Introducción
al
(R.J. Wieland)
Sobre el autor y sobre el libro
En la Asamblea de la Asociación General Adventista que tuvo lugar en 1888, en Minneapolis (Minessota), los pastores A.T. Jones y E.J. Waggoner presentaron un mensaje de justificación por la fe que resultó ser causa de notable controversia. El mensaje no fue bienvenido por muchos de los delegados.
Sin embargo, E. White se refirió a él como "un muy precioso mensaje... que debe ser proclamado en alta voz, y asistido por el derramamiento en gran medida del Espíritu Santo".
Durante décadas, el mensaje de 1888 ha fascinado a muchos adventistas, y sin embargo, para la mayoría de ellos, la comprensión del mismo ha estado envuelta en el más profundo misterio, cuando no desconocimiento. El pastor Robert J. Wieland, quien ha estudiado el mensaje por más de 55 años, introduce al lector en su contenido. Ésta obra está cuidadosamente documentada para el investigador. Sin embargo, está escrita en un estilo perfectamente comprensible para el laico. Estos son algunos de los temas tratados: "La comprensión de la justificación por la fe de los mensajeros de 1888", "¿Es posible vivir sin pecar?", y "¿Por qué es más fácil salvarse que perderse?, ¿o bien es cierto lo contrario?".
Robert J. Wieland ha servido a la Iglesia como pastor, durante más de cincuenta años. Desde 1945 hasta 1965 trabajó como misionero en Kenya y Uganda. Posteriormente como pastor en la Asociación del Sudeste de California, y en 1979 regresó al África para servir como consultor editorial. Actualmente forma parte del "Comité para el estudio del mensaje de 1888". Es autor de numerosos libros, entre ellos: "In Search of the Cross", "The Backward Prayer", "For a Better Africa", "The Knocking at the Door", "Lightened With His Glory", "Grace on Trial", "Corporate Repentance: Plea of the True Witness", "1888 Re-examined" "Powerful Good News" y "The Gospel in Revelation".
Este libro se publicó primeramente en 1980, por lo tanto se puede considerar como el primer libro escrito sobre "1888" –con excepción de ‘1888 RE-EXAMINED’ (Wieland-Short, compilado en 1950, publicado en 1987)-
Fue Southern Publishing Association quien lo publicó en el idioma original, bajo el título: The 1888 Message. An Introduction. Durante quince años -desde 1981 hasta 1996- ha sido publicado y distribuido por Review and Herald. En 1997 fue traducido al castellano, e impreso por Pacific Press. Actualmente es posible encontrarlo en las librerías de iglesia en ambos idiomas.
En "Introducción al mensaje de 1888", Robert J. Wieland aborda la historia del Adventismo del Séptimo Día, ahonda en verdades espirituales profundas y expone, en suma, la razón de la existencia de la iglesia. El libro responde a cuestiones que los creyentes sinceros se preguntan con creciente insistencia: ¿Por qué sigue transcurriendo el tiempo -y el pecado- década tras década, cuando podríamos estar ya en el Reino? ¿Qué ha obstaculizado la consumación de la obra del juicio y la purificación del santuario? ¿Por cuánto tiempo más hablaremos sobre la lluvia tardía antes de que tal bendición nos sea realmente concedida? ¿Llama Dios verdaderamente a la iglesia a una vida sin pecado?
El autor investiga y expone la evidencia, mostrando claramente cómo el Señor, en 1888, envió a los Adventistas del Séptimo Día un mensaje único y precioso más allá de cualquier valor terrenal. Fue un mensaje para preparar a sus hijos e hijas para la victoria en el conflicto final entre el bien y el mal, para prepararlos para la traslación. En este libro se evidencia la belleza, sencillez y veracidad del mensaje que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria.
El lector encontrará aquí las buenas nuevas, la esperanza y el ánimo que prepararán a la última generación para ser "santos" que "guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús" (Apoc. 14:12). El libro expone asimismo el supremo "oficio" de Cristo: ¡el de Salvador! Su gracia preservará a los mortales de responder a las presiones del pecado, tanto internas como externas. El autor demuestra que el mensaje de 1888 no fue, ni es, una simple "doctrina", sino más bien una experiencia viviente, con trascendencia vital en el mundo de iniquidad y corrupción de hoy.
El libro es fruto de muchos años de estudio, que tuvo su inicio hacia el final de la década de 1930. La investigación cristalizó posteriormente, constituyendo la base de un manuscrito no publicado, en 1950. Habiendo transcurrido todos estos años, se desvelan ahora el misterio, vaguedad, y en muchos casos, total ignorancia sobre aquella sesión de la Asociación General de 1888, y la iglesia entera tiene a su disposición las bendiciones contenidas en esta publicación. El mensaje está basado en la Biblia, la sabiduría e inspiración divinas de E. White, y el registro histórico impreso, así como manuscritos y cartas inéditas de los principales protagonistas de la época: A.T. Jones y E.J. Waggoner.
La obra está documentada pensando en el investigador riguroso, sin embargo atraerá, interesará y edificará igualmente al miembro inexperto. El contenido lleva a la conclusión de que el Adventismo tiene una contribución singular que hacer al mundo: una razón para su existencia que implica no ser meramente una iglesia más entre muchas otras. Teniendo en cuenta todo cuanto el Señor ha dicho a través de su mensajera, en relación con la gran bendición que comporta el mensaje de 1888, es evidente que la iglesia como un todo, incluyendo departamentos, personal, ministros y laicos, necesita grandemente las verdades espirituales resaltadas en este libro. Comprender esto, así como nuestra historia y sus implicaciones en la expiación final, es apreciar el verdadero significado del llamado de Dios al arrepentimiento que dirige a Laodicea.
Que Dios pueda valerse del mensaje contenido en este libro, a fin de que se pueda obtener la percepción espiritual necesaria para que de su fruto "el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón" de 1888. Entonces la iglesia reconocerá el plan divino y dará al mundo la luz que ha de iluminar toda la tierra con su gloria.
Diciembre, 1979 Donald K. Short
Al lector
Hay que definir lo que en este libro se entiende por "mensaje de 1888". Algunos lectores agradecerán sin duda una breve referencia a los acontecimientos que han venido a ser conocidos entre los adventistas como "1888".
En la sesión de la Asociación General que tuvo lugar en ese año en Minneapolis (Minnesota), dos hombres jóvenes (A.T. Jones y E.J. Waggoner) aportaron providencialmente a los delegados un mensaje de justificación por la fe, un mensaje que vino a resultar en una gran controversia. Para muchos de los delegados, especialmente los pastores de mayor edad y los dirigentes, el mensaje (y/o los mensajeros) no fueron bienvenidos.
Unos pocos se gozaron en el mensaje y lo aceptaron verdaderamente. La principal entre ellos fue E.G. White. Pero nadie pareció considerar el mensaje suficientemente importante como para registrarlo, con el fin de que otros pudieran conocerlo de primera mano.
Por lo tanto, no disponemos del mensaje de 1888 propiamente dicho, en las palabras exactas de los dos mensajeros de Minneapolis.
Pero eso no significa que debamos desesperar de conocer en qué consistía, o que el título de este libro sea una impropiedad. Ciertos hechos posibilitan la reconstrucción consistente y razonable de su contenido:
1. Conocemos lo que enseñó Waggoner en los meses inmediatamente anteriores a la Asamblea de 1888.
2. Conocemos igualmente su enseñanza en los meses inmediatamente posteriores.
3. Sabemos que Waggoner y Jones mantuvieron un acuerdo virtualmente perfecto en su comprensión de la justificación por la fe, tanto en Minneapolis como en la década siguiente a 1888. Hubo dos mensajeros, pero E. White habló repetidamente de lo que enseñaron, como un mensaje.
4. Las declaraciones de respaldo a ese mensaje por parte de E. White no se reducen a las presentaciones perdidas de Minneapolis. Ella continuó apoyando sus subsiguientes presentaciones durante años después de la Asamblea de 1888: hasta 1896 e incluso después.
5. Podemos encontrar ayuda para reconstruir su mensaje observando la manera en que sus contemporáneos captaron las ideas esenciales, tanto en su aceptación como en su rechazo. Por ejemplo, W.W. Prescott y S.N. Haskel se encontraban entre los que respondieron favorablemente y comenzaron a hacerse eco de sus conceptos, en la medida en que comprendieron que eran bíblicos y contaban con el apoyo de E. White.
Naturalmente, no debemos deducir que existiera perfección o algún grado de infalibilidad en cuanto dijeron Jones y Waggoner. E. White no los identificó nunca como profetas, pero habló repetidamente de ellos en términos como: "los mensajeros del Señor", "los mensajeros delegados del Señor", "hombres señalados divinamente", "siervos de Dios... con un mensaje enviado del cielo", "hombres escogidos por Él", "hombres jóvenes [que Dios envió] para llevar un mensaje especial", "sus siervos escogidos", "a los cuales Dios está empleando", "el Señor [está] obrando a través de los hermanos Jones y Waggoner", "Él les ha dado preciosa luz", "si aceptáis el mensaje, aceptáis a Jesús", "mensajeros que Yo [el Señor] envié a Mi pueblo con luz, gracia y poder", "un mensaje de Dios; lleva las credenciales divinas". Las declaraciones de apoyo como las anteriores continuaron hasta 1896, y ocasionalmente después.
Por lo tanto, en este libro se entiende por mensaje de 1888, las ideas prominentes y esenciales enseñadas por Jones y Waggoner desde inmediatamente antes de la asamblea de 1888, hasta la década siguiente. Nuestro método será: (1) permanecer tan próximos a la fecha de 1888 como sea posible; (2) presentar lo que Jones y Waggoner enseñaron con insistencia o con gran énfasis; (3) presentar aquello en lo que ambos estuvieron manifiestamente en perfecto acuerdo; (4) limitar la exposición a sus enseñanzas para las que encontramos claro soporte de E. White (y por supuesto, bíblico). (5) prestar atención también a la forma en la que, al menos, "algunos" de sus contemporáneos creyentes recibieron y comprendieron lo esencial de su mensaje.
Cuando citemos ocasionalmente a Jones y Waggoner en años posteriores (por necesidad) será con cuidadoso escrutinio y selectividad para estar seguros de que las ideas presentadas están en armonía con su enseñanza temprana, y con los cinco principios antes mencionados. Si alguien objeta que las citas posteriores a 1888 no son el mensaje de 1888, la respuesta es que debe ser muy significativo el apoyo continuo dado al mensaje en su progresión, en los años sucesivos, por parte de E. White. El cuadro completo y equilibrado de lo que enseñaron en la década siguiente a Minneapolis debe constituir una comprensión fiel de cuanto estaba implícito en el mensaje dado en 1888. Es de esperar que guiados por el sentido común lleguemos a una clara representación del mismo.
Es imposible que E. White pudiera haber continuado sus repetidas y entusiastas manifestaciones de aprobación por tanto tiempo, en caso de haber tenido indicios, vislumbres o sospechas de que uno o ambos de los "mensajeros" se hubiera desviado de la verdadera fe. Ella era una profetisa inspirada, con discernimiento penetrante y santificado; su credibilidad como tal está entrelazada con el mensaje de Jones y Waggoner. La prueba última para la verdad es la propia Biblia. Quien escribe está persuadido de que ellos tomaron sus conceptos del estudio de primera mano de las Escrituras en la perspectiva del "conflicto de los siglos" propia del adventismo, así como de la peculiar noción adventista de la purificación del santuario y del mensaje de los tres ángeles. Lo mismo que todos nosotros, estaban en deuda con todos cuantos les precedieron, incluyendo a Lutero, Calvino y Wesley; pero presentaron su mensaje a partir de la Biblia sola. Concibieron la verdad de la justificación por la fe desde una perspectiva nueva y fresca, que es la de la comprensión escatológica inherente al movimiento adventista. En años recientes se está haciendo más y más evidente la base bíblica de sus conceptos esenciales; en diversos trabajos teológicos competentes de nuestros días se hace patente la consistencia de su interpretación bíblica. Por ejemplo, una tesis doctoral reciente en la Universidad de Londres aporta evidencias de que su noción sobre la naturaleza de Cristo fue mantenida por un número significativo de teólogos respetados y reformadores a lo largo de la era cristiana (Harry Johnson, The Humanity of the Savior, London: The Epworth Press, 1962).
Mi oración es que la respuesta del corazón del lector al mensaje, sea la que tuvo E. White cuando lo oyó personalmente por primera vez, en el congreso de Minneapolis: "cada fibra de mi corazón dijo Amén" (Manuscrito 5, 1889). ¡Esa fue también mi respuesta desde que lo oí por vez primera!
¡Tiene que haber una explicación!
"¿Qué ha fallado?", se pregunta el devoto judío ortodoxo, con angustia y perplejidad. Hasta el día de hoy, se siente sinceramente perplejo cuando medita absorto en las antiguas predicciones que hizo el Señor a Abraham, Isaac y Jacob. "¿Cuándo despertará el Dios de nuestros padres y cumplirá sus largamente esperadas promesas de enviar un Mesías a Israel? ¿Cuándo hará de Jerusalem el júbilo de toda la tierra? ¿O han sido acaso en vano nuestros grandes anhelos mesiánicos?"
Los judíos que tienen la fortuna de poder ir a los lugares santos de Jerusalem, se reúnen en el muro de las lamentaciones, en el ángulo sudoeste del antiguo enclave del templo. Allí se deshacen entonces en súplicas y lamentaciones al Dios de sus padres.
Nos gustaría darles un toque en el hombro y decirles: "Amigos, ¡podéis dejar de lamentaros! El Dios de Abraham, Isaac y Jacob no se ha dormido ni descuidado. Ha cumplido su promesa. ¡Envió fielmente al Mesías en Jesús de Nazaret! El único problema es que vuestros antecesores, no reconociéndole, lo crucificaron".
¿Podría ser que para los devotos adventistas hubiese también una versión propia del muro de las lamentaciones?
Pondérese la cantidad sin fin de llamados y apelaciones hechas a los fieles para orar, en las semanas de oración anuales, los sermones de las sesiones de reavivamiento, las asambleas de la Asociación General y las anuales, para que el Señor cumpla su promesa y abra las ventanas del cielo para derramar sobre su pueblo los aguaceros refrescantes de la lluvia tardía. Desde que E. White describió su visión del 14 de mayo de 1851, relativa al "refrigerio" de la "lluvia tardía" (Primeros Escritos, p. 71), el adventismo ha acariciado la esperanza de que algún día Dios pueda finalmente otorgar la bendición y llevar la obra mundial de testificación a un final triunfante.
La lluvia tardía consistiría en el don último del Espíritu Santo para madurar el grano del evangelio para la cosecha, de la misma forma que las lluvias que precedían a la cosecha en la antigua Palestina permitían el cumplimiento de los sueños de los agricultores. La lluvia tardía desembocaría en el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel y la gloriosa iluminación de toda la tierra con su gloria. ¡Entonces podría venir el Señor con poder y gran gloria!
¿Por qué no han sido contestadas esas súplicas, pronunciadas durante más de un siglo? ¿Por qué sigue a cada convocación la sensación frustrante de no ver la lluvia tardía?
Esas son preguntas que se hacen las personas reflexivas, especialmente los jóvenes. ¿Por qué consagrarse a una vida de sacrificio si los anhelos escatológicos que albergaron los pioneros parecen tan remotos? Evidentemente, la segunda venida de Jesús no puede tener lugar hasta no producirse los eventos tan largamente esperados. Pero para muchos adventistas en muchos lugares, la segunda venida se desvanece en las sombras de la incertidumbre. Lo mismo que para los judíos devotos llorando por el regreso del Mesías, se trata de esperar contra toda esperanza que los pioneros no estuviesen después de todo equivocados. De hecho, el honor del Dios de los pioneros está en juego. ¿Es fiel? ¿Vive aún?
Seguramente, seres celestiales desean darnos un toque en el hombro y decirnos: "¡Cesad en vuestro lamento por las peticiones sin respuesta! Vuestras peticiones durante 130 años fueron ya contestadas. El Señor cumplió su promesa a los pioneros. Dios envió ya el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón. El único problema es que vuestros padres fallaron en reconocer el don celestial cuando éste fue otorgado, y lo rechazaron de la misma forma en que los judíos rechazaron al Mesías hace dos mil años".
Una noticia tal es tan sorprendente para la mayor parte de los adventistas hoy, como lo sería su homóloga para los judíos en el muro de las lamentaciones. Y sin embargo, es cierta.
En el Índice de los escritos de E. White (Vol. 2, p. 1581) se encuentra un tenue indicio de tan tremenda noticia, bajo el epígrafe "Fuerte pregón", de una forma que podríamos comparar al ligero temblor de tierra que en Qumran condujo al descubrimiento de la inmensa riqueza de los manuscritos de las cavernas ocultas. La entrada expresa llanamente: "El Fuerte pregón: comenzó ya en la revelación de la justicia de Cristo". Siguiendo el índice, vamos a la declaración que se cita:
"El tiempo de prueba está precisamente delante de nosotros, pues el fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados. Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra" (Mensajes Selectos, vol. I, p. 425).
Lo anterior no es simplemente una oscura declaración de cierta bendición temporal concedida en algún momento de nuestra historia pasada, sino la sorprendente afirmación de que las brillantes promesas escatológicas acariciadas por nuestros pioneros en el adventismo desde 1851, tuvieron su cumplimiento en algún momento; al menos el "comienzo" de ellas.
La declaración anterior está tomada de un artículo de Review and Herald fechado el 22 de noviembre de 1892. "La revelación de la justicia de Cristo" es una clara referencia al mensaje de 1888, por entonces en su cuarto año de desconcertante periplo por nuestra historia. Tras la debida reflexión, una animosa E. White estuvo dispuesta a calificar en ese momento el mensaje como "el principio" del derramamiento final del Espíritu Santo que iluminaría la tierra con la gloria del cuarto ángel de Apocalipsis 18.
Pero esa declaración suscita ciertos problemas incómodos. Si la mensajera inspirada tuvo el discernimiento para reconocer el significado del mensaje de 1888, ¿por qué ha pasado un siglo desde entonces? Apenas tres años antes de que empezase a oírse el mensaje de 1888, E. White había declarado que cuando la lluvia tardía y el fuerte pregón comenzasen finalmente, "la obra se extendería como fuego en el rastrojo". Realmente, "los movimientos finales serán rápidos" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 280). Sin embargo, desde 1892, fecha en la que se hizo la declaración, ha habido un progreso dolorosamente lento. La gente está naciendo en el planeta tierra más rápidamente de lo que podemos alcanzarlos con el mensaje. Cada año que pasa nos deja con una obra cada vez mayor de testificación por completar.
El orgullo denominacional se puede racionalizar olvidando despreocupadamente el asunto, mediante predicamentos de gran progreso programático, pero la mayoría de los adventistas sinceros confesarán su seria convicción de que la tierra, sencillamente, no está todavía iluminada con la gloria del mensaje de ese "otro ángel".
¿Qué ha fallado?
Cuatro años después de la declaración de 1892, E. White señaló con franqueza lo que había ocurrido. Se cerraba una era de brillante esperanza por una razón muy concreta:
"La falta de voluntad para renunciar a opiniones preconcebidas y aceptar esta verdad fue la principal base de la oposición manifestada en Minneapolis contra el mensaje del Señor expuesto por los hermanos [E.J.] Waggoner y [A.T.] Jones. Suscitando esa oposición, Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo que Dios anhelaba impartirles. El enemigo les impidió que obtuvieran esa eficiencia que pudiera haber sido suya para llevar la verdad al mundo, tal como los apóstoles la proclamaron después del día de Pentecostés. Fue resistida la luz que ha de alumbrar toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos" (Mensajes Selectos, vol. I, p. 276).
Analicemos esta declaración, hecha en 1896:
"El poder especial del Espíritu Santo" que Dios anhelaba
impartir a nuestros hermanos en 1888 tenía un alcance verdaderamente
pentecostal.
El mensaje habría proporcionado "eficiencia" en llevar las
verdades adventistas "al mundo", obviamente incluyendo las regiones
musulmanas, budistas, hindúes y paganas. Habría permitido a la inexperta
Iglesia Adventista, flaca en número y en recursos materiales, conocer la clase
de éxito que disfrutaron los primeros apóstoles, "vencedor, para seguir
venciendo" (Apoc. 6:2). Es evidente que había poder en el mensaje mismo.
La luz aportada por A.T. Jones y E.J. Waggoner fue un
cumplimiento de la profecía del comienzo de la venida del poderoso cuarto
ángel de Apocalipsis 18, gracias a cuya luz "la tierra [debía ser] alumbrada
con su gloria". Aquí radica el origen bíblico del término "fuerte pregón" o
"fuerte clamor" (Apoc. 18:1 y 14:9).
"Satanás tuvo éxito" "en gran medida" en evitar que la luz
fuese recibida por nuestros hermanos, manteniéndola así alejada del mundo. Ese
simple hecho explica el siglo de esterilidad espiritual que ha sobrevenido a
nuestra obra mundial misionera, incluyendo la pérdida de nuestra obra en China
y la impotencia y frustración espiritual en muchas otras áreas. Si la lluvia
tardía es refrigerio espiritual, ¡su ausencia debe significar sequía
espiritual!
Los agentes que Satanás empleó para llevar a cabo su
propósito fueron "nuestros propios hermanos", cuyo "proceder" consistió en la
resistencia y el rechazo. Debe reconocerse en justicia que "nuestros propios
hermanos" se refería primariamente a los líderes de la Asociación local y
general del momento, actuando en beneficio de la iglesia tal como hicieron los
líderes judíos -en beneficio de su nación- al rechazar el tan esperado Mesías.
"Qué hacer con esas inquietantes realidades", ha sido el
tema de décadas de perplejidad. Anular la evidencia o evadir la verdad obvia
no es la forma de encontrar la solución a nuestras dificultades. No satisfará
jamás a las mentes sinceras.
Los judíos han tenido un problema similar desde hace siglos, intentando explicar a sus hijos por qué no ha aparecido el esperado Mesías. Ciertamente embarazoso. Cuando Joseph Wolff pidió insistentemente a su padre que le explicara quién era el Siervo Sufriente de Isaías 53, sino Cristo, su padre le prohibió terminantemente formular nunca más esa pregunta. ¡El único proceder seguro para nosotros, es recibir con agrado la plena exposición de la verdad! La iglesia no estará nunca motivada a terminar la obra mundial del evangelio hasta que tenga una comprensión exacta de por qué la venida del Señor ha sido diferida por tan largo tiempo, y renueve la confianza escatológica de los pioneros.
Seguramente se puede confeccionar una larga lista de razones para la demora [1]. Pero la solución directa a todas ellas iba a ser provista en el derramamiento verdaderamente pentecostal del Espíritu Santo en la lluvia tardía de 1888. Por lo tanto, el rechazo de esa solución inspirada para nuestros numerosos problemas constituye la causa básica del prolongado retraso, de igual modo que el problema básico que ha afligido a los judíos en los pasados dos mil años es su rechazo al Mesías. "1888" merece la atención especial de esta generación..
La comparación de nuestro rechazo de la luz en 1888, con el rechazo de Cristo por parte de los judíos, no es una comparación forzada. Desde el tiempo de la asamblea de 1888, y también en los años que siguieron, E. White se mostró persuadida de que estábamos repitiendo la tragedia de la incredulidad de los antiguos judíos:
"Cuando repaso la historia de la nación judía y veo la forma en que tropezaron por no andar en la luz, he venido a comprender dónde podemos ser llevados como pueblo si rechazáramos la luz que Dios nos da. Tenéis ojos y no veis, oídos y no oís. Ahora, hermanos, se nos ha enviado luz, y queremos estar donde podamos aferrarnos a ella... Veo vuestro peligro y os quiero prevenir...
[dada en la misma asamblea de 1888] , quiero dar al pueblo una oportunidad; quizá ellos puedan recibirla... Como la nación judía..." (Manuscrito 9, 1888; sermón dado el 24 de octubre de 1888; A.V. Olson, Through Crisis to Victory, p. 292).Si los ministros no reciben la luz
Ocho días más tarde, repitió:
"Cuando los judíos dieron el primer paso en el rechazo de Cristo, dieron un paso peligroso. Cuando posteriormente se acumuló la evidencia de que Jesús de Nazaret era el Mesías, tuvieron demasiado orgullo como para reconocer que habían errado.
...Ellos [los hermanos], lo mismo que los judíos, daban por sentado que poseían toda la verdad, y sentían cierta animadversión hacia quien pudiera suponer que tenía ideas más correctas que ellos mismos en cuanto a la verdad. Decidieron que toda la evidencia acumulada no tendría para ellos más peso que la paja, y enseñaron a otros que la doctrina no era verdadera, y más tarde, cuando vieron la luz, estaban tan abocados a condenar, tenían demasiado orgullo como para decir "me equivoqué"; acarician todavía la duda e incredulidad, y son demasiado orgullosos como para reconocer que sus convicciones...
No es conveniente para uno de estos hombres jóvenes [Jones o Waggoner] el entregarse a una decisión en este encuentro, donde la oposición, más que la investigación, está a la orden del día" (Manuscrito 95, 1888; sermón del 1 de noviembre de 1888; Olson, Through Crisis to Victory, p. 300 y 301).
En 1890, E. White llama la atención del pueblo al tema de "como los judíos":
"Aquellos a quienes Cristo ha dotado de gran luz, a quienes Dios ha rodeado de preciosas oportunidades, están en peligro, si no andan en su luz, de llenarse de opiniones orgullosas y exaltación propia como lo fueron los judíos" (Review and Herald, 4 de febrero de 1890).
"Que no se nos encuentre entregados a subterfugios y a la colocación de perchas donde colgar las dudas en cuanto a la luz que Dios nos ha enviado. Cuando se lleva a vuestra atención un punto de doctrina que no comprendéis, poneos de rodillas, para que podáis comprender cuál es la verdad, y que no seáis hallados, como sucedió con los judíos, luchando contra Dios...
Durante cerca de dos años hemos alertado a la gente a venir y aceptar la luz y la verdad concerniente a la justicia de Cristo, y ésta no sabe qué hacer, si abrazar o no esa preciosa verdad" (Id, 11 de marzo de 1890).
"¿Por cuanto tiempo se mantendrán apartados del mensaje de Dios los que están a la cabeza de la obra?" (Id, 18 de marzo de 1890).
Si pudiéramos hacer algo por ayudar a los judíos en el muro de las lamentaciones, sería urgirles a estudiar de primera mano los registros existentes sobre Jesús de Nazaret, para que pudiesen ver en él el cumplimiento de las profecías que vanamente esperan en el futuro.
Sería igualmente sensato para nosotros que estudiásemos de primera mano el registro existente del propio mensaje de 1888, y permitiésemos que su gloriosa luz brillase en nuestros corazones hoy. El mensaje de 1888, tal como fue proclamado por los mensajeros originales enviados del cielo, abunda en conceptos que expanden la mente, y que son prácticamente desconocidos por la generación actual.
Una vez cumplido nuestro deber y habiendo comprendido bien cuál fue el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón, estaremos mejor preparados para comprender el presente, rechazar falsificaciones y engaños, y enfrentar el futuro con un mensaje restaurador para los hombres, que acelerará el retorno de nuestro Señor.
Ese es el propósito de este libro.
Nota:
L.E. Froom, en Movement of Destiny dedica dos extensos capítulos, el 1º y 2º, al tema de la "Demora de la segunda venida: motivos divinos desvelados" (p. 561-603). Su lectura lleva fácilmente a la confusión y el desánimo. La única solución simple a todos los problemas que han demorado el retorno de Cristo es la fe. Fe genuina, fe incondicional en Cristo. El mensaje de 1888 tenía por objeto remediar la falta de ella. [volver al texto]
El seguro derramamiento del Espíritu Santo
Algunas veces, los alumnos en la escuela han de enfrentar el desafío de tener que estudiar para un examen final en el que todo se reduce a contestar una única pregunta. Pero ésta es tan abarcante y decisiva, que pone a prueba sus capacidades.
Podría muy bien ser que la prueba final para el pueblo de Dios consista en una sola cuestión: ¿Eres capaz de reconocer el derramamiento del Espíritu Santo? Es previsible que haya de verse confrontado a dos demostraciones paralelas: de un lado la auténtica, por parte del Espíritu Santo; y del otro, una extraordinariamente sutil pero falsa imitación. La cuestión única y crucial sería: Di cuál es cual.
Antes del principio del derramamiento de la lluvia tardía en 1888, E. White había declarado que deberíamos afrontar falsificaciones del Espíritu Santo, de carácter muy engañoso. Distinguir entre lo genuino y su falsificación puede determinar nuestro destino eterno:
"Antes que los juicios de Dios caigan finalmente sobre la tierra, habrá en el pueblo del Señor un avivamiento de la piedad primitiva cual no se ha visto nunca desde los tiempos apostólicos. El Espíritu y el poder de Dios serán derramados sobre sus hijos... El enemigo de las almas desea impedir esta obra, y antes que llegue el tiempo para que se produzca tal movimiento, tratará de evitarlo introduciendo una falsa imitación. Hará aparecer como que la bendición especial de Dios es derramada sobre las iglesias que pueda colocar bajo su poder seductor; allí se manifestará lo que se considerará como un gran interés por lo religioso. Multitudes se alegrarán de que Dios esté obrando maravillosamente en su favor, cuando, en realidad, la obra provendrá de otro espíritu" (El Conflicto de los Siglos, p. 517).
El título del capítulo en el que se encuentra esa declaración (el 28), reza en el original: "Reavivamientos modernos", y expone muchas de las ideas falsas que fueron populares entre los reavivadores de la última parte del siglo XIX. Ninguna falsificación puede engañar a quien posea una correcta comprensión de la "justificación por la fe". Pero en el siglo pasado había considerable confusión, y hoy hay incluso más. El subjetivismo de los movimientos "pentecostales" modernos tiene sus raíces en los reavivamientos anteriores a 1888, que se extendieron por las iglesias populares.
El movimiento pentecostal moderno ha hecho grandes esfuerzos para captar la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Citaremos un ejemplo:
"En la iglesia cristiana sopla hoy una brisa refrescante, purificadora y vigorizante. Hasta cierto punto, toda denominación siente los efectos de esa brisa...
Ese reavivamiento o renovación carismática, como se la ha llamado, viene de Dios. Fue iniciada por Dios y es llevada adelante por él mismo. Se fortalece por el Espíritu Santo para gloria de Dios. Una vez más el Espíritu Santo se manifiesta a sí mismo con el mismo poder y dones que caracterizó a la era apostólica" (Full Gospel Business Men’s Fellowship Voice, marzo, 1967).
Un miembro de la Iglesia Adventista cuenta su historia tal como aparece en la revista Insight:
"Durante dos años esperé esa... maravillosa experiencia del bautismo... y no la pude encontrar en mi propia iglesia... No estábamos deseando todo cuanto Dios tiene para ofrecernos, ¿comprende?... hablar en lenguas. Pero yo quería lo que Dios quería darme. Y lo buscaba. Dios me hizo derribar las barreras del denominacionalismo, y fui a otros lugares, y finalmente, el 29 de marzo de 1970, en Easter Sunday (Dominical del Este), Dios derramó en mí su Espíritu y me dio la maravillosa evidencia que había prometido -dando el Espíritu manifestación de ello- y habiéndome dado expresión el Espíritu, canté en el maravilloso lenguaje del cielo".
El autor del artículo en el que se cita esta declaración, continúa explicando las circunstancias... los adventistas estaban siendo "convertidos":
"Lo único de inusual en ese testimonio es que era dado por un adventista. Se encontraba en Riverside (California), en la primavera de 1972, en una reunión en esa ciudad, sede de Full Gospel Business Men’s Fellowship International. La reunión comenzó alabando a Dios por las señales y maravillas. Concluyó con un plan para traer el bautismo del Espíritu Santo, don de lenguas incluido, a la Iglesia Adventista.
Los empresarios presentes ofrecieron 2.500 dólares para enviar la publicación de su organización -The Voice- a los pastores adventistas de todo el mundo. Es una publicación que abunda en milagros, informa de curaciones, lenguas desconocidas, revelaciones proféticas, todos esos fenómenos característicos del movimiento carismático" (Insight, 15 de mayo de 1973, p. 13 y 14).
Si ese "Espíritu Santo" era una falsificación, ¿dónde está el genuino? En alguna parte debe estar el genuino, ya que tenemos estas promesas divinas:
Y será en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros mancebos verán visiones y vuestros viejos soñarán sueños. Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo: el sol se volverá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo (Hech. 2:17-21).
Y después de estas cosas vi otro ángel descender del cielo teniendo grande potencia; y la tierra fue alumbrada de su gloria. Y clamó con fortaleza en alta voz, diciendo: Caída es, caída es la grande Babilonia, y es hecha habitación de demonios, y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de todas aves sucias y aborrecibles. Porque todas las gentes han bebido del vino del furor de su fornicación; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites. Y oí otra voz del cielo que decía: Salid de ella, pueblo mío, porque no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas (Apoc. 18:1-4).
Hace unos sesenta años, un presidente de la Asociación General reconoció el cumplimiento inicial de la profecía de ese "cuarto ángel" en el mensaje de 1888:
"En el año 1888 fue dado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día un mensaje de despertar muy definido. En aquel tiempo se lo designó "el mensaje de la justicia por la fe". Ambos, el mensaje mismo y la forma en que fue dado, causaron una profunda y duradera impresión en las mentes de los pastores y el pueblo, y el transcurso del tiempo no ha podido borrar de la memoria esta impresión. Hasta hoy día, muchos de los que oyeron el mensaje desde el comienzo, están profundamente interesados y entregados a él. En el transcurso de estos largos años han mantenido la firme convicción, y han acariciado la alegre esperanza de que algún día ese mensaje pueda alcanzar entre nosotros una gran prominencia, y que obre en la iglesia la purificación y regeneración para los que creen que el Señor lo envió" (A.G. Daniells, Christ Our Righteousness, p. 23. Edición en castellano, p. 16 –Inter Euro Publishing–).
Daniells se vio constreñido a añadir: "El mensaje nunca fue aceptado ni anunciado, ni le fue dado libre curso en su debida forma para traer sobre la iglesia las bendiciones sin límite que están contenidas en él" (Id., p. 47 -33-). Las publicaciones denominacionales demuestran la veracidad de la anterior declaración. Con la excepción de los conceptos implícitos en los escritos del Espíritu de Profecía, la investigación indica que en las décadas anteriores y posteriores a 1926, el mensaje de 1888 había quedado tan perdido y enterrado, como Pompeya bajo las cenizas del viejo Vesubio. Podemos tener mucha de la así llamada justificación por la fe, pero es profundamente diferente de la luz que el Señor dio a este pueblo en el mensaje de 1888. Y no solamente el movimiento carismático ha hecho intentos por seducir a la iglesia remanente mediante un evangelio exageradamente subjetivo, sino que el extremo opuesto de un evangelio de tipo calvinista, puramente objetivo, ha tomado ventaja de nuestra amplia ignorancia en cuanto al contenido del mensaje de 1888.
E. White animó a la iglesia a creer que el verdadero derramamiento del Espíritu Santo venía con ese mensaje de 1888:
"En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios... Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu" (1895, Testimonios para los Ministros, p. 91 y 92).
Entre los allegados a E. White, la convicción general era que la lluvia tardía había comenzado. He aquí un ejemplo (habla A.T. Jones):
"Hace poco recibí una carta del hermano [G.B.] Starr en Australia. Leeré dos o tres frases que vienen al dedillo en este punto de nuestro estudio: -La hermana White dice que estamos en la era de la lluvia tardía desde el encuentro de Minneapolis [en 1888]" (General Conference Bulletin, 1893, p. 377).
Dos años antes E.J. Waggoner había reconocido lo siguiente:
"Cuando tenemos una fe firme en que Cristo habita en nosotros, podemos ir a trabajar por otros con poder, y unificar nuestras voces con las de los ángeles del cielo, y entonces el mensaje se abrirá paso con fuerte clamor... Esta noche me gozo en la convicción de que el fuerte clamor está comenzando" (Id., 1891, p. 245 y 246).
Aquí se reproduce el registro de la confesión hecha por la congregación reunida en la Asamblea de la Asociación General de 1893. A.T. Jones pregunta, y la congregación responde:
"Ahora hermanos, ¿cuándo comenzamos como pueblo con el mensaje de la justicia de Cristo? [Uno o dos en el auditorio: ‘Hace tres o cuatro años’. ¿Cuántos?, ¿tres?, ¿o cuatro? [Congregación: ‘Cuatro’] Si; cuatro. ¿Dónde fue? [Congregación: ‘En Minneapolis’] ¿Qué rechazaron pues los hermanos en Minneapolis? [Algunos de la congregación: ‘El fuerte pregón’] ¿Qué es ese mensaje de justicia? El Testimonio nos ha dicho lo que es; el fuerte pregón -la lluvia tardía. Entonces, los hermanos que adoptaron esa postura tremenda en Minneapolis, ¿qué rechazaron? Rechazaron la lluvia tardía, el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel" (Id, 1893, p. 183).
Unámonos imaginariamente con la congregación que esa noche escuchaba en atento silencio:
"Y hermanos, ha llegado el momento de retomar esta noche lo que rechazamos allí. Nadie entre nosotros ha sido capaz siquiera de soñar la maravillosa bendición que Dios tenía para nosotros en Minneapolis, y que habríamos podido disfrutar en estos cuatro años, si los corazones hubieran estado dispuestos a recibir el mensaje que Dios envió. Estaríamos cuatro años más adelante, estaríamos en medio de las maravillas del fuerte pregón mismo, esta noche. ¿No nos decía el Espíritu de Profecía allí, en aquel tiempo, que la bendición rondaba sobre nuestras cabezas?" (Id.)
O.A. Olsen, presidente de la Asociación General, fue conmovido por esa presentación. El día siguiente desnudó su alma ante los delegados:
"La presencia de Dios está convirtiendo este lugar en cada vez más solemne. Presumo que nadie entre nosotros ha estado jamás en una reunión como ésta. El Señor está ciertamente acercándose a nosotros, y está revelando las cosas más y más, cosas que no habíamos comprendido ni apreciado tan plenamente hasta ahora...
Anoche tuve un sentimiento de gran solemnidad. El lugar se convirtió para mí en grandioso, en razón de la proximidad de Dios, del solemne testimonio que se nos dio aquí...
Algunos se pueden sentir atribulados por la alusión hecha a Minneapolis. Sé que algunos se han sentido agraviados y afligidos debido a la referencia hecha a ese encuentro, y a la situación allí. Pero téngase presente que la única razón para que alguien se pudiera sentir así es un espíritu obstinado por su parte... El mismo hecho de que uno se sienta agraviado, delata al instante la semilla de la rebelión en el corazón" (Id., p. 188).
Otro de los oradores prominentes en 1893 que reconoció, al menos parcialmente, lo que estaba sucediendo, fue W.W. Prescott:
"Cuando pienso que durante cuatro años hemos estado en el tiempo de la lluvia tardía, y que Dios ha querido derramar su Espíritu para la restauración de esos dones, que su obra podría avanzar con poder; y que desea que nos unamos con gozo en la obra cooperando con él de todo corazón, se me antoja que nosotros hemos sido las manos que han impedido y los pies que no han querido andar; y que más bien que permitir que se quebrante de nuestra alma, ésta se ha resistido" (Id., p. 463).
Desde las amarillentas páginas del Bulletin de 1893 le asalta a uno la expectación de la inminente lluvia tardía. ¡Desde los gloriosos días del clamor de media noche de 1844, los corazones del pueblo de Dios no habían palpitado con una esperanza escatológica tal!
"Entonces, cuando el mensaje de la justicia de Dios -la justicia de Dios que es por la fe de Jesucristo, la obra justa de Dios-, cuando eso se acepta, cuando accedemos a recibirlo y cuando su pueblo lo mantiene, ¿en qué se traduce eso, en relación con la obra de Dios en la tierra? -No pasará mucho tiempo antes que todo sea hecho...
Es ahora el tiempo en el que la obra será acabada en breve, y estamos en medio de las escenas que van a clausurar la historia de este mundo... pero la lluvia tardía es la doctrina de justicia. ¿Cuándo comenzamos como pueblo con el mensaje de la justicia de Cristo? [Uno o dos en el auditorio: ‘Hace tres o cuatro años’. ¿Cuántos?, ¿tres?, ¿o cuatro? [Congregación: ‘Cuatro’] Si, cuatro. ¿Dónde fue? [Congregación: ‘En Minneapolis’]...
Ahora bien, el mensaje de la justicia de Cristo es el fuerte pregón. Es la lluvia tardía" (Id., p. 243).
¿No se habría quedado estupefacta la congregación en aquella noche, de haber sabido que pasaría al menos un largo siglo antes que fuese oído el llamamiento misericordioso de Dios? En la historia de la Iglesia Adventista se han escrito muchos libros desde entonces. Extrañamente, ninguno ha desvelado el significado real del mensaje de 1888 en la historia, excepción hecha del de L.E. Froom, Movement of Destiny, publicado en 1971. Froom identifica sin vacilación el mensaje de 1888 como el comienzo de la lluvia tardía:
"Hubo, pues, en los años noventa, no ya solamente una exposición, sino una manifestación del poder de la justicia por la fe como anticipo del poder destinado a culminar en el fuerte pregón, del cual se dieron manifestaciones prácticas. La hermana White manifestó expresamente que lo que estaba teniendo lugar era en realidad el principio de la lluvia tardía" (p. 345).
"El mensaje de Minneapolis vino e ser preciosísimo para el corazón de [F.H.] Westphal. Dijo que era ‘dulce melodía para su alma’. Regresó a Plainfield, Wisconsin, e hizo saber a la iglesia que la lluvia tardía había comenzado. Como resultado, un granjero vendió su granja, dedicó gran parte de su dinero a la obra del Señor, comenzó a colportar y fue finalmente ordenado para el ministerio" (p. 262).
"Quien niega que el fuerte pregón comenzó a sonar en 1888, impugna la veracidad del Espíritu de Profecía. Quien asevera que la lluvia tardía no comenzó entonces a caer, desafía la integridad del mensaje que Dios nos entregó" (p. 667).
"Como sabe todo estudioso de este tema, esas verdades de 1888 no han alcanzado todavía su plenitud, tal como se nos dice que deben alcanzar y alcanzarán antes y a medida que entramos en nuestra fase final de testificación al mundo. Vendrán a ser entonces de una forma muy definida el centro álgido de nuestra presentación final al mundo. Los ‘movimientos finales’ serán ‘rápidos’, llenos del Espíritu, centrados en Cristo, llenos de mensaje, movimientos sobreabundantes en la justificación por la fe... Las verdades gloriosas de 1888 triunfarán" (p. 521).
La "bienaventurada esperanza" que sostuvo a los pioneros adventistas fue la de ver a Jesús personalmente en su retorno, y ser trasladados sin conocer la muerte. El mensaje de 1888 reavivó esta esperanza de traslación. A.T. Jones citó la declaración que encontramos en Joyas de los Testimonios, tomo I, p. 187: "Los que resisten en cada punto, que soportan cada prueba y vencen, a cualquier precio que sea, han escuchado el consejo del Testigo fiel y recibirán la lluvia tardía, y estarán preparados para la traslación" Por si no pareciese suficiente:
"Hermanos, es aquí donde estamos. Actuemos en consecuencia. Demos gracias al Señor porque se relaciona todavía con nosotros, para salvarnos de nuestros errores y peligros, para guardarnos de los caminos equivocados y para derramar sobre nosotros la lluvia tardía, a fin de que podamos ser trasladados. Eso es lo que el mensaje significa para mí y para vosotros: traslación" (General Conference Bulletin, 1893, p. 185).
Pocos días después volvió al mismo tema:
"Hermanos, ¿no es de gran ánimo el pensamiento de que... la lluvia tardía va a preparar para la traslación? Ahora, ¿dónde debe ser derramada la lluvia tardía, y cuándo? Ahora es el tiempo para la lluvia tardía, ¿y cuándo es el tiempo para el fuerte pregón? [Voz: ‘Ahora’] ¿Para qué va a prepararnos? [Voz: ‘Para la traslación’]. Me anima mucho considerar que las pruebas que el Señor nos está dando ahora son para prepararnos para la traslación. Y cuando viene y nos habla a ti y a mí, es porque quiere trasladarnos, pero no puede trasladar el pecado, ¿no os parece? Por lo tanto, su único propósito al mostrarnos las dimensiones del pecado es poder salvarnos de él y trasladarnos. ¿Nos desanimaremos, pues, cuando él nos manifiesta nuestros pecados? No; agradezcámosle que él nos quiera trasladar, y él quiere hacerlo hasta el punto que quiere alejar nuestros pecados del camino lo antes posible" (Id., p. 205).
La clara apreciación del mensaje de la reforma pro-salud guardó estrecha relación con la noción de preparación para la traslación:
"Ahora, allí mismo hay otra cosa. Estamos viviendo en vista de otra circunstancia terrible, es decir, si ese mensaje que debemos ahora dar no es recibido, lleva aparejada la funesta consecuencia de que se recibirá en su lugar el vino de la ira de Dios... Y la obra que va a enfrentarnos con el hecho aquí referido ya ha empezado. Por lo tanto, ¿no va a dar eso al mensaje de la reforma pro-salud una fuerza de la que no ha gozado hasta ahora? Cuando la reforma pro-salud fue dada al pueblo de Dios fue definida como aquello que prepararía al pueblo para la traslación... Pero debemos pasar por las siete últimas plagas antes de ser trasladados; y si la sangre de un hombre es impura y llena de elementos inapropiados, ¿será capaz de superar ese tiempo, en que el aire estará envenenado de pestilencia? Ciertamente no podrá" (A.T. Jones, Id., p. 8 y 89).
Ocurrió un acontecimiento nacional relevante que llenó la era de 1888 de sorprendente significado. Los adventistas siempre habían creído que de una forma virtualmente simultánea con el derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía, vendría la ley dominical nacional prefigurada en la profecía de la marca de la bestia. En dos siglos de historia nacional, el Congreso americano no había estado jamás tan cerca de aprobar una ley dominical nacional como lo estuvo durante el auge de la justificación por la fe en 1888. "En 1888, el senador H.W. Blair de New Hampshire introdujo un documento dominical en el Congreso de Estados Unidos, urgiendo la observancia del domingo en todos los territorios federales como ‘día de adoración’, y también una enmienda educacional-religiosa a la Constitución" (Seventh-Day Adventist Encyclopedia, edición revisada, p. 1437). Justamente después de la sesión de la Asamblea General de 1888 en Minneapolis, E. White escribió:
"Vemos que se están haciendo esfuerzos para restringir nuestras libertades religiosas. La cuestión del domingo está asumiendo grandes proporciones. Se está urgiendo en el Congreso una enmienda a la Constitución, y si prospera, la opresión no tardará" (Review and Herald, 8 de diciembre de 1888).
Apenas había terminado A.T. Jones sus obligaciones en la sesión de la Conferencia General de 1888, cuando fue llamado a Washington, D.C. para hacer una presentación ante el Comité de la Educación y Trabajo del Senado de Estados Unidos, el 13 de diciembre de 1888 ("La Ley Nacional Dominical, Discusión de A.T. Jones," Oakland, California, American Sentinel, 1890). El éxito de Jones al oponerse al documento de Blair hizo, naturalmente, más prominentes las presentaciones sobre la justificación por la fe. La agitación posterior en relación con el domingo, hacia finales de 1893, en la Feria Mundial de Chicago, produjo un clima tenso para los delegados, en la sesión de la Asamblea General de ese año:
"A título de comienzo, y para sentar las bases de lo por venir, echaremos una ojeada a la situación ante nosotros tal cual es esta noche, en el gobierno de Estados Unidos. Y por esta razón, voy a relatar las experiencias de lo escuchado recientemente en Washington" (Bulletin, p. 399).
"Cuando [el Congreso] puso allí esa restricción, y manifestó que los responsables debían firmar un acuerdo para cerrar la Feria Mundial en domingo, -‘el Sabbath cristiano’, como calificó el Congreso al domingo- antes de recibir ninguna remuneración, hubiese podido exigir con el mismo derecho que el director de la Feria Mundial se sometiese al bautismo cristiano antes de poder recibir ningún pago...
Si el Congreso puede definir lo que es el Sabbath cristiano, entonces puede requerir cualquier otra cosa en la religión cristiana" (Id, p. 50).
"Estas son algunas de las cosas que están ocurriendo ante nosotros. Ahora el estudio será sobre lo que pronto va a venir sobre nosotros, en vista de lo que ahora está pasando. Cuando veamos eso, como el Testimonio ha dicho, veremos la necesidad, reconoceremos la necesidad de que el Espíritu Santo sea reconocido, recibido y presentado a la gente. Y aquí es donde estamos, hermanos, como ha dicho el hermano Prescott. La única pregunta es ¿buscaremos a Dios para el poder de su Espíritu Santo?" (Id., p. 52).
Aquellos de entre nuestro pueblo que estaban alerta, resultaron conmovidos, como no podía ser menos. El Congreso había declarado que el "Sabbath cristiano" era el domingo. El clero se manifestaba a punto de pisotear las convicciones de los guardadores del sábado. Nuestro pueblo se mantuvo meditando en ese familiar texto: "Tiempo es de hacer, oh Jehová. Disipado han tu ley" (Sal. 119:126). El pastor Jones hizo un poderoso llamado:
"¿No es esa palabra la oración que Dios ha puesto en nuestros labios en este tiempo?... ¿estáis viviendo día tras día... ante ese terrible hecho, que es tiempo para Dios de actuar, si es que su integridad debe ser mantenida en todo el mundo?... Nos lleva al punto de una consagración tal como la que ninguna de nuestras almas había soñado antes; una tal consagración, una tal devoción, que nos mantenga en la presencia de Dios, con ese grandioso pensamiento de que ‘Tiempo es de hacer, oh Jehová. Disipado han tu ley’ " (Id., p. 73).
La justicia por la fe carece de sentido a menos que motive a la consagración sacrificial y al servicio. El mensaje de Jones y Waggoner era eficaz y práctico por cuanto demandaba y motivaba a una devoción cabal:
"Debemos advertir a la gente del mundo contra este poder [la bestia y su imagen]... y atraerlos fuera de él, hacia Dios. Ahora bien, ¿puedo realizar eso con alguna fuerza, si guardo alguna conexión con el mundo o la mundanalidad? [Congregación: No] Si comparto un espíritu mundano, y una disposición e inclinación mundanas, quiero saber cómo voy a advertir a la gente a separarse enteramente del mundo. ¿Cómo va a haber alguna fuerza en mis palabras para que alguien lo haga?... No importa si usted es un pastor o no, si es un adventista del séptimo día o sólo un profeso adventista... Quiero saber: ¿cómo va a hacer válida esa profesión, si está de alguna manera conectado con este mundo en espíritu, mente, pensamiento, deseos o inclinaciones? No amigo; una conexión con el mundo no mayor que el espesor de un cabello le quitará el poder que debe haber en el llamado para advertir a todos contra ese poder malvado mundanal, al efecto de que puedan separarse completamente de él" (Id., p. 123).
El mensaje era el adecuado a la crisis. Los mensajeros estaban haciendo un llamamiento a la plena consagración al Señor, en lenguaje claro y sencillo:
"Es un espléndido cuadro el que describió el hermano Porter hace poco tiempo; que el profeta buscó a los que daban ese mensaje, pero buscó demasiado bajo. El ángel dijo: ‘Mira más arriba’. Gracias a Dios, están por encima del mundo. Es allí a donde pertenecen. Más arriba del mundo, en un fundamento que Dios ha establecido para que caminen por ella. Y todos aquellos que estén tan abajo que uno tenga que mirar al mundo para verlos, están descalificados para dar el mensaje del tercer ángel. Debemos estar por encima del mundo. Por lo tanto, librémonos de él, hermanos" (Id.).
Llamados como el siguiente son los que indujeron a un granjero de Plainfield, Wisconsin, a vender su granja e implicarse en el trabajo del Señor:
"Hermanos, lo peor que puede pasarle a un adventista con medios es que Dios tenga que pasarlo por alto y buscar a algún otro que esté dispuesto a dar lo que se necesite. Un adventista que vive para sí es el peor hombre en este mundo. Hemos llegado a un punto en el que Dios quiere que empleemos todo cuanto tenemos. Y cuando creemos eso, nuestros medios y nosotros mismos serviremos para su uso. Y su obra pronto será concluida, y entonces no necesitaremos más medios. Esa es la situación actual" (Id., p. 111: Froom, Movement of Destiny, p. 262).
Nunca, desde el clamor de media noche de 1844, se habían conmovido tan profundamente los corazones. ¡Habían comenzado la lluvia tardía y el fuerte pregón! No es extraño que el presidente de la Asociación General dijese: "La presencia de Dios está convirtiendo este lugar en más y más solemne cada vez. Presumo que nadie entre nosotros ha estado jamás en una reunión como ésta". ¿Cómo se habría sentido el lector, de haberse encontrado escuchando estas palabras?:
"Es tiempo de que el mensaje del tercer ángel alcance a toda nación del mundo...
Bien, ¿estamos preparados para ir? Siendo ese el mensaje, ¿no corresponde a cada uno de quienes lo profesan el estar dispuesto a ir hasta lo último de la tierra, cuando Dios lo llame a ir?... Son indignos de la confianza que Dios ha puesto en nosotros en el mensaje del tercer ángel, los que rechazan el llamado de Dios, de ir a la parte que sea del mundo, ¿no es así? Eso nos enfrenta una vez más a una consagración tal como no se haya visto jamás entre los adventistas. Nos emplaza ante una consagración en la que todo, el hogar, la familia, las propiedades, son entregados en las manos de Dios a fin de permitirle llamarnos y enviarnos o enviar nuestros medios donde él determine, y hacer lo que él juzgue oportuno con nosotros...
Estas cosas tal como ahora están, ejercen un impulso sobre la fe sincera mayor del que jamás hayan ejercido anteriormente... Os digo que atraen al hombre. Siento su atracción en mí. Bien, todo cuanto puedo decir, hermanos, es: permitamos que ejerzan su atracción" (Id. p. 110 y 111)
En la misma sesión, el pastor S.N. Haskell tenía similar convicción. Y más tarde fue hasta los lugares remotos de la tierra:
"Entonces, ¿qué haremos si somos poseedores de la gracia? Espero que dejaremos nuestras casas. Espero que estaremos felices de dejar nuestras casas y dedicarlas a la causa de nuestro Señor Jesucristo, y ser los medios para llevar la verdad hasta lo último de la tierra... Si nuestro interés es limitado, haremos unas pocas oraciones -y eso está bien; podemos también enviar algunos periódicos-. No está mal, pero ¿cuántos de nosotros nos daremos a nosotros mismos, rendiremos nuestros intereses y nuestras vidas para estar implicados de tal manera en la obra de Dios que nuestra práctica esté en total armonía con la obra del Señor y Salvador Jesucristo?" (Id., p. 131).
Algunos consagraron de esa manera su todo a Jesús. El mensaje tenía poder. Hasta fueron re-bautizados pastores ordenados [1]. Ese tipo de consagración hablará a los corazones de los pastores:
"Esa es la cuestión, no quién será el más grande en la Asociación, o quién será el mayor en la iglesia, o quién tendrá ésta o aquella posición en la Iglesia o el Consejo. No ciertamente, sino ¿quién se aproximará más a la semejanza con Cristo?" (Id., p. 169).
¿Es ahí donde estamos nosotros hoy? ¿Veremos en nuestra generación la gloria de Dios desplegada en la consumación de su obra?
¿Cuál era el contenido del mensaje de 1888, para tener tal gran poder de conmover los corazones?
Se puede resumir en una palabra: Cristo.
Finalmente, dos pastores adventistas habían vislumbrado el que debe ser nuestro gran tema para el mundo:
"Los adventistas del séptimo día debieran destacarse entre todos los que profesan ser cristianos, en cuanto a levantar a Cristo ante el mundo. La proclamación del mensaje del tercer ángel exige la presentación de la verdad del sábado. Esta verdad, junto con las otras incluidas en el mensaje, ha de ser proclamada; pero el gran centro de atracción, Cristo Jesús, no debe ser dejado a un lado. Es en la cruz de Cristo donde la misericordia y la verdad se encuentran, y donde la justicia y la paz se besan.
El pecador debe ser inducido a mirar al Calvario; con la sencilla fe de un niñito, debe confiar en los méritos del Salvador, aceptar su justicia, creer en su misericordia" (E.G. White, Obreros evangélicos, p. 164 y 165).
Nota:
1. W.S. Hayatt fue uno de ellos (Froom, Movement of Destiny, p. 257); También lo fueron el Dr. Daniel H. Kress y su esposa (ver Under the Guiding Hand, p. 112 y 113). [volver al texto]
Cristo, el centro del mensaje de 1888.
Jones y Waggoner fueron unánimes al exaltar a Cristo enfáticamente como al Ser divino. Sus presentaciones maduras no estuvieron manchadas por ninguna concepción de Cristo como siendo menos que eternamente preexistente, e igual al Padre. Véase la manera en la que Waggoner exalta a Cristo en The Glad Tidings, p. 141:
"Cristo fue mediador desde antes que el pecado entrase en el mundo, y lo seguirá siendo cuando no exista ya pecado en el universo, ni necesidad de expiación... Es la imagen misma de la sustancia del Padre... No se hizo mediador por primera vez en ocasión de la caída del hombre, sino que lo fue desde la eternidad. Nadie -no solamente ningún hombre, sino ningún ser creado, viene al Padre sino por Cristo".
Jones coincidió con Waggoner en igual proclamación de la plena deidad de nuestro Salvador:
"En el primer capítulo de Hebreos se revela a Cristo como Dios, del nombre de Dios, porque posee la naturaleza de Dios. Y hasta tal punto, que es la misma imagen de su sustancia. Tal es Cristo el Salvador, Espíritu del Espíritu, sustancia de la sustancia de Dios. Y es esencial reconocer eso en el primer capítulo de Hebreos, al efecto de comprender lo que implica su naturaleza como hombre, en el segundo capítulo del libro" (The Consecrated Way, p. 16).
El núcleo del mensaje de 1888 era un redescubrimiento de la justificación por la fe del Nuevo Testamento. Pero los mensajeros lograron eliminar la escoria de muchos siglos de árido debate. Su comprensión del mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14 a la luz de la purificación del santuario, restauró su visión al nivel de la primitiva pureza apostólica, e iba a preparar un pueblo para la venida de Cristo. Veamos un ejemplo:
"El justo vivirá por la fe. ¿Cuánto de la vida de un hombre debe ser justo? Todo, en todo momento, ya que el justo vivirá por la fe...
Ninguno de nuestros actos puede ser justo simplemente por la ley. Solamente por la fe puede un hombre, o cualquiera de sus acciones, ser justo. La ley juzga al hombre por sus obras, y ésta es tan inconmensurablemente elevada que ninguna obra humana puede alcanzar su altura. Debe haber, por lo tanto, un Mediador a través del cual se pueda obtener la justificación...
Todos los actos de la humanidad están viciados...
En Cristo se encuentra la perfecta justicia de la ley, y la gracia de otorgar el don de su justicia mediante la fe. Los mismos profetas dan testimonio de ello, dado que predicaron la justificación en Cristo por la fe...
Una sola cosa es lo que un hombre necesita en este mundo, que es justificación. Y la justificación es un hecho, no una teoría. Es el evangelio... La justicia puede alcanzarse únicamente por la fe; en consecuencia todo cuanto sea digno de predicarse debe llevar a la justificación por la fe...
Necesitamos la justicia de Cristo tanto para justificar el presente como para hacer perfectos los imperfectos actos del pasado" (Waggoner, General Conference Bulletin, 1891, p. 75).
"Nos sorprende que alguien haya podido suponer que la doctrina de la justificación por la fe lleve a un menosprecio de la ley de Dios. La justificación lleva la ley ante sí... Establece la ley en el corazón. La justificación es la ley encarnada en Cristo, puesta en el hombre, de manera que es encarnada en el hombre...
Cristo da su justicia, quita el pecado, y deja allí su justicia, y eso efectúa un cambio radical en el hombre" (Id., p. 85).
Como veremos en un capítulo posterior, la relación explicada por Waggoner entre la justificación por la fe y la ley, de ninguna forma se hacía eco del error del Concilio Católico de Trento en su falsificación de la justificación por la fe. El enfoque de la justificación por la fe de 1888 iba a preparar un pueblo del que pudiese decir el Señor, "Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14:12).
Ambos mensajeros estaban cautivados con la gloria de Cristo. Waggoner urgió a "considerar a Cristo continua e inteligentemente, tal como él es" (Cristo y su justicia, p. 5). Considerarle "tal como él es", requiere una visión equilibrada de Cristo como nuestro sustituto y garante, y también como nuestro modelo y ejemplo. No es posible apreciarlo como nuestro sustituto divino a menos que lo veamos también como nuestro ejemplo; lo último hace glorioso a lo primero, y lo primero hace eficaz a lo segundo:
"Él debe ser exaltado en toda su extraordinaria bondad y poder como ‘Dios con nosotros’, a fin de que su atractivo divino pueda atraer a todos hacia él" (Id., p. 6).
"El hecho de que Cristo es una parte de la divinidad, poseyendo todos sus atributos, siendo igual al Padre en todos los respectos, como creador y dador de la ley, es la fuerza de la expiación... Si Cristo no fuera divino, entonces tendríamos meramente un sacrificio humano... No tendría justicia que impartir a otros" (Id., p. 43 y 44).
"La seguridad del pecador en un perdón pleno y gratuito descansa en el hecho de que el mismo dador de la ley, el mismo contra quien se ha rebelado y desafiado, es Aquel que se dio a sí mismo por nosotros" (Id., p. 45).
Jones y Waggoner fundaron su mensaje de una forma definida y fiel en la idea de que Cristo es nuestro sustituto y que él imputa su justicia al pecador que cree. Ese era el fundamento que habían establecido los reformadores del siglo XVI, que nuestra aceptación por parte de Dios se basa enteramente en la obra sustitutoria de Cristo; ni por un asomo en nuestra propia obra:
"Puesto que los mejores esfuerzos del hombre pecador no tienen la menor eficacia en producir justicia, es evidente que la misma puede llegarle únicamente como un don... Es por eso que la vida eterna -que es la recompensa de la justicia- es el don de Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Dios ha hecho que Cristo sea el Único a través de quien pueda obtenerse el perdón de los pecados; y ese perdón consiste llanamente en la declaración de su justicia (que es la justicia de Dios), para remisión. ‘Dios, que es rico en misericordia’ (Efe. 2:4) y que se deleita en ella, pone su propia justicia sobre el pecador que cree en Jesús, como sustituto por sus pecados. Con toda certeza es un intercambio beneficioso para el pecador, y no es una pérdida para Dios, ya que es infinito en santidad y la fuente nunca puede sufrir mengua... Dios coloca su justicia sobre el creyente. Lo cubre con ella, de manera que el pecado no aparece más...
Finalmente el pecador, harto de luchar en vano por obtener la justicia de la ley, oye la voz de Cristo, y corre a sus brazos abiertos. Oculto en Cristo, es cubierto con su justicia; y ahora, ¡he aquí!, ha obtenido, por la fe en Cristo, aquello por lo que tan vanamente se había esforzado... El artículo que posee es genuino, ya que lo ha obtenido de la verdadera fuente de justicia...
No hay nada de fraudulento en la transacción. Dios es justo, y al mismo tiempo quien justifica al que cree en Jesús. En Jesús habita la plenitud de la divinidad; es igual al Padre en todo atributo. En consecuencia, la redención que en él se halla -la capacidad de redimir al hombre perdido- es infinita. La rebelión del hombre lo es contra el Hijo tanto como contra el Padre, ya que ambos son Uno" (Id., p. 60-63).
Pero Jones y Waggoner hicieron lo que los reformadores del siglo XVI no llegaron jamás a hacer. Construyeron sobre ese fundamento un gran edificio de verdad que es única y distintamente adventista del séptimo día, tendente a concluir la Reforma iniciada siglos antes. Avanzaron en la presentación de un mensaje de justicia por la fe paralelo y consistente con la verdad única adventista de la purificación del santuario. ‘El mensaje de la justicia de Cristo’ que debe alumbrar la tierra con su gloria se ministra desde el lugar santísimo del santuario celestial, donde Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, está llevando a cabo la culminación de su obra de expiación.
Lo anterior requería una comprensión de la justicia de Cristo manifestada en carne humana, más profunda de la que nunca antes se hubiera dado.
La pluma inspirada nos dice que el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel consistiría en luz más bien que en ruido:
"El mundo está envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios. Los hombres están perdiendo el conocimiento de su carácter... Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: ‘¡He aquí vuestro Dios! Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).
Veremos cómo el mensaje de 1888 en sí mismo cumplía esta especificación que requiere el genuino derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Pero antes de continuar debemos detenernos brevemente en qué relación guardó E. White con el mensaje de Jones y Waggoner. Se han hecho esfuerzos por desacreditar el mensaje, atribuyendo -particularmente a Waggoner- una supuesta apostasía, pocas semanas o meses tras la Asamblea de 1888.
Se deben considerar dos importantes factores:
Si bien es peligroso validar un mensaje simplemente
evocando su apoyo por parte de teólogos prominentes, aunque carentes de
inspiración, no obstante, es significativo que teólogos competentes den
soporte a la posición que Waggoner tomó tras la Asamblea de 1888. Más adelante
en nuestro estudio citaremos a algunos de ellos, favoreciendo similar enfoque
de la justificación por la fe. Cuando Waggoner dijo que la justificación por
la fe "obra un cambio radical en el hombre", se refería a que el pecador
creyente "es hecho obediente a la ley". ¡Esa no es de ninguna forma la
posición católica!
Las manifestaciones de apoyo entusiasta por parte de E.
White al mensaje de Jones y Waggoner persistieron durante años después
de la Asamblea de 1888. En 1889, declaró: "esa luz que estos hombres están
presentando" (Manuscrito 5, 1889) y afirmó que "el mismo mensaje que el
Señor envió a su pueblo en este tiempo, fue el que se presentó en los
discursos" (Review and Herald, 5 de marzo de 1889). "El mensaje actual
-justificación por la fe- es un mensaje de Dios; lleva las credenciales
divinas, ya que su fruto es para santidad" (Id., 3 de septiembre de
1889). En 1890 habló de "las evidencias dadas en los dos años anteriores de la
forma en que Dios ha obrado por medio de sus siervos escogidos" (Testimonios
para los ministros, p. 466). En 1892 continuó: "Dios está obrando por
medio de estos instrumentos... el mensaje que A.T. Jones y E. J. Waggoner nos
están dando es un mensaje de Dios a la iglesia Laodicense" (Carta 0-19,
1892). En 1893 declaró que "la obra [de Jones] ha ido asistida por luz,
libertad y el derramamiento del Espíritu de Dios" (Carta, 9 de enero de
1893). En 1895 habló frecuentemente de cómo "Dios les ha dado su mensaje.
Llevan la palabra del Señor... Estos hombres... han sido como señales en el
mundo, como testigos de Dios... movidos por el Espíritu de Dios... mensajeros
designados por Cristo" (Testimonios para los ministros, p. 96 y 97).
"Dios los ha elevado... y les ha dado luz preciosa, y su mensaje ha alimentado
al pueblo de Dios" (Carta 51a, 1895). En fecha tan avanzada como 1896,
dijo que "quien rechaza la luz y evidencia que Dios nos ha estado otorgando
tan liberalmente, rechaza a Cristo" (Carta del 31 de mayo de 1896).
Repartidas a lo largo de los años, las declaraciones de apoyo como las
citadas, superan en número las doscientas [tras la reciente
publicación de The EGW 1888 Materials (E. White), es fácil ver
duplicada la cifra expresada].
La única forma de atribuir apostasía a Waggoner en ese período, es desacreditando a E. White en la pretensión de que fuese ingenua y estuviese mal informada, o bien negligente en su deber.
El capítulo próximo examina uno de los conceptos más esenciales de la enseñanza de Jones y Waggoner. Hay evidencia documental inequívoca de que Waggoner sostuvo esa postura antes y después del Congreso de Minneapolis, incluso afrontando fuerte oposición. Fue una comprensión única de la "justicia de Cristo" que es imposible que no formase parte de cuanto enunció Waggoner en la Asamblea de 1888, por cuanto está integrado en el mensaje que éste presentó junto a Jones, con el apoyo de E. White.
Cristo, tentado como nosotros
Al considerar las ideas básicas que hicieron del mensaje de 1888 de la justicia de Cristo algo único y eficaz, permaneceremos muy próximos a los comentarios paralelos de E. White sobre el mensaje e historia de la época. Su descripción de las reuniones de reavivamiento en South Lancaster, a principios de 1889, nos dirige al núcleo vital del mensaje de Jones y Waggoner:
"Tanto los alumnos como los maestros han participado grandemente de las bendiciones de Dios. La obra profunda del Espíritu de Dios fue sentida en casi todos los corazones. Los que asistieron a la reunión dieron un testimonio unánime de que habían obtenido una experiencia que sobrepasaba todo cuanto hubiesen conocido antes...
Nunca he visto un reavivamiento avanzar en forma tan completa, y sin embargo estar libre de toda excitación indebida. No hubo llamados apresurados o invitaciones. No se pidió a los miembros que pasaran adelante, pero hubo la solemne constatación de que Cristo vino a llamar, no a justos, sino a pecadores al arrepentimiento... Parecíamos respirar la atmósfera misma del cielo... Qué bella representación fue para el universo el ver cómo hombres y mujeres caídos contemplaron a Cristo. Fueron cambiados, tomando la impronta de su imagen en sus almas... Se vieron a sí mismos depravados y degradados de corazón... Eso subyuga el orgullo del corazón, y significa una crucifixión del yo" (Review and Herald, 5 de marzo de 1889).
El núcleo central del mensaje de Jones y Waggoner era la noción de un Cristo divino, eternamente preexistente, viniendo a rescatar al hombre donde éste se encuentra, tomando sobre su naturaleza impecable nuestra naturaleza pecaminosa, y experimentando todas nuestras tentaciones en su alma, pero triunfando completamente de ellas. Esa era la justicia de Cristo, dinámica y gloriosa, el fruto del conflicto de toda una vida hasta la misma "muerte de cruz" (Fil. 2:8). Refiriéndose a la misma reunión, E. White expresó su gozo en los siguientes términos:
"El sábado por la tarde fueron tocados muchos corazones, y muchas almas se alimentaron del pan que descendió del cielo... El Señor vino muy cerca y convenció las almas de la gran necesidad de su gracia y amor. Sentimos la necesidad de presentar a Cristo, no como el Salvador que estaba alejado, sino cercano, a la mano" (Id.)
La clave para comprender el centro del mensaje de 1888 radica en la frase: "el Salvador que no estaba alejado, sino cercano, a la mano". Aquel que es "el camino, la verdad y la vida" se manifestó a la juventud del Colegio como Uno "cercano, a la mano", "Emmanuel... Dios con nosotros"; no con Él solamente, sino "con nosotros" (Mat. 1:23).
¿Quién es Jesucristo?
En el mensaje de 1888 se nos presenta de una forma singular. Y la desconcertante historia del mensaje demuestra la gran controversia entre Cristo y Satanás. Revélese a Cristo en su plenitud, y se levantará la oposición de Satanás. ¿Fue Cristo realmente "tentado en todo según nuestra semejanza", tanto desde su interior como desde el exterior? ¿O bien fue tan diferente de nosotros que no pudo sentir nuestras tentaciones internas? ¿Podía sentir como nosotros sentimos? ¿Era verdadera y realmente humano? ¿Fue tentado solamente como lo fue Adán en su pureza, o bien fue tentado como lo somos nosotros?
Lo dicho por E. White en esa reunión temprana, en cuanto a que Cristo se reveló en el mensaje como Alguien cercano, a la mano, nos proporciona la clave inicial. Ella especificó "sentimos la necesidad" de presentarlo en ese modo. E. White se alistó sinceramente con Jones y Waggoner en sus presentaciones.
Eso fue lo que tanto impresionó su alma en ese "reavivamiento". "Tanto los alumnos como los maestros" "contemplaron a Cristo". Eso era genuina justificación por la fe, ya que subyugó "el orgullo del corazón, y [significó] crucifixión del yo". "¿Qué es justificación por la fe? Es la obra de Dios abatiendo la gloria del hombre en el polvo, y haciendo por el hombre lo que no está a su alcance hacer por él mismo" (The Faith I Live By, p. 111, de Special Testimonies, Serie A, nº 9, p. 62).
Echemos una ojeada a una muestra simple y clara del mensaje de Jones-Waggoner de la justicia de Cristo "en semejanza de carne de pecado". Waggoner explica lo que siempre enseñó, desde y antes de la Asamblea de 1888:
"Se me han hecho dos preguntas, que voy a leer ahora. Una de ellas dice: ‘Lo santo que nació de la virgen María, ¿nació en carne pecaminosa?, y ¿tenía esa carne que contender con las mismas tendencias al mal que nosotros?’...
Nada sé sobre la cuestión, excepto lo que leo en la Biblia; pero ello es tan claro y categórico que me da esperanza inquebrantable [Voces: ¡Amén!] Tuve mi época de desánimo, desaliento e incredulidad, pero doy gracias a Dios que eso pasó ya. Lo que me producía desánimo durante años, a lo largo de mi vida, tras intentar servir al Señor tan ferviente y sinceramente como uno puede hacerlo, lo que hacía desistir a mi alma y decir -’es inútil, no puedo’, era el conocimiento, en cierta medida, de la debilidad de mi propio yo, y el pensamiento de que aquellos que en mi opinión estaban obrando lo recto, y los santos hombres del pasado de los que leemos en la Biblia, debían tener una constitución diferente a la mía, de modo que para ellos era posible obrar lo recto. Numerosas experiencias tristes me demostraron que todo cuanto yo podía hacer era el mal...
Os pregunto: Si Jesucristo, establecido por el Padre como Salvador, quien vino aquí a mostrarme el camino de la salvación, en quien sólo hay esperanza; si su vida aquí en la tierra fue una farsa, entonces ¿dónde está la esperanza? [Voz: desaparece]. Pero decís, ‘la pregunta presupone precisamente lo contrario a asumir que su vida fuese una farsa, ya que supone que fue perfectamente santo, tan santo que ni siquiera tuvo jamás un solo mal contra el que luchar’.
A eso es justamente a lo que me refiero. Leo que él ‘fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’. Leo cómo oró toda la noche. Leo de su oración en una agonía tal, que manaban de su rostro gotas de sudor como sangre; pero si todo ello fue simplemente fingido, no más que una exhibición, si pasó por todo ello sin haber nada, en realidad, si no fue realmente tentado, sino que quería ilustrar la conveniencia de orar, ¿de qué me sirve a mí? Me quedo peor que estaba.
Pero ¡Ah!, si hay Uno -y en el si no se debe ver ninguna implicación de duda. Más bien diré: Puesto que hay Uno que pasó por todo aquello a lo que yo pueda ser llamado alguna vez a pasar, que resistió más que cuanto pueda ser llamado personalmente a resistir, [Voces: ¡Amén!], quién sufrió tentaciones más poderosas que las que jamás me hayan asaltado a mí personalmente, que estaba constituido en todo respecto como yo, sólo que en circunstancias aún peores que las mías, que afrontó todo el poder que el diablo puede ejercer a través de la carne humana, y sin embargo no conoció pecado, entonces puedo alegrarme con gozo indescriptible. [Voces: ¡Amén!]... Y todo cuanto hizo hace unos mil novecientos años, es lo que sigue siendo poderoso para hacer, lo que hace en todos cuantos creen en él" (General Conference Bulletin, 1901, p. 403 y 404).
Antes de seguir, observemos lo que quiso expresar Waggoner:
Cristo fue tentado realmente como lo somos nosotros; oró porque necesitaba hacerlo; estaba "constituido en todo respecto como yo", con la excepción de que no cometió pecado; enfrentó "todo el poder que el diablo puede ejercer a través de la carne humana" (mediante tentaciones internas y externas).
Sin embargo, Cristo "no conoció pecado", y demostró en su carne y vida una justicia perfecta.
Todos cuantos creen en él verdaderamente, conocerán su poder para salvarlos de pecar.
Pero para ser justos, debemos oír la continuación de Waggoner, donde considera la posición católica romana sobre la naturaleza de Cristo en la carne:
"¿Fue Cristo, lo santo que nació de la virgen María, nacido en carne pecaminosa? ¿Habéis oído alguna vez sobre la doctrina católica romana de la inmaculada concepción? ¿La conocéis? Algunos habréis probablemente supuesto que consiste en que Cristo nació sin pecado. Eso no es de ninguna manera el dogma católico. La doctrina de la inmaculada concepción dice que María, la madre de Jesús, nació sin pecado. ¿Por qué? Aparentemente para magnificar a Cristo. En realidad es la obra del diablo en establecer una amplia sima entre Jesús, el salvador de los hombres, y los hombres a quienes vino a salvar, de manera que uno no pueda pasar hacia el otro" (Id., p. 404).
Esa amplia sima es la misma que sintió la necesidad de evitar E. White en la declaración del 5 de marzo de 1889, cuando dijo que "sentimos la necesidad de presentar a Cristo, no como el Salvador que estaba alejado, sino cercano, a la mano". En 1901, Waggoner estaba al corriente de la oposición al mensaje de 1888. Continuó en estos términos:
"Cada uno de nosotros necesita saber si está apartado o no de la iglesia de Roma. Una gran proporción de gente ha recibido ya la marca, pero de una cosa estoy seguro: todas las almas congregadas aquí esta noche están deseosas de conocer el camino de verdad y justicia [Congregación: ¡Amén!], y no hay nadie aquí que esté inconscientemente adherido a los dogmas del papado, que no desee liberarse de ellos.
¿No veis que la idea de que la carne de Jesús no fuese como la nuestra (porque sabemos que la nuestra es pecaminosa) implica necesariamente la noción de la inmaculada concepción de María? Considerad, por el contrario: en él no hubo pecado, sino el misterio de Dios manifestado en la carne... la perfecta manifestación de la vida de Dios en su impecable pureza, en medio de carne pecaminosa. [Congregación: ¡Amén!] ¿No es eso una maravilla?
Supongamos por un momento que aceptamos la idea de que Jesús estuvo tan separado de nosotros, es decir, fue tan diferente de nosotros, que no tenía en su carne nada contra lo que contender. Que era carne no pecaminosa. Entonces, por necesidad, el dogma de la inmaculada concepción de María se convierte en un corolario natural. Pero ¿por qué pararse ahí? Si María nació en carne no pecaminosa, entonces la madre de ésta también debió nacer en carne similar. Pero no podemos pararnos tampoco ahí. Hemos de ir a la madre de ésta última,... y así hasta llegar a Adán; ¿Resultado?: nunca existió la caída; Adán no pecó nunca; y rastreando así las huellas, encontramos la identidad esencial del catolicismo romano y del espiritismo...
[Cristo] fue tentado en la carne, sufrió en la carne, pero tenía una mente que jamás consintió al pecado...
Estableció la voluntad de Dios en la carne, y estableció el hecho de que la voluntad de Dios puede ser cumplida en toda carne humana, pecaminosa...
Todo cuerpo, vuestro cuerpo y el mío, están, por designio de Dios, en disposición de que en ellos sea hecha Su voluntad" (Id., p. 404 y 405)
La idea que Waggoner presenta aquí llanamente es que cuanto Cristo cumplió venciendo en su carne, lo puede cumplir también en la carne de todo quien cree verdaderamente en él. Véase su conclusión:
"Cuando Dios da al mundo ese testimonio de su poder para salvar hasta lo sumo, para salvar seres pecaminosos, y para vivir una vida perfecta en carne pecaminosa, remediará la impotencia, proporcionando mejores circunstancias en las que vivir. Pero primeramente esa maravilla debe ser obrada en el hombre pecaminoso, no simplemente en la persona [carne] de Jesucristo, sino en éste reproducido y multiplicado en los miles de seguidores suyos. No sólo en unos pocos casos esporádicos, sino en todo el cuerpo de la iglesia será manifestada al mundo la perfecta vida de Cristo, y esa será la obra cumbre final que, o bien salvará, o bien condenará a los hombres...
Cuando nos aferramos a eso, tenemos vida sana en carne mortal, y nos gloriaremos en las enfermedades... Me puedo sentir perfectamente satisfecho sin conocer mayor gozo que ese, que Jesús nos da la experiencia del poder de Cristo en carne pecaminosa; someter y subyugar a su voluntad esta carne pecaminosa. Es el gozo de la victoria; y cuando eso ocurre, está más que justificada una exclamación de triunfo...
Nos da la victoria partiendo de la derrota; nos eleva desde el fondo del pozo, y nos hace sentar con Cristo en lugares celestiales. Puede tomar la criatura nacida en pecado, quizá incluso el fruto de la concupiscencia, y puede hacerla sentar junto a los príncipes del pueblo de Dios. El Señor nos ha mostrado eso en que no nos negó a su propio Hijo... Nos hemos lamentado por el hecho de heredar tendencias al mal, naturalezas pecaminosas, casi hemos desesperado al no poder superar esos males heredados, ni resistir esas tendencias al pecado... Jesucristo ‘fue hecho de la simiente de David según la carne’ (Rom. 1:3)... no se avergonzó de llamarse hermano de hombres pecaminosos...
Vemos, pues, que al margen de cuál haya podido ser nuestra herencia por naturaleza, el Espíritu de Dios tiene tal poder sobre la carne que puede revertir todo eso hasta lo sumo, y hacernos participantes de la naturaleza divina...
¡Que Dios nos ayude a ver algunas de las posibilidades gloriosas en el evangelio... de forma que podamos decir: ‘El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado, y tu ley está en medio de mis entrañas’ (Sal. 40:8), revelando su poder incluso en mi carne mortal, pecaminosa, para eterna alabanza de la gloria de su gracia" (Id., p. 406-408).
Esas nociones de la justicia de Cristo son idénticas a las que presentó Waggoner antes e inmediatamente después de la Asamblea de 1888. La idea básica permaneció clara y libre de distorsión. Véase lo que escribió a G.I. Butler el 10 de febrero de 1887, publicándolo después en 1888:
"Lea Romanos 8:3 y comprenderá la naturaleza de la carne de la que fue hecho el Verbo...
‘Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne’. Cristo nació en semejanza de carne de pecado [se citan Fil. 2:5-7 y Heb. 2:9]...
Esos textos muestran que Cristo tomó sobre sí la naturaleza del hombre, y como consecuencia, estaba sujeto a la muerte. Vino al mundo con el propósito de morir, de tal manera que desde el principio de su vida en esta tierra se halló en la misma condición de aquellos a quienes vino a salvar con su muerte. Ahora lea Romanos 1:3: ‘Acerca de su Hijo, que fue hecho de la simiente de David según la carne’. ¿Cómo era la naturaleza de David ‘según la carne’? Pecaminosa, ¿no le parece? Dice David: ‘He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre’ (Sal. 51:5). No se horrorice, no estoy implicando que Cristo fuese pecador... [se cita Heb. 2:16 y 17].
El ser semejante en todo a los hermanos [de Heb. 2:17] es lo mismo que ‘en semejanza de carne de pecado’, ‘hecho semejante a los hombres’ [Fil. 2:7]. Una de las cosas más animadoras de la Biblia es el conocimiento de que Cristo tomó sobre sí la naturaleza del hombre, el saber que sus antepasados según la carne eran pecadores. Cuando leemos los registros de las vidas de los antepasados de Cristo, y vemos que tenían todas las debilidades y pasiones que nosotros tenemos, comprendemos que nadie tiene derecho a excusar sus actos pecaminosos evocando el factor hereditario. Si Cristo no hubiese sido hecho en todo semejante a los hermanos, entonces su vida sin pecado no sería motivo de ánimo para nosotros. Podríamos mirarle con admiración, pero sería el tipo de admiración que produce desánimo y desesperanza... [se cita 2 Cor. 5:2].
Ahora, ¿cuándo fue hecho Jesús pecado por nosotros? Tiene que haber sido cuando fue hecho carne y comenzó a sufrir las tentaciones y enfermedades consustanciales a la carne pecaminosa. Pasó por cada fase de la experiencia humana, siendo ‘tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’ [Heb. 4:15]. Fue ‘varón de dolores, experimentado en quebranto’. ‘Llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores’ [Isa. 53:3 y 4]; y según Mateo, esa Escritura se cumplió mucho antes de la crucifixión. De manera que afirmo que su nacer bajo la ley es una consecuencia necesaria de su nacimiento en semejanza de carne de pecado, de haber tomado sobre sí la naturaleza de Abraham. Fue hecho como el hombre, a fin de poder pasar por el sufrimiento de la muerte. La cruz estuvo siempre ante él desde su tierna infancia.
Usted dice: ‘En cuanto a que él tomó voluntariamente sobre sí los pecados del mundo en su gran sacrificio sobre la cruz, lo admitimos [los líderes de la Asociación General y la Review and Herald]; pero él no nació bajo su condenación. De él, que fue puro, que no cometió un solo pecado en toda su vida, el decir que nació bajo la condenación de la ley, sería una manifiesta perversión de la sana teología’ [Butler, The Law in Galatians, p. 58].
Puede que sea una perversión de la teología, pero armoniza exactamente con la Biblia, que es lo importante...
Se muestra sorprendido de la idea de que Jesús fue nacido bajo la condenación de la ley, dado que jamás en su vida cometió pecado. Sin embargo admite que en la cruz estuvo bajo la condenación de la ley. ¡Vaya!, ¿resulta que entonces sí cometió pecado? De ninguna manera. Bien, pues si Jesús pudo estar bajo la condenación de la ley en algún momento en su vida, sin pecar por ello, no veo razón por la cual no lo pudiese estar en otro momento, y seguir sin pecado...
Sencillamente, no puedo entender cómo pudo Dios manifestarse en la carne, y en semejanza de carne de pecado... Simplemente acepto la declaración de las Escrituras de que sólo así pudo venir a ser el Salvador del hombre; y me gozo en saber que así sea, porque es gracias a que él fue hecho pecado, que yo puedo ser hecho justicia de Dios en él" (Waggoner, The Gospel in Galatians, 1888, p. 60-62).
Lo que hace interesante esa cita más bien larga a propósito de la naturaleza de Cristo, es que Waggoner la publicó en 1888, y solamente tras haber madurado el tema en su mente durante un año aproximadamente.
A partir de entrevistas con la viuda de Waggoner, Froom nos informa que ésta tomó a mano las presentaciones de su marido en la asamblea de 1888, transcribiéndolas después. Waggoner las editó posteriormente para artículos en The Signs of the Times, publicándolas después en los libros Christ and His Righteousness (Cristo y su justicia) y otros. (Froom, Movement of Destiny, p. 200 y 201). Waggoner tuvo apenas tiempo para deshacer las maletas, de regreso de la Asamblea de 1888, al escribir lo siguiente en Signs of the Times (el 21 de enero de 1889), probablemente a partir de los apuntes antes referidos -el mismo pasaje se encuentra, con ligeras modificaciones, en Christ and His Righteousness, p. 25-29-:
"Bastará un poco de reflexión para demostrar a cualquiera que si Cristo tomó sobre sí la semejanza de hombre a fin de poder sufrir la muerte, tuvo que haber sido el hombre pecaminoso al que fue hecho semejante, ya que solamente el pecado puede causar la muerte. La muerte... no pudo haber tenido ningún dominio sobre Cristo si el Señor no hubiese puesto sobre él la iniquidad de todos nosotros. Más aún, el hecho de que Cristo tomase sobre sí, no la carne de un ser impecable, sino la carne pecaminosa, es decir, la de un ser que se atenía a todas las debilidades y tendencias pecaminosas a las que la naturaleza humana caída está sujeta, se hace evidente por las palabras en las que se basa este artículo. ‘Fue hecho de la simiente de David según la carne’ [Rom. 1:3]...
Aunque su madre fue una mujer pura y bondadosa, como no cabría esperar menos, nadie dudará que la naturaleza humana de Cristo debe haber sido mucho más sujeta a las enfermedades de la carne que si hubiese nacido antes de que la raza se hubiera deteriorado tan grandemente en lo físico y en lo moral... [cita Heb. 2:16-18 y 2 Cor. 5:21].
Eso va más allá que la declaración de que fue hecho ‘en semejanza de pecado’. Fue hecho pecado... Sin pecado, y sin embargo, no solamente contado como pecador, sino tomando de hecho sobre sí la naturaleza pecaminosa... [cita Gál. 4:4 y 5].
Jesús pasó noches enteras en oración al Padre. ¿Por qué tendría que hacerlo, si no hubiese sido oprimido por el enemigo, mediante las heredadas debilidades de la carne? ‘Por lo que padeció aprendió la obediencia’ [Heb. 5:8]. No que hubiese sido jamás desobediente, ya que ‘no conoció pecado’ [2 Cor. 5:21], pero por las cosas que padeció en la carne, aprendió aquello con lo que tiene que contender el hombre en sus esfuerzos por ser obediente...
Alguien podría pensar, tras la lectura del artículo hasta aquí, que estamos despreciando el carácter de Jesús, haciéndolo bajar hasta el nivel del hombre pecador. Muy al contrario, estamos en realidad exaltando el ‘poder divino’ de nuestro bendito Salvador, quien voluntariamente descendió hasta el nivel del hombre pecador, para poder exaltar al hombre hasta su propia pureza inmaculada, la que él retuvo bajo las más adversas circunstancias... Su humanidad solamente veló su naturaleza divina, que fue más que capaz de resistir exitosamente las pasiones pecaminosas de la carne. Toda su vida fue de lucha. La carne, impulsada por el enemigo de toda justicia, atraería hacia el pecado, sin embargo su naturaleza divina ni por un momento albergó un deseo impío, ni siquiera por un instante vaciló su poder divino. Habiendo sufrido en la carne todo cuanto uno pueda sufrir, volvió al trono del Padre tan inmaculado como al dejar las cortes gloriosas... Por lo tanto, cobren ánimo las almas débiles, cansadas, oprimidas por el pecado. Alléguense ‘confiadamente al trono de la gracia’ [Heb. 4:16], donde pueden tener la seguridad de encontrar gracia para el oportuno socorro en tiempo de necesidad, porque esa necesidad es sentida por nuestro Salvador, precisamente en el tiempo oportuno"
Los observadores habrán notado que Waggoner no dijo que Cristo "tenía" una naturaleza pecaminosa. Lo que dijo fue que "tomó" nuestra naturaleza pecaminosa, una naturaleza que poseía en ella misma toda la capacidad de ser tentada desde dentro y desde afuera, una naturaleza como la nuestra, con todos los resultados de nuestra herencia. Pero Jesús no cedió ni por un momento.
¿Apoyó E. White plenamente este concepto de la justicia de Cristo? En la misma asamblea de 1888, dijo: "Veo la belleza de la verdad en la presentación de la justicia de Cristo en relación con la ley, tal como el doctor [Waggoner] la ha expuesto ante nosotros... Lo presentado armoniza perfectamente con la luz que Dios ha tenido a bien darme en los años de mi experiencia" (Manuscrito 15, 1888). "La justicia de Cristo en relación con la ley" no se refiere, obviamente, a su santidad en la época previa a su encarnación, sino a su carácter y sacrificio encarnado "en semejanza de carne de pecado". Como ya hemos visto, Waggoner aclaró a Butler que su convicción sobre Cristo era que "su nacer bajo la ley es una consecuencia necesaria de su nacimiento en semejanza de carne de pecado, de haber tomado sobre sí la naturaleza de Abraham". No se puede concebir que E. White calificase el concepto de "la justicia de Cristo en relación con la ley" de Waggoner como "belleza de la verdad", a menos que incluyese la formidable noción de Cristo tomando "nuestra naturaleza pecaminosa", y sin embargo, desarrollando un carácter perfectamente impecable.
De hecho E. White la apoyó con entusiasmo:
"Cuando el hermano Waggoner expuso esas ideas en la asamblea de Minneapolis, esa fue la primera vez que oí de labios humanos una enseñanza clara sobre el tema, a excepción de conversaciones mantenidas con mi marido. Me decía: lo veo tan claramente debido a que Dios me lo ha presentado antes en visión, y [los hermanos que se oponían] no pueden verlo porque a ellos no les ha sido presentado como a mí, y cuando otro lo presentó, cada fibra de mi corazón decía Amén" (Manuscrito 5, 1889).
¿Cómo habría podido E. White decir algo así, si el mensaje de Waggoner hubiera significado meramente un énfasis en las ideas de Lutero y Calvino?
E. White apoya el mensaje de Waggoner y Jones
Este concepto de la justicia de Cristo no fue bien recibido por el pastor Butler, presidente de la Asociación General, quien polemizó con Waggoner (Butler, The Law in Galatians, p. 58, y Waggoner, The Gospel in Galatians, p. 62). Fue asimismo mal recibido por otros que escribieron cartas de queja a E. White, en relación con la enseñanza de Jones y Waggoner. Ella replicó con energía en un sermón matinal en Battle Creek, titulado "Cómo tratar un punto doctrinal controvertido":
"Me han llegado cartas que afirman que Cristo no podría haber tenido la misma naturaleza que el hombre, pues si la hubiera tenido, habría caído bajo tentaciones similares. Si no hubiera tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro ejemplo. Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre. Si no le hubiera sido posible rendirse ante la tentación, no podría ser nuestro ayudador. Fue una solemne realidad que Cristo vino para reñir las batallas como hombre, en lugar del hombre. Su tentación y victoria nos dicen que la humanidad debe copiar el Modelo. El hombre debe llegar a ser participante de la naturaleza divina...
Los hombres pueden tener un poder para resistir el mal: un poder que ni la tierra, ni la muerte, ni el infierno pueden vencer; un poder que los colocará donde pueden llegar a ser vencedores como Cristo venció. La divinidad y la humanidad pueden combinarse en ellos" (Mensajes Selectos, vol. I, p. 477-479).
Durante toda la década de los 90, E. White manifestó su apoyo inequívoco a ese concepto clave del mensaje de 1888. En ninguna de sus incontables declaraciones de apoyo al mensaje se puede encontrar la más leve insinuación de haber sostenido reservas sobre ese ingrediente fundamental. En febrero de 1894 publicó un folleto titulado "Cristo, tentado como nosotros":
"Pero dicen muchos que Cristo no fue tentado como nosotros, que él no estuvo en el mundo como lo estamos nosotros, que era divino, y por lo tanto, que no podemos vencer como él venció. Pero eso no es cierto: ‘Porque ciertamente no tomó a los ángeles, sino a la simiente de Abraham tomó... Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados’ [Heb. 2:16 y 18] Cristo conoce las pruebas de los pecadores; conoce sus tentaciones. Tomó sobre sí nuestra naturaleza" (p. 3 y 4).
Y si Cristo, tal como ella afirma a partir de la Biblia, fue tentado como lo somos nosotros, ¿a qué deducción se llega con ello? Sin duda debe querer decir ni más ni menos que lo que dice:
"El cristiano debe reconocer que no se debe a sí mismo... Sus más fuertes tentaciones vendrán desde dentro, ya que deberá batallar contra las inclinaciones del corazón natural. El Señor conoce nuestras debilidades... Todo conflicto contra el pecado... significa Cristo obrando en el corazón a través de sus agentes señalados. ¡Oh, si pudiéramos comprender lo que Jesús es para nosotros y lo que nosotros somos para él" (Id., p. 11).
En la página 32 de El Deseado de todas las gentes, expresó a los lectores de todo el mundo sus convicciones, escritas después de 1888. En ninguno de sus anteriores escritos había expresado la idea con tal fuerza y claridad:
"Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado".
¿Tomó Cristo la naturaleza impecable de Adán antes de la caída [transgresión]? Fue "hecho de la simiente de David según la carne" (Rom. 1:3). No fue creado como una réplica de Adán -formado de nuevo del polvo de la tierra, con el soplo de vida insuflado en su nariz-. Fue "como cualquier hijo de Adán", aceptando "los efectos de la gran ley de la herencia". La gloriosa paradoja debe contemplarse siempre en su pureza y claridad:
"Vestido en la ropa de la humanidad, el Hijo de Dios bajó hasta el nivel de aquellos a quienes quería salvar. En él no hubo engaño ni pecado; siempre fue puro e incontaminado; sin embargo, tomó sobre sí nuestra naturaleza pecaminosa" (Review and Herald, 15 de diciembre de 1896).
Es manifiesto el énfasis en sus escritos, después de 1888. Por ejemplo:
"En nuestra propia fortaleza, nos es imposible negarnos a los clamores de nuestra naturaleza caída. Por su medio, Satanás nos presentará tentaciones. Cristo sabía que el enemigo se acercaría a todo ser humano para aprovecharse de las debilidades hereditarias y entrampar, mediante sus falsas insinuaciones, a todos aquellos que no confían en Dios. Y recorriendo el terreno que el hombre debe recorrer, nuestro Señor ha preparado el camino para que venzamos... No había en él nada que respondiera a los sofismas de Satanás. Él no consintió en pecar. Ni siquiera por un pensamiento cedió a la tentación. Así podemos hacer nosotros" (El Deseado de todas la gentes, p. 98 y 99).
"La tentación es resistida cuando el hombre es poderosamente influenciado a hacer una mala acción y, sabiendo que está en su posibilidad, resiste por fe, aferrándose firmemente al poder divino. Esa fue la penosa experiencia por la que Cristo pasó" (The Youth Instructor, 20 de julio de 1899).
"En ese conflicto la humanidad de Cristo fue puesta a prueba en forma tal que ninguno de nosotros comprenderá jamás... Las tales fueron tentaciones verdaderas, no artificiales... En su humanidad, el Hijo de Dios luchó con las mismísimas terribles y aparentemente abrumadoras tentaciones que asaltan al hombre: tentaciones a complacer el apetito, a aventurarse atrevidamente donde Dios no nos conduce, y a adorar el Dios de este mundo, a sacrificar una eternidad de bienaventuranza por los placeres fascinadores de esta vida" (Carta 116, 1899. Mensajes Selectos vol. I, p. 110-112).
El error resulta siempre divisivo. La verdad es unificadora. Jones y Waggoner estuvieron en perfecto acuerdo entre ellos en sus exposiciones de la justicia de Cristo. Es realmente sorprendente que dos hombres con temperamentos tan dispares pudiesen atravesar el laberinto de las trampas teológicas ocultas que aguardan a todo el que se entrega al estudio de esos temas, y sin embargo permanecieran en tal unidad vital. Ellos creían en la unidad, apelaron a la iglesia a mantenerse unida, y demostraron admirablemente su unidad, en la época en la que su mensaje fue el tema crítico que la iglesia afrontaba.
Su preocupación no era el desgranar matices teológicos, ni explayarse en dificultades semánticas. Por encima de todo eran mensajeros, reformadores, evangelistas, sintiendo la responsabilidad de llevar a término la obra de Dios en su generación. El objetivo de su teología era la preparación de un pueblo para el regreso del Señor. Obsérvese la exposición de Jones sobre la justicia de Cristo:
"Hecho como nosotros en todas las cosas, cuando él fue tentado, sintió justamente lo que sentimos al ser tentados nosotros, y lo conoce todo al respecto; y es así como puede auxiliar y salvar hasta lo último a todos aquellos que lo reciben. En cuanto a su carne, en cuanto a sí mismo en la carne, era tan débil como lo somos nosotros. Dijo: ‘no puedo yo de mí mismo hacer nada’ (Juan 5:30); así, cuando ‘llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores’ (Isa. 53:4), y fue tentado en todo como nosotros, sintiendo como sentimos nosotros, por su fe divina lo conquistó todo por el poder de Dios que esa fe le proporcionaba, y que en nuestra carne él nos ha proporcionado.
Por lo tanto, llamarás su nombre Emmanuel, que declarado es: ‘Dios con nosotros’. No solamente Dios con Él, sino Dios con nosotros" (The Consecrated Way, p. 26).
Jones basó sus convicciones sobre la naturaleza de Cristo y su justicia, en las palabras de Jesús. Las mismas, en Juan 5:30, merecen una consideración cuidadosa, ya que frecuentemente son pasadas por alto:
No puedo yo de mí mismo hacer nada: como oigo, juzgo: y mi juicio es justo; porque no busco mi voluntad, más la voluntad del que me envió, del Padre.
¿Era correcto el razonamiento de Jones?
En esas palabras de Jesús radica la semilla de verdad a partir de la cual se desarrolló el imponente árbol del mensaje de 1888. Aquí el Señor descubre la lucha interna en su carne y en su alma, que da significado y relevancia al término "justicia de Cristo" en relación con las necesidades de la humanidad caída. Ahí se encuentra la base para la declaración de Waggoner anteriormente referida: "toda su vida fue de lucha" (Christ and His Righteousness, p. 27).
Jesús tenía que hacer constantemente algo que el impecable Adán jamás debió hacer: debía negar una voluntad interior ("mi voluntad") que estaba perpetuamente en potencial oposición con la voluntad de su Padre. Esa lucha llegó a un clímax en el Getsemaní, donde oró en agonía: "empero no como yo quiero, sino como tu" (Mat. 26:39). Una lucha interna tal solo es posible para Alguien que conocía "los clamores de nuestra naturaleza caída".
Vista en esa luz, la victoria de Cristo vino a ser para Jones y Waggoner como una gloriosa justicia dinámica, el fruto de una lucha y conflicto más bien que el concepto tradicional de algo pasivo, divinamente heredado, y con facilidad natural. Captemos los puntos clave de las exposiciones de Jones sobre la gloriosa justicia de Cristo:
"Si no tuviese la misma carne que aquellos a quienes vino a