libro, en la comprensión y proclamación del mensaje. No reconoce carencia alguna por su parte, y atribuye la responsabilidad de la obra no realizada más bien a la torpeza de los laicos. Ellos son los "cuitados, miserables, pobres, ciegos y desnudos". Obsérvese la clara evidencia de la conclusión del libro:
Durante los años 1901 y anteriores, los adventistas publicaron mucho sobre la justicia por la fe, y ese tema se ha abordado periódicamente en la Escuela Sabática. Los diferentes aspectos de la salvación por la fe en Cristo han sido enseñados con poder y claridad a través de la radio, y últimamente en televisión. El tema se ha destacado en distintos estudios bíblicos por correspondencia. Los pastores y evangelistas adventistas han anunciado esa verdad vital desde los púlpitos de iglesia y desde otros lugares públicos, con corazones inflamados de amor por Cristo. Y mediante la revista mensual El Ministerio adventista, los predicadores y escritores adventistas han urgido constantemente a hacer de Jesucristo y su justicia como Salvador, el centro de toda su enseñanza.
No se ha destacado el tema más de lo que se debería, si acaso, no tanto como el precioso tema se merece. (Id., p. 237; nueva edición, p. 243).
Entonces, ¿por qué no se ha terminado la obra, si esa preciosa verdad ha sido enseñada "con poder y claridad con corazones inflamados" por los pastores y evangelistas adventistas? Los laicos no han oído como deberían. Éstos últimos han impedido la terminación de la obra. Obsérvese la conclusión a la que se llega, sólo posible mediante una errónea comprensión del mensaje a Laodicea:
Muchos adventistas del séptimo día parecen ignorar todavía esa doctrina capital. Gran parte de esa falta de discernimiento se debe a que no leen los libros y periódicos adventistas que presentan el evangelio en lenguaje claro, enérgico
Tememos que para muchos miembros de iglesia, el mensaje de la justicia de Cristo se ha vuelto una teoría estéril, en lugar de una realidad viviente en su experiencia diaria.
Han sido negligentes en cuanto a la luz que, en su amor y gracia, ha hecho Dios brillar ante ellos. No han tenido llegado a cambiar las vestiduras viles de su justicia propia por la vestidura inmaculada de la justicia de Cristo. A la vista de Dios, sus pobres almas aparecen como desnudas y destituidas. (Id., p. 237; nueva edición, p. 243-247).
Si el mensaje del Señor es verdadero, entonces nos encontramos ante una sorprendente inversión de los términos. El Señor dirige ese mensaje "al ángel de la iglesia". El énfasis, según el Espíritu de Profecía, no puede ser más claro: si los responsables ministeriales hubiesen aceptado el mensaje de 1888, la iglesia habría cooperado y la obra se habría terminado (ver Mensajes Selectos, vol. 1, p. 276). "Tu pueblo se ofrecerá voluntario en el día de tu poder" (Sal. 110:3), nos asegura el salmista. Un laicado resistiendo continuamente a los dirigentes constituye una representación desalentadora para el futuro. No es cierta.
Lo que su autor no pudo ver es que todo ese "énfasis" que tan animador le parecía, es en realidad un mensaje diferente del dado en 1888, y esa es la razón de que "el mensaje de la justicia de Cristo se ha vuelto una teoría estéril" "para muchos miembros de iglesia". Les aburre, de manera que "no leen los libros y periódicos adventistas". Seguramente han intentado leerlos, pero dado que los mismos carecen de los conceptos claros y convincentes propios del mensaje de 1888, la lectura se hace tediosa. Y ellos no saben por qué. Pero "el ángel de la iglesia" siente que ha cumplido con su obligación, al menos en generosa y cumplida medida.
Cuanto aquí decimos, se expresa con profundo respeto hacia nuestros historiadores, cuya devoción por la causa está por encima de toda duda. El "y no conoces" de nuestro Señor, explica el problema. Ellos no hacen sino articular y expresar el orgullo casi universal de muchos que mantienen todavía esa posición en el tema de la justicia por la fe (ver en Movement of Destiny, p. 610-612). No debe entenderse aquí ninguna crítica hacia nuestros escritores del pasado. Los citamos solamente como una constatación de que el mensaje del Señor en Apocalipsis 3:14-21 es todavía "verdad actual", y claramente demostrada por nuestra historia denominacional pasada y presente.
En la obra citada, que se volvió a publicar en 1978, la práctica totalidad de los portavoces prominentes de la iglesia se presentan como dando apoyo a la tesis del "enriquecimiento" de 1888 (están ausentes unos pocos, notablemente S.N.Haskell, Meade McGuire y Taylor Bunch). La lista de nombres es realmente impresionante (p. 681-686, edición de 1971). Si la verdad se pudiese determinar por el voto de la mayoría, entonces habría de ser cierto que E. White estaba tristemente equivocada en sus repetidas declaraciones de que el mensaje de 1888 fue impedido "que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida" y "fue resistida la luz... y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos" [dirigentes]. Ni tan sólo uno de esos hombres dedicados a los que hemos hecho referencia, se atrevería a contradecir al Testigo fiel y verdadero a sabiendas. Pero ¿pudiera ser que las palabras de nuestro Señor "y no conoces" se debieran aplicar a todos nosotros?
El simple hecho del inexplicable paso del tiempo durante más de cien años, desde "el comienzo" de la lluvia tardía, nos obliga a reconsiderar el significado de nuestra historia. Si la lluvia tardía fue aceptada tan voluntariosa y fervientemente por nuestros pioneros, ¿por qué no se terminó la obra de Dios en su generación? El testimonio de E. White es tan simple que hasta un niño lo puede comprender: la verdadera aceptación del mensaje habría significado la finalización de la comisión evangélica y el regreso de nuestro Señor en esa generación.
La repetida afirmación del "ángel", "soy rico y estoy enriquecido" tiene una amplia influencia en la iglesia mundial. El orgullo profundamente enraizado, si bien sutil, endurece el corazón. Las extendidas y repetidas afirmaciones de "enriquecimiento" crean prejuicio que impide que el mensaje del Señor a Laodicea sea comprendido en su plena significación. La respuesta a su llamado de "arrepiéntete" en tanto que iglesia, es el resentimiento. ¿Acaso no se nos ha dicho durante décadas que somos "ricos" en cuanto a comprender la justificación por la fe? ¿Por qué ese cargo devastador de que somos cuitados, miserables, pobres, ciegos y desnudos? Muchos se ofenden. El zarandeo final no sería tan terrible si el mensaje de Cristo no hubiese sido tan repetidamente resistido.
La Escritura está repleta con profecías de la diseminación mundial de la verdad en su pureza evangélica. "Porque la tierra será llena de conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren la mar" (Hab. 2:14). "Saldrán de Jerusalem aguas vivas" (Zac. 14:8). "Levántate, resplandece; que ha venido tu lumbre, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad los pueblos: mas sobre ti nacerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las gentes a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento" (Isa. 60:1-3). Y será en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros viejos soñarán sueños: y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu" (Hech. 2:17 y 18). "Y después de estas cosas vi otro ángel descender del cielo teniendo grande potencia; y la tierra fue alumbrada de su gloria" (Apoc. 18:1).
¿Hay alguien preocupado porque nuestras campañas y publicaciones no hayan cumplido esas profecías, hasta el día de hoy? ¿Se puede decir honestamente que nuestro mensaje esté conmoviendo al mundo, o ni tan sólo despertando ninguna oposición significativa, como fue el caso en los días de los apóstoles?
¿Es papel de mejor calidad lo que necesitan nuestras publicaciones? ¿es mejorar la fotocomposición e ilustraciones? ¿Es simplemente más dinero, más psicología, más música, mayor refinamiento profesional lo que necesitan nuestras campañas evangelísticas?
¿O bien tenemos un problema con el contenido del mensaje, con la proclamación de la verdad misma del evangelio? Nuestro Señor dice que somos "pobres", mientras que nos creemos "ricos" en cuanto a nuestra comprensión y proclamación del "mensaje del tercer ángel en verdad", la pura verdad del evangelio que no ha sido claramente comprendida "desde los días de Pentecostés" (Fundamentals of Christian Education, p. 473).
Nos hemos cansado de repetir que "necesitamos el Espíritu Santo". Por supuesto que lo necesitamos, pero la recepción e inspiración del Espíritu Santo no es una cuestión de magia o buena suerte. El evangelio de Cristo "es potencia de Dios para salud" (Rom. 1:16), y ese poder no reside en la fantasía emocional sino en la verdad, "la verdad del evangelio" (Gál. 2:14).
"Tenemos la verdad", es nuestro sentimiento universal. Está sonando la música adecuada. Necesitamos quizá un cierto "énfasis" que eleve el volumen un poco. Muchos que hablan de la justicia por la fe se refieren a ella como a nuestra orgullosa posesión, y nuestra proclamación de ella como un mero asunto de "énfasis", algo así como la necesidad de subir eventualmente el control de volumen.
Pero la verdad del evangelio no tiene nada que ver con un "énfasis" tal. El mismo uso del término denuncia una ignorancia en cuanto a lo que es el evangelio. ¿Quién se atrevería a decir que lo que predicaron los apóstoles era una mera "reenfatización" del judaísmo? Nunca, en ningún lugar, usó E. White los términos "énfasis" o "enfatización" en relación con el mensaje de la justicia de Cristo de 1888, como si se tratase de un asunto de ajustar el debido equilibrio homilético. La justicia por la fe es una verdad vital, palpitante, explosiva, y Dios no ha dado al hombre ningún control de volumen para "enfatizarla", destacarla o apagarla. O se tiene o no se tiene; y si se tiene, se revoluciona al mundo (Hech. 17:6). Nada menos que eso.
Y si no estamos "trastornando" al mundo, lo único que podemos hacer es confesar que el Testigo fiel y verdadero tiene razón. Somos cuitados y pobres, aunque hemos confiado en la patética suposición de que somos ricos. Hasta que el "ángel" lo reconozca y lo confiese, no puede darse la voluntad para aplicar los remedios que el Testigo fiel y verdadero nos propone.
Nuestra "pobreza" se hace dolorosamente evidente en la erosión de la confianza en la doctrina distintiva adventista de la purificación del santuario que comenzó en 1844. Verdict Publications publica artículos como el siguiente:
Influyentes eruditos adventistas piensan ahora que la doctrina distintiva adventista del juicio investigador no se puede demostrar a partir de la Biblia Otros profesores han abandonado completamente su creencia en esa enseñanza [la doctrina de 1844]. Podemos fácilmente citar a responsables de departamentos de teología y otros profesores prominentes que han perdido su fe en esa doctrina distintiva adventista Esa pérdida de fe en 1844 ha tenido lugar Hay un sentimiento generalizado de que nuestra posición sobre 1844 y nuestra explicación sobre él ha dejado de ser convincente o viable. Un gran porcentaje de adventistas en Europa consideran ampliamente a 1844 como una peculiar aberración americana. (1844 Re-examined, p. 9, 10).
Se citan numerosos pastores y teólogos en favor de ese cuestionarse las raíces básicas adventistas.
Sin embargo, la investigación original de Crosier, Edson y Hahn al formular el concepto distintivo adventista de la purificación del santuario era profundamente bíblica. Fue eso lo que estableció nuestra existencia como pueblo. De no haber sido auténticamente bíblica, los adventistas no tendríamos ninguna razón teológica válida para existir. Si "el dragón" que "fue airado contra la mujer" quiere destruirla, ¿podría hacerlo de una forma más efectiva que atravesando su corazón y fundamento?
El virtual eclipse del mensaje de 1888 por décadas, ha sido uno de los factores responsables de más peso en la erosión de la confianza adventista en la doctrina del santuario y 1844. En 1889, E. White previó que la oposición al mensaje manifestada contra Jones y Waggoner acabaría "produciendo apostasía" (Counsels to Writers and Editors, p. 31). Es evidente un fenómeno interesante: los que no encuentran razón bíblica para creer el mensaje de 1844, dejan igualmente de apreciar el mensaje de 1888; y lo mismo se puede decir a la inversa. El mensaje de 1888 enfocó nítidamente la doctrina del santuario, y restableció en "los corazones de los creyentes el poder director" (El evangelismo, p. 167); y la pérdida de ese mensaje tendió a "[quitar] de los corazones de los creyentes el poder director".
7. Los remedios divinamente señalados: "oro"
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Nuestro Señor nos amonesta a que de él compremos "oro afinado en fuego, para que seas hecho rico" (Apoc. 3:18). Sabemos que "el oro afinado en el fuego es la fe que obra por el amor" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 123).
Si poseyésemos ya el "oro", no se nos urgiría a "comprarlo". Debemos dejar de jactarnos de que ya lo poseemos, de que lo único que nos falta son métodos más eficaces de presentarlo: Despliegues periodísticos más modernos, más dinero para emisiones de radio y televisión, o mejores técnicas de homilética. Nuestra necesidad es de tipo básico. En relación con el "oro" propiamente dicho, el Testigo fiel y verdadero dice que nuestro cofre está vacío. Es el mismo Cristo quien lo declara.
Es muy posible que, una vez hayamos "comprado" realmente el oro, deje de turbarnos la búsqueda de métodos para mostrarlo. Quizá Jehová de los ejércitos, que dice "mía es la plata, y mío el oro", traerá entonces convicción a corazones generosos, que darán con liberalidad para que el "oro" de su pueblo pueda ser presentado al mundo, cuando ese tiempo llegue.
Es al "ángel" a quien amonesta el Testigo fiel y verdadero, no a algunos individuos por aquí y por allá. Es al cuerpo regular de los directivos de iglesia a quien se dirige. No hay ninguna forma de evadir su franca "amonestación". Todos los intentos por silenciarla resultarán en mayor confusión y décadas de retardo en la finalización de la obra de Dios. Que el cielo se apiade de nosotros si protestamos contra el Señor e insistimos, ¡pero yo siempre he comprendido y enseñado el evangelio con poder! Yo sé que lo comprendo. ¡Eso no puede referirse a mí! ¡Has bendecido tan maravillosamente mi obra! "Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste" "¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" (Luc. 13:26; Mat. 7:22).
En esta hora de inmensa oportunidad escatológica, nuestro Señor dice al tibio "ángel": "estoy por vomitarte de mi boca" (mello se emesai) (Apoc. 3:16). Esa advertencia es paralela a la que Cristo hace a quienes dirán: "Señor, Señor, ábrenos Dígoos que no os conozco de donde seáis; apartaos de mí todos los obreros de iniquidad. Allí será el llanto y el crujir de dientes" (Luc. 13:25-28). El término "iniquidad" suena terrible. Lo aplicamos instintivamente a nuestros vecinos incrédulos. Pero necesitamos comprender que una experiencia perfectamente aceptable en otra época anterior a la purificación de santuario, se convierte hoy en vomitiva "tibieza". La devoción mesurada, apropiada mientras el Sumo Sacerdote ministraba en el lugar santo, resulta ser "iniquidad" cuando se la pesa ante la incomparablemente superior perspectiva de consagración que es apropiada ante su oficio en el lugar santísimo (ver Lev. 23:27-32).
Ningún pecado puede producir a nuestro Sumo Sacerdote más nauseas que ese. Y sin embargo, no se trata de "obras" de lo que está hablando. El "oro" del que carecemos no consiste en una actividad más febril. En eso somos ya "ricos". Se trata de fe. Es fe pura y verdadera lo que necesitamos "comprar".
¿Por qué "comprar"? ¿Por qué no dice: Pídemela y te la daré? ¿Será quizá porque necesitamos renunciar a nuestros falsos conceptos sobre la fe, y aceptar el verdadero? El mensaje a Laodicea señala que estamos en posesión de cierta clase de alijo que es preciso cambiar por "oro" del almacén celestial, de igual forma que dejamos algo a cambio de un objeto, cuando queremos comprarlo. Es muy significativo el consejo de que "compremos". Obsérvese en qué consiste nuestra "riqueza":
Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido (Apoc. 3:17)
¡Qué mayor engaño puede penetrar en las mentes humanas que la confianza de que en ellos todo está bien cuando todo anda mal! El mensaje del Testigo fiel encuentra al pueblo de Dios sumido en un triste engaño, aunque crea sinceramente dicho engaño. No sabe que su condición es deplorable a la vista de Dios. Aunque aquellos a quienes se dirige el mensaje del Testigo fiel se lisonjean de que se encuentran en una exaltada condición espiritual se sienten seguros por causa de sus progresos y se creen ricos en conocimiento espiritual. (Joyas de los Testimonios, vol. 1, p. 327 y 328,
original sin cursivas).
El "precio", aquello a lo que debemos renunciar, es el "engaño", el falso "conocimiento espiritual". Dicho de otro modo, hemos de renunciar a nuestros conceptos erróneos e ideas equivocadas, a fin de poder efectuar la "compra" del "oro". Veamos una vez más cuál es la definición inspirada del "oro" que necesitamos:
Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, bien que sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo fuere manifestado (1 Ped. 1:7).
El oro afinado en el fuego es la fe que obra por el amor. Sólo esto puede ponernos en armonía con Dios. Podemos ser activos, podemos hacer mucha obra; pero sin amor, un amor tal como el que moraba en el corazón de Cristo, nunca podremos ser contados en la familia del cielo. (Palabras de vida del gran Maestro, p. 123,
original sin cursivas).El oro probado en el fuego que se recomienda aquí, es la fe y el amor. Enriquece el corazón, porque se lo ha refinado hasta su máxima pureza, y cuanto más se lo prueba, tanto más resplandece. (Joyas de los Testimonios, vol. 1, p. 479).
Durante décadas hemos estado hablando de "fe y amor". ¿No los tenemos todavía? ¿Qué significa lo anterior? ¿Podemos estar pretendiendo disimular la carencia mediante un barniz de tópicos piadosos? Quizá el Señor esté intentando hacernos ver que no comprendemos realmente lo que es el amor, y por lo tanto, no podemos tener verdadera fe. ¿Es posible que "el ángel" de la Iglesia esté destituido de "un amor tal como el que moraba en el corazón de Cristo"?
Sí. Así es, según las palabras del Testigo fiel y verdadero. Es cierto que cuesta creerlo, pero veamos más de cerca el asunto. Hay dos nociones opuestas sobre el "amor". Una proviene del helenismo, y es el tipo de "amor" sobre el que está basado el cristianismo evangélico popular. La otra es totalmente distinta, y es el tipo de amor que sólo puede tener su origen en el ministerio del verdadero Sumo Sacerdote, en su obra de purificación del santuario celestial. (Primeros Escritos, p. 55,56).
La amonestación de nuestro Señor resulta desconcertante e incomprensible cuando ignoramos lo que es realmente el amor. ¿Por qué dice "amor", si ese es precisamente mi punto fuerte? Sé positivamente que quiero a mis seres amados y a mis hermanos. ¿Qué más me falta? Los corazones pagados de sí mismos no sentirán la necesidad, y posiblemente sean incapaces de despertar en esta hora tardía en la que vivimos. Pero muchos sienten verdaderamente una gran necesidad y reconocerán inmediatamente el "oro", al serles mostrado.
Recuérdese esto en su contexto amplio, la pluma inspirada dice que el "oro" "es la fe que obra por el amor". Por lo tanto, a fin de comprender lo que quiere decir el Testigo fiel y verdadero con sus palabras "yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego", debemos primero examinar en qué consiste el "amor". Sólo entonces estaremos en condiciones de comprender en qué consiste la "fe".
Es el mismo Cristo quien aclara cuál es la fe neotestamentaria, y resulta ser diferente del concepto popular. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree " (Juan 3:16). Obsérvese: (1) Lo primero es el amor de Dios, y hasta que ese amor se revela, no puede existir el creer. (2) Como resultado de su