Descubriendo la cruz
R.J.
Wieland

1.   ¿Por qué descubrir la cruz?
2.   La cruz, revelada en la naturaleza
3.   Primera lección de Jesús sobre la cruz
4.   Cómo llegó Lucifer a odiar la cruz
5.   Segunda lección de Jesús sobre la cruz
6.   ¿Quién es el "viejo hombre" crucificado con Cristo?
7.   La inesperada reaparición del viejo hombre
8.   Tercera lección de Jesús sobre la cruz
9.   Cómo descubrí la cruz
10. La cruz vence al temor
11. María Magdalena y la cruz
12. La cruz y la perfecta semejanza con Cristo
13. ¿Qué fue lo que efectuó la cruz de Cristo?

 

 

DEDICADO a mis amigos africanos en Uganda y en Kenia, quienes oyeron con paciencia (y a veces con fervor) la exposición de estos conceptos en idioma luganda y swahili.

 

Prefacio

Cuando vivía en Florida solía bañarme en el océano Atlántico. Aprendí pronto a respetar la fuerza de la marea, capaz de arrastrar al interior del mar al más fuerte de los nadadores. No hay brazos y piernas capaces de resistir la fuerza de esa resaca.

Todos conocemos por experiencia la fuerza que tiene la marea de la tentación. Es capaz de arrastrar al hombre, mujer o joven más fuerte, hasta el interior del mar del pecado. Intentamos resistir, pero una fuerza incontenible se cierne sobre nosotros.

El origen de esa marea de tentación es lo que la Biblia llama "el mundo". Haces todo lo posible por ser "bueno", y ahí está el mundo, 24 horas al día, intentando arrastrarte en esa marea de tentación.

¿Qué hacer? ¿Hay alguna forma de resistir esa marea, alguna forma de vencer consistentemente a la tentación?

El Nuevo Testamento responde afirmativamente. Pero la forma de lograrlo no es demasiado bien conocida. Fue Pablo quien escribió: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo" (Gál. 6:14).

¡Trascendente afirmación! Eso que Pablo llama "la cruz", es capaz de vencer la marea que intenta arrastrarnos al pecado. Cuando tú y yo aprendamos a gloriarnos sólo "en la cruz de nuestro Señor Jesucristo", nos encontraremos también sobre terreno firme y seguro, y las fieras tentaciones que Satanás pueda inventar no podrán arrastrarnos al pecado.

El sentimiento de muchos parece ser éste: ‘¡Es tan fácil perderse, y tan difícil seguir a Cristo!’ La verdad es que, una vez que comprendemos lo que realmente significa la cruz, seguir a Cristo es fácil, y resulta difícil perderse. La "marea" viene a ser "crucificada". Jesús se tuvo firme como una roca ante los embates de la tentación, y junto a Él podemos resistir.

¿Quieres saber de qué manera? El Señor permita que este libro te proporcione una mayor comprensión del poder del mensaje de la cruz. Dedícale todo tu interés y atención, y cambiará tu vida.

 

El autor.                             

 

Prólogo a la edición en español

¿Disponemos de libros que nos ayuden a contemplar y apreciar el acto más sublime e importante que jamás haya sucedido en el universo? Preguntado de otro modo: ¿Tenemos escritos que nos hablen explícitamente de la cruz? Gracias a Dios, tenemos su Palabra. La amamos, tratamos de estudiarla, profesamos creerla y vivirla, pero los resultados percibidos en nuestras vidas son demasiado a menudo causa de decepción. Y no es que falle la Palabra, ¡no! Pero sucede que por desgracia, el pecado ha oscurecido nuestro intelecto de tal modo, que es necesario el auxilio de una "luz menor" que nos lleve gradualmente a la "luz mayor" (Isa. 28:9-11; Prov. 4:18).

Sí, por la gracia de Dios, disponemos de libros que cumplen la preciosa tarea de "luz menor", aproximándonos al acontecimiento crucial que permite a nuestra raza humana, que no merece ser, que siga siendo aún, y que haya de ser por la eternidad.

Nuestras mentes, frías e indiferentes en tantas ocasiones, necesitan alimentarse de conceptos vitales, tales como: "...el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros [la raza humana entera] curados" (Isa. 53:5). Sí, gracias a ese acto precioso, en Cristo "...vivimos, nos movemos y somos" [todos] (Hech. 17:28). En ese "somos", Dios dotó a todo ser humano de la facultad de contemplar y apreciar su amor manifestado en la cruz. El Espíritu Santo ha capacitado a personas para investigar las inescrutables riquezas de su gracia, contribuyendo con su "luz menor" a que otros podamos apreciar más nítidamente la luz mayor de las Sagradas Escrituras.

Querido amigo, tienes en tus manos un instrumento que te ayudará a comprender el verdadero sentido de tu existencia, el propósito de la vida de la raza humana.

Este es uno de los libros que nos deja con ese "hambre y sed de justicia" que nos hace bienaventurados, y de la que se nos promete "ser saciados" (Mat. 5:6). Descubriendo la Cruz vuelve a poner pan fresco y tierno celestial al alcance del lector hispano parlante.

Seas o no creyente, no desperdicies la oportunidad de obtener respuesta a la gran pregunta que apremia a todo ser humano: ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Vale la pena continuar?

Este libro te ayudará a entender que vale la pena. Y no porque haya premio al final (aunque lo hay), sino porque tú mismo eres el gran premio final. Dios te dio un valor equivalente al de su propio Hijo, quien por amor a ti, "se hizo pobre, siendo rico, para que nosotros con su pobreza fuésemos [ya] enriquecidos" (2 Cor. 8:9).

Descubre la cruz en la que Jesús, que era por la eternidad, se despojó a sí mismo hasta el punto de dejar de ser, para que nosotros, que no deberíamos ser, podamos disfrutar de la existencia que él ganó como trofeo para Dios (Isa. 53:11).

Da la bienvenida a esta "luz". ¿Pequeña? Quizá, pero de una profundidad tremenda. Encuentra la satisfacción comiendo y bebiendo el alimento que en el fondo todos buscamos y necesitamos, ese agua de vida que no deja en la insatisfacción de la estéril y cansada búsqueda que este loco mundo ofrece.

Publicado por primera vez en 1967 (Pacific Press Publishing Association), ocupa cronológicamente el primer lugar en la ya dilatada lista de libros escritos por el autor, y sigue ocupando hoy el primer lugar en sus preferencias personales. Es un libro escrito con el "corazón", que se lee también con el corazón. La presente traducción está basada en la reedición efectuada por el propio autor, publicada por Glad Tidings Publishers en 1999 bajo el título: In Search of the Cross - Learning to "Glory" In It.

Encuentra en él la respuesta de Dios a tus preguntas. Contempla la fascinante profundidad y la conmovedora realidad de algo que afecta de forma vital e ineludible a toda persona: la cruz de Cristo. ¡Descúbrela!

D.A.                          

 

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¿Por qué descubrir la cruz?

(Índice)

 

Quien acaba de adquirir un automóvil, desearía mantenerlo siempre como nuevo. Quizá no pronuncie una sola palabra al respecto, pero se siente orgulloso de su nueva posesión, y esa última mirada delatora que le dedica cada vez que aparca y sale de su nuevo auto, resulta casi inevitable.

A otros les sucede lo mismo con su bonita casa, o bien se sienten orgullosos de su brillante carrera. La música, el arte, la ciencia, etc, pueden significar otro tanto para muchos.

Lo que constituía para Pablo el motivo de supremo interés, proporciona el tema a este libro. Ya hemos recordado las palabras de Pablo: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo". El español moderno carece de una palabra que abarque el pleno significado del término original traducido por "gloria". Combina el deseo de conseguir, el orgullo de poseer, la pasión por conocer y apreciar, el encanto de la belleza, la vibrante emoción que el hombre moderno despliega en su incesante búsqueda de los placeres de esta vida. Reúne todo eso, y podrás comenzar a apreciar lo que Pablo quiso decir con la expresión ‘gloriarse en la cruz’. "Me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Cor. 2:2).

El anciano apóstol, ¿un fanático?

¿Qué había en la cruz, que le inspiró esa pasión intensa y duradera, que llenó de emoción cada día de su vida? ¿Encierra la Biblia algo mucho más bello y vital de lo que hasta el presente hemos sido capaces de discernir?

Los científicos nos informan de la existencia de abundantes recursos energéticos en los océanos, inexplorados hasta hoy, suficientes para abastecer a generaciones futuras. Es mi convicción que en la cruz hay también vastos e inexplorados recursos de energía espiritual, a la luz de la entusiasta exposición que de ella hace Pablo. Para demasiados de nosotros la fe representa una experiencia penosa y cansada. Ignoramos en gran medida el poder del evangelio para cambiar a las personas, un poder que Pablo conoció hace ya muchos años.

La propia conversión de Pablo fue consecutiva a una visión de Cristo como el Crucificado. A pesar de haber estado inmerso en el odio y el prejuicio, en un reducidísimo espacio de tiempo comprendió que la cruz en la que Cristo murió demostró de forma fehaciente su aseveración de ser el tan esperado Mesías. La profunda convicción que lo sobrecogió aquel día, camino de Damasco, hizo brillar la cruz con un encanto tan irresistible que cambió su vida para siempre. A partir de entonces, la cruz fue el sol que iluminó su propio cielo. Fue el tesoro mismo de la verdad del evangelio; no una mera faceta de él. Fue el centro y sustancia del mensaje de Cristo; no simplemente uno de sus aspectos.

Nuestro mundo de hoy conoce muy poco, o nada, sobre esa cruz. Para los hombres de antaño era motivo de perplejidad. Para unos "tropiezo", para otros "necedad". Para casi todos, "escándalo" (1 Cor. 1:23; Gál. 5:11). Pero para el mundo de nuestros días es algo insignificante, algo así como un aburrido rompecabezas. La realidad de la cruz no se ha extinguido, pero la cruz no puede ser un escándalo a menos que se la empiece a comprender. Nada tiene de extraño que la sociedad de hoy se muestre apática ante ella. Lejos de luchar contra la cruz, tal como hizo el mundo de los días de Pablo, el nuestro de hoy agoniza en la mortal ignorancia de ella. No obstante, es posible contemplar el símbolo de la cruz por doquier: en las iglesias, pendiendo del cuello de muchos, plagando los cementerios... ¿Por qué esa ignorancia de su significado?

Satanás, desenmascarado

Esas tinieblas han sido el resultado de los astutos planes del enemigo de todo bien. Satanás sabía que la cruz aseguraba su derrota final y revelaba su consumada depravación. Significaba para él el toque de difuntos. Todo el universo contempló la muerte de Jesús. El odio satánico contra Cristo que se demostró en la cruz, le privó para siempre del más mínimo sentimiento de afecto o simpatía, por parte de esa vasta audiencia. En ese sentido, el "príncipe de este mundo" fue "echado fuera" (Juan 12:31-33).

Se le cayó definitivamente la máscara. Nadie que hubiese conocido el verdadero carácter de Dios, albergaría en lo sucesivo una partícula de simpatía hacia Satanás. En lo concerniente a los ángeles que no cayeron, Satanás supo que había perdido toda opción. Todo cuanto podía hacer ahora era intentar asegurarse el mundo caído de su lado y, apoyándose en esa ventaja, guerrear contra Cristo.

Fraguó así el malvado designio de borrar el conocimiento de la cruz de la comprensión de los hombres. Mediante el establecimiento de la "abominación asoladora" (Dan. 12:11), Satanás maquinó una falsificación del verdadero cristianismo. Su principio básico consistiría en dar un rodeo que evadiese la verdadera cruz, de forma que la raza humana no pudiera ver más allá de una tenue vislumbre de su significado. A fin de atrapar a la gente en su engaño, Satanás tenía que exaltar la señal de la cruz como objeto de adoración, pero a expensas de excluir la verdad de la cruz.

Así, desde los tiempos de Constantino, la señal de la cruz vino a convertirse en el emblema del cristianismo profeso, al tiempo que una falsificación sutil del verdadero cristianismo traía la "prevaricación asoladora" al corazón humano (Dan. 8:11-13). La historia del cristianismo ofrece, durante unos 1.600 años, un cuadro patético del "gran furor" de Satanás contra el evangelio, "al saber que le queda poco tiempo" (Apoc. 12:12). Éste ofreció al hombre la sombra, en lugar de la sustancia. La cruz se convirtió en un talismán entrañable, en un amuleto, en un emblema incorporado a los collares, erigido en los campanarios o en las fachadas de la iglesias. Cruces de metal o madera han venido a ser incluso objetos de adoración, mientras que el verdadero principio de la cruz permanece en el mayor de los desconocimientos.

Tanto confía Satanás en sus planes, que permite que se hable con toda libertad de la cruz, que se ore a propósito de ella, que se cante, que sea un ingrediente en el ornamento del ser humano y en la arquitectura, incluso que se la adore. No le importa, con tal que resulte distorsionada toda posible comprensión de lo que realmente significa. ¿Qué mejor treta podría perfeccionar un enemigo derrotado, que la de tomar el símbolo de su derrota y transformarlo en un emblema de su fingida victoria?

El sol ha resultado verdaderamente borrado del cielo de una cristiandad tal. Aunque la verdad de la cruz pueda no ser conscientemente rechazada o descreída, dejar de captar su significado resulta en una trágica pérdida, tanto como lo fue el rechazo de la cruz para los dirigentes judíos del tiempo de Cristo. La mente acepta el símbolo, mientras que el corazón desconoce la experiencia que encierra.

La mayor conspiración en toda la historia

Pero ni el hueco símbolo, ni la palabra vacía tienen por qué extraviarnos. El falso concepto fue diseñado con el expreso propósito de interceptar la comprensión de su genuino significado. La existencia misma de una falsificación constituye una evidencia de poder encontrar lo genuino. Las nubes y la niebla que Satanás ha querido arrojar sobre la cruz se disiparán, y llegaremos a ver la sorprendente y viva realidad de esa gloriosa revelación que Pablo vio. Lo que Satanás esperaba que fuese su golpe maestro, vino a resultar en su más absoluta y autoinfligida derrota.

Se nos asegura de nuestra victoria personal sobre el pecado en estas palabras: "Lo han vencido por la sangre del Cordero" (Apoc. 12:11). Siguen vigentes las palabras de Juan el Bautista: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). "Miradme a mí y sed salvos", es todo cuanto pide Dios de nosotros (Isa. 45:22).

Contemplando

Uno de los pasatiempos favoritos del hombre es observar. Cientos de revistas tienen por diana la satisfacción de ese deseo irrefrenable del hombre. Miles de personas dedican su tiempo libre a mirar el escaparate de la humanidad que transita frente a su puerta o ventana, frente a su pantalla de TV, o en las páginas de su semanario favorito. Si se produce un accidente o algo inusual en la calzada, sentimos la urgencia de acercarnos a "ver qué pasa". Todos tenemos esa necesidad de dirigir nuestros ojos a lo que nos resulta aún desconocido. Existe un deseo insatisfecho por aquello que aún no conocemos.

La cruz de Jesús constituye el deseo supremo de todo ser humano, aunque para muchos no reconocido. Ninguna otra visión puede colmar nuestra necesidad más profunda.

Y una vez que hemos contemplado la cruz, nos "gloriaremos" sólo en ella, como Pablo. Se convertirá en lo único y lo más importante para nosotros. Si ‘contemplamos el Cordero de Dios’, participaremos de una visión que tiene poder para hacer que toda idolatría se desvanezca en la nada que realmente es. El dinero, las posesiones, la carrera, la fama, dejarán de tener valor para aquel que haya comprendido lo que significa el Calvario. Para él, comenzó una vida nueva.

En el monte Calvario estaba una cruz,
Emblema de afrenta y dolor,
Y yo amo esa cruz do murió mi Jesús
Por salvar al más vil pecador
Y aunque el mundo desprecie la cruz de Jesús,
para mí tiene suma atracción,
pues en ella llevó el Cordero de Dios
de mi alma la condenación

Jorge Bennard

Contemplemos la cruz.

 

2

La cruz, revelada en la naturaleza

(Índice)

No es porque la naturaleza haya pretendido ocultarlo, pero durante miles de años el hombre pecador ha pisado este planeta sin captar el secreto más elemental en ella escrito: el camino de la cruz. El agricultor echa la simiente en el campo para procurar su alimento cotidiano, sin darse cuenta de la lección que cada semilla le quiere enseñar: que el fruto vivificante surge sólo cuando la vida se somete a la muerte, de forma que pueda tener lugar el nuevo ser.

Por fin un Joven sin pecado pisó esta tierra que habitamos, arrodillándose sobre ella día tras día para rogar a su Padre por fortaleza y sabiduría para traer al hombre la respuesta a estas preguntas: ¿Cómo resolver el problema de la muerte? ¿Cómo se puede salvar la raza humana, condenada a la extinción? ¿Cómo puede gente malvada ser convertida en bondadosa?

Su increíble descubrimiento

Como Creador, Jesús había escrito el libro de la naturaleza con sus propias manos. Ahora, como hombre, se esforzaba por comprenderla, por escrutar sus misterios en busca de lecciones que pudiesen señalar a otros el único camino de la vida: el camino de la cruz.

Cuando unos visitantes de Grecia vinieron a ver a Jesús, "Jesús les dijo: ‘Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre ha de ser glorificado. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero al morir, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará". "Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Esto dijo para dar a entender de qué muerte había de morir" (Juan 12:23-25,32,33).

El grano de simiente que busca "seguridad" en la estantería de la despensa, no obtiene nada, puesto que al aferrarse a su preciado yo, "queda solo". Únicamente la simiente que encuentra su tumba solitaria bajo tierra –la simiente que muere– "lleva mucho fruto".

La pequeña simiente y su gran lección

Para aquel Joven puro entregado a desvelar el misterio, cada flor, cada árbol majestuoso, eran la expresión de una pequeña semilla muriendo en la soledad de la tierra, sacrificándose en el silencio del Getsemaní. ¡Qué contraste entre la insignificancia del sacrificio de una semilla de uva, y los racimos purpúreos de la viña exuberante en la que se convertía al ser sembrada! Así, el Hijo de Dios comprendía que su sacrificio sería el medio de "llevar a la gloria a muchos hijos" (Heb. 2:10). Su joven alma se comprometió en un firme propósito: Vendría a ser la semilla, y entregaría para siempre a "la tierra" su propia seguridad y todo aquello que le era precioso, mediante su muerte. Así, aprendió de la naturaleza el principio elemental –hasta entonces desconocido– que le llevó hasta la excelsa cruz, el arma secreta que conquistaría a la muerte.

Lo importante no es si Jesús, siendo muchacho, comprendía o no plenamente que su muerte sacrificial tomaría la forma de una crucifixión romana. Lo que importa es que esa antigua y cruel tortura, la más vergonzosa e indigna de las muertes, era la mejor manera en que el mundo apreciara la demostración de su amor sacrificial. Para él, ‘caer en el suelo y morir’ como ‘simiente’ era mucho más doloroso y amargo que el mero sufrimiento de la muerte física. El apóstol Pablo señala el contraste entre la "muerte de cruz" y la muerte ordinaria (Fil. 2:8). La dimensión última de la muerte es la desesperación y la vergüenza más crudas. La cruz de Jesús dio sobradamente la talla de esa plena medida.

Pero hoy significa poco para nosotros, porque la historia ha llegado a producir una virtual inversión de los valores. La cruz que una vez fue símbolo de la más ignominiosa y degradante tortura que un ser humano pudiera sufrir, una muerte tan terrible que casi parecería impropia hasta para un demonio, ha venido a resultar el emblema más honrado por el mundo.

La razón para tal inversión de los valores es más trascendente que la simple casualidad histórica. Ningún héroe habría sido capaz, mediante su martirio, de despertar la adoración y suprema devoción que multitud de personas inteligentes han sentido y sienten por la cruz de Cristo. Descubrir la razón del poder infinito de esa cruz es el tema de este libro.

La cruz conmueve nuestros anhelos más profundos

Sea que el hombre haga profesión o no de religión, le basta un destello del significado de la cruz para apercibirse de que algo responde en lo profundo de su ser. La verdad de la cruz pulsa extrañas cuerdas de agradecimiento, despertando melodías en el alma, que nadie más puede producir. La historia alcanzará su clímax y objetivo en el momento en que esta verdad penetre por fin la conciencia reavivada de cada persona en la tierra. Todo cristiano sabe que hay tiernos lazos que unen su alma con el Calvario, porque Aquel que murió allí le está tan cercano como si se tratase casi de él mismo. No puede haber en esta tierra simpatía tan profunda, íntima y entrañable como la simpatía por el Señor Jesús, clavado sobre aquella cruz. Eso es así porque Cristo "murió por todos, luego todos han muerto" (2 Cor. 5:15). El que busca la verdad sabe que es así, y el que procura rechazarla nunca encuentra la forma de evadir esa verdad contra la que lucha.

Creyente o no, todo el mundo conocerá finalmente el poder revelado en la cruz. "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Juan 12:32). Podemos tomar la determinación de resistir la atracción que nuestra alma siente por Él, pero antes de que ningún hombre pueda sufrir las penas de la perdición eterna, tiene necesariamente que resistirla de forma persistente. Habiendo rechazado el amor, "los que me aborrecen, aman la muerte" (Prov. 8:36).

Pero si decidimos no resistir, el poder de la cruz nos atrae a Cristo

Mil "diablos" oponiéndose mediante toda circunstancia imaginable de la vida, son tan impotentes para contrarrestar esa atracción como lo son los matorrales para el cedro, en su camino hacia la luz del sol. Las palabras de Jesús a aquellos griegos peplejos constituyen una declaración del poder universal de esa cruz levantada en el Calvario sobre el corazón de todo hombre. No es una afirmación de que todos serán salvos, sino de que todos sentirán de alguna manera el poder de atracción de la cruz. Algunos para rendirse a ella, otros para resistirla con terquedad.

El atractivo incomparable de la cruz de Cristo

¿Qué es lo que da a la cruz de Cristo un atractivo tan irresistible para todo aquel que se detiene a contemplarla? Si su Víctima fuese meramente un fanático o un místico con la lamentable pretensión de ser divino, o bien si se tratara simplemente de un buen hombre trágicamente asesinado, su muerte no habría hecho en las generaciones posteriores una impresión más duradera que la muerte de cualquier mártir, o que el asesinato de un hombre de estado. La realidad, expresada por la propia Víctima, de ser Dios, es lo que explica la influencia imperecedera de su muerte.

Pero ¿cómo podemos estar seguros de su divinidad? ¿Es nuestra fe mera superstición? ¿Es tan fuerte nuestro deseo de recompensa eterna como para hacer que estemos dispuestos a creernos lo increíble, a fin de escapar al cruel mundo en el que aún vivimos?

Una mirada a la cruz trae más certeza de la divinidad de Jesús, que la argumentación más elaborada que quepa imaginar. Una vez que se contempla la naturaleza del amor (ágape) revelado allí, la Víctima aparece con claridad como nadie menor que el eterno Hijo de Dios. Sólo "Dios es amor (ágape)" (1 Juan 4:8). El amor meramente humano jamás habría sido capaz de concebir la sublime demostración del Calvario. La calidad del amor allí manifestado es desbordante, la perfecta negación del yo, infinitamente más allá de nuestro amor calculado, centrado en el yo, que tan a menudo nos traiciona. El corazón de todo hombre queda convicto de que un amor como ese sólo puede venir de Dios, y de que la hostilidad que asesinó a la Víctima es en esencia nuestra "enemistad contra Dios" (Rom. 8:7). El amor de Jesús lleva en sí mismo el testimonio de sus credenciales divinas.

Ese amor lleva la atracción de la cruz al corazón de cada persona, en el reconocimiento de que Aquel que murió allí, ha venido a ser el pariente más auténtico y próximo de cada ser humano, el Amigo infatigable que nunca ha dejado de amarlo aún cuando más inclinado se sentía uno a aborrecerse a sí mismo, el Compañero que ha estado a su lado en los momentos sombríos, y que ha creído en él aún cuando uno dudó y renegó de sí mismo. Todos somos conscientes en algún momento de nuestro más anhelado deseo: que Alguien crea y confíe en nosotros, a pesar de conocer la profundidad de nuestros secretos culpables. Aún más dulce que la expresión: "Te amo", es la afirmación: "Creo en ti; confío siempre en ti; lo arriesgo todo por ti".

¡Un ser meramente humano es incapaz de darnos tal seguridad!

Puesto que sabemos que nuestros pecados son infinitos, sólo un perdón y confianza infinitos pueden reconfortarnos verdaderamente. El que toda persona haya oído esa Voz de esperanza y ánimo es evidencia para todos de que el Hijo de Dios ha venido en nuestra carne. Podemos resistir y asfixiar esa Voz, pero si le prestamos atención, resultaremos impelidos a seguir a Cristo.

La Voz que habla a nuestros corazones, y la verdad escrita en la naturaleza, ambas denotan el origen divino del principio de la cruz.

Este libro no pretende ir más allá del descubrimiento de la cruz. Cuando hayamos concluido nuestro periplo, esa búsqueda no habrá hecho más que comenzar para ti y para mí. El inmenso continente de verdad aún sin descubrir, es la prenda que nos asegura de la existencia de una vida infinitamente abundante, dedicada al estudio y contemplación de ese infinito sacrificio. Esa búsqueda será la ciencia y el canto de los redimidos por la eternidad.

 

3

Primera lección de Jesús sobre la cruz

(Índice)

¿Por qué tardó tanto en llegar esa lección? Sorprende descubrir que Jesús esperó hasta el mismo final de su ministerio, para presentar claramente a sus discípulos su próxima crucifixión.

Cuando recordamos que la doctrina de la cruz es el tema central del evangelio, el sol del firmamento de la verdad celestial, nos preguntamos por qué el Salvador demoró por tanto tiempo la instrucción sobre ese punto crucial (nunca mejor dicho).

Sólo de forma velada y ocasional había hecho referencias a su muerte. Por ejemplo, su alusión a la destrucción del "templo", y a su reedificación en tres días (Juan 2:19), el ser levantado como una serpiente ardiente (Juan 3:14), la dádiva de su carne por la vida del mundo (Juan 6:51), o la señal de Jonás (Mat. 12:39), así como el Esposo siéndoles arrebatado a aquellos que están de bodas (Mat. 9:15).

Los discípulos no captaron el significado profundo de esas declaraciones. Necesitaban una referencia clara y abarcante del evento estremecedor que estaba por acontecer. Pero Jesús no les proporcionó tal cosa hasta haber llegado a las costas de Cesárea de Filipo, sólo unos meses antes de que tuviera lugar la gran prueba.

Sorprende igualmente que no fuera sino hasta ese mismo momento cuando Jesús decidiera preguntar a los discípulos quién creían que era. Necesitaban tiempo para que el entusiasmo superficial del inicio, suscitado por su ministerio temprano, madurase en una convicción más sobria y más sólida.

Una fe capaz de resistir la prueba

Y la fe de los discípulos en la divinidad de Jesús fue verdaderamente puesta a prueba en los términos más severos. Reticente a aplicarse el título de "Hijo de Dios", mostraba una extraña preferencia por referirse a sí mismo como "el Hijo del hombre". Había ido defraudando progresivamente cada una de las esperanzas depositadas por los judíos en su esperado Mesías. Negándose en redondo a aceptar el aplauso de aquellos que gustosamente habrían visto en Él el cumplimiento de sus expectativas nacionales, parecía más bien conformarse con su suerte de pobreza y oscuridad. No mostraba interés alguno por ganar la aprobación de la clase religiosa dirigente, sino que seguía un curso que parecía atraer innecesariamente la enemistad de la misma.

Tras la dura palabra relativa al Pan de vida (Juan 6), multitudes que le habían seguido, lo abandonaron. Hasta llegó a disolver de forma expeditiva una multitud dispuesta a coronarlo rey. Ahora estaba siendo "despreciado y desechado entre los hombres". Parecería que los discípulos, desde el punto de vista humano, iban a encontrar toda excusa para renegar de su fe en Jesús como el Cristo.

Cómo reconocieron los discípulos a Cristo

Pero al mismo tiempo, habían podido reunir infinidad de evidencias para confirmar la insistente convicción del Espíritu Santo de que ese Hombre era en verdad el Hijo de Dios. Dicha evidencia no consistía meramente en los milagros físicos que Jesús había realizado. Cualquier incrédulo –amigo o enemigo– podía sugerir explicaciones para los mismos, o al menos podía decidir ignorarlos. Los milagros físicos rara vez fortalecen la verdadera fe. Lo que confirmó la fe de los discípulos era el puro, sobrenatural y realmente milagroso amor que impregnaba cada palabra y acto de Jesús. Todo lo que decía estaba lleno de profunda sabiduría espiritual y de sentido común santificado. Se trata de las mismas obras que Jesús presentó ante Felipe como evidencia de su relación con el Padre (Juan 14:11 y 12). El negarse a reconocer tales obras significaba el pecado imperdonable e incurable de la incredulidad, por parte de los dirigentes religiosos; no ya contra el Hijo del hombre, sino contra el Espíritu Santo.

¡Pero los discípulos creyeron! Ahora, en Cesárea de Filipo, pocos meses antes de la crucifixión, estaban por fin dispuestos a confesar su fe.

"Cuando Jesús llegó a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ‘¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?’" (Mat. 16:13). Las respuestas que le dieron habrían sido un halago para cualquiera, menos para el Hijo de Dios. El capricho popular lo aclamaba como Elías, Jeremías o algún otro de los profetas. Lejos de estar satisfecho, Jesús pidió sin rodeos a sus discípulos que cristalizasen sus algo vagas concepciones en una confesión de profunda convicción: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" (vers. 15).

Pedro fue el primero en encontrar palabras para expresar la valiente fe que había tomado posesión de sus almas. Aquel Hombre no sólo era alguien mayor que todos los profetas, no sólo era el tan esperado Mesías: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", exclamó valientemente Pedro (vers. 16).

Jesús alabó la fe de Pedro, pero inmediatamente le previno del pecado de atribuirse mérito alguno por haber hecho tal declaración: "¡Dichoso eres, Simón hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos!" (vers. 17). Pedro no debía enorgullecerse como si hubiese sido más perspicaz que los demás. Por más brillantes que puedan ser las capacidades del cerebro más privilegiado, excepto por la influencia del Espíritu Santo, la mente humana es totalmente incapaz de reconocer a Dios cuando se manifiesta de forma inesperada. "Nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’, sino por el Espíritu Santo" (1 Cor. 12:3). El Hijo de Dios recorrió hace dos mil años los polvorientos y escarpados senderos de la vida, sin ser reconocido ni apercibido por la humanidad. De la misma forma, desde entonces y hasta el día de hoy, la verdad celestial ha pasado igualmente desapercibida para la "carne" y la "sangre".

Jesús se dispone a declararles la plena verdad

Tras la confesión de fe de sus discípulos, Jesús estaba en condiciones de establecer el fundamento y piedra angular de su iglesia. "Sobre esta Roca [sobre esa confesión de mi identidad divina] edificaré mi iglesia, y las puertas de la muerte no prevalecerán contra ella" (Mat. 16:18). Lo vemos ahora edificando con destreza, velozmente, vemos al Constructor sabio que edifica su casa sobre la Roca, al Arquitecto divino, levantando un edificio de fe contra el que no van a prevalecer "las puertas de la muerte".

Ahora que los discípulos estaban profundamente convencidos de su divinidad, podía darles luz con respecto a su muerte. Descorriendo todos los velos misteriosos que habían ocultado las breves referencias a la cruz hechas hasta entonces, les dijo llanamente, incluso con crudeza, que debía ser rechazado y muerto: "Desde aquel tiempo comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén, padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y los escribas; ser muerto, y resucitar al tercer día" (vers. 21).

¿Malas nuevas?

Los discípulos escuchaban con más asombro que espanto. El hecho de que Dios tuviera un Hijo era ya un concepto extremadamente revolucionario para la mente judía; pero la idea de ese Hijo de Dios teniendo que morir les parecía inconcebible. Eran incrédulos. Un Mesías crucificado, en lugar de uno glorificado, coronado, asumiendo el cetro, constituía un insulto a su inteligencia, una ofensa y un escándalo. Cuanto más se convencían los discípulos de que Jesús era el Hijo de Dios, más les desconcertaba y confundía el anuncio de su muerte. Y nada menos que a manos del pueblo más santo del mundo, su propia nación.

El mismo bienaventurado Simón hijo de Jonás que se había adelantado a confesarlo como el Hijo de Dios, era ahora el primero en negar su cruz. Aparentemente preocupado por la salud mental de Jesús, ante el anuncio de algo tan repulsivo para sus colegas, el bien intencionado Pedro echó mano con cierta rudeza de la persona de su Señor, como para administrarle un tratamiento de choque a fin de librarlo de tan mórbidas imaginaciones. ¡Es imposible imaginar un tratamiento más cruel hacia Jesús, por parte de la raza humana, especialmente de su pueblo escogido! "Pedro lo llevó a parte, y empezó a reprenderlo. Le dijo: ‘¡Señor, lejos de ti! ¡De ningún modo te suceda esto!’" (vers. 22). Las cruces están hechas para los bandidos, no para alguien bondadoso; especialmente ¡no para el Hijo de Dios!

Así, la cruz vino a ser tanto "piedra de escándalo" como "locura" para los primeros discípulos; y desde luego, también una "ofensa". Hoy sigue siendo esas tres cosas para nuestra naturaleza humana.

Nada de qué sorprenderse

Si la "carne y la sangre" son incapaces de comprender que Jesús era el Hijo de Dios, nada tiene de extraño que a Pedro le resultase imposible comprender la doctrina de la cruz. Esa noción iba tan infinitamente más allá de lo que el ingenio humano puede concebir como para resultar inimaginable para sus mentes, excepto por revelación del Espíritu Santo.

Era muy pertinente que Jesús hubiese suscitado primeramente en sus discípulos esa confesión de que Él era el Hijo de Dios, antes de comunicarles las sorprendentes nuevas de su crucifixión. De no ser así, quizá hubiera dado por resultado ahondar su incredulidad y abandonarlo, como habían hecho tantos otros de sus interesados seguidores. Las religiones inventadas por los hombres podían producir "mesías", pero ninguna podía concebir un Mesías sufriente, moribundo, entregándose a sí mismo en indescriptible amor hacia el mundo.

¿Mejores o más sabios que Pedro?

Nuestro intelecto humano, por él mismo, es tan ciego a la verdad de la cruz como lo fue el de los primeros discípulos. Nuestro peligro es incluso mayor que el de ellos, puesto que disponemos de un elemento del que ellos carecían: el conocimiento mental de los hechos de la crucifixión, así como el reconocimiento prácticamente universal de que ello sucedió realmente. Pero ese asentimiento mental puede confundir las avenidas que llevan la verdad de la cruz al corazón.

Si albergamos de alguna forma la idea de que nuestro afortunado nacimiento en la era cristiana nos sitúa en terreno ventajoso con respecto a Pedro, podemos confiar en que de forma innata estaremos inclinados a mostrar mayor sabiduría que la suya. Nos sentiremos inmunes a una ignorancia espiritual del calibre de la que él exhibió. Cuando hacemos tal cosa, demostramos no entender el evangelio.

Ni siquiera podemos comenzar a comprender lo que sucedió en Cesárea de Filipo, a menos que nos demos cuenta de que nuestra naturaleza humana es la misma que la de Pedro. Si dejamos de reconocerlo, estamos expuestos a la tragedia de repetir el menosprecio de Pedro hacia la cruz. Él la desdeñó en su ignorancia; nosotros corremos el riesgo de despreciarla de forma deliberada. Precisamente, ese será el pecado final común a todos los que se pierdan.

A Pedro le asistía la razón

La noción de la cruz es algo tan original, tan apartado del mundo, que sólo puede surgir en la mente de Dios (Hech. 4:27 y 28). La cruz es tanto la "sabiduría" como el "poder" de Dios (1 Cor. 1:18 y 24). Es un arma divina de sublime eficacia en la contienda espiritual. Pero la respuesta de Pedro al sorprendente anuncio del Salvador es idéntica a la de la gente de cualquier condición y lugar. Pedro estaba expresando los sentimientos de nuestros propios corazones, hasta el día de hoy, al repudiar como pura insensatez la idea misma de la crucifixión del Hijo de Dios.

En su reprensión a Pedro, por el irreverente e irrespetuoso consejo dado a su Maestro, Jesús reveló esta clave: "Me eres tropiezo, porque no piensas como piensa Dios, sino como piensan los hombres" (Mat. 16:23). Como cada uno de nosotros, Pedro no era más que un ser humano, capaz de pensar, ni más ni menos que como piensa el hombre. No era de ninguna forma más "malvado" que cualquiera de nosotros. Sencillamente, estaba siendo él mismo. Y siendo él mismo, no alcanzaba al pensamiento de Dios hasta el punto de discernir el significado de la cruz. Ese pensamiento de "los hombres", que cegaba su mente, ciega también la nuestra.

Pero no hemos considerado todavía la causa real de la oposición de Pedro a la cruz del Señor. Jesús no estaba manifestando rudeza o enojo al pobre discípulo, y sus palabras no eran nada parecido a una pasional explosión de malhumor. Pero la inequívoca severidad del agudo reproche de Jesús a su amado discípulo da una pista significativa en cuanto al origen de los sentimientos mundanos de Pedro. Jesús estaba, por así decirlo, poniendo su dedo en la llaga de la enemistad de todo hombre hacia la cruz: "Quítate de delante de mí, Satanás. Me eres tropiezo" (vers. 23).

El pobre Pedro

Sin quererlo ni saberlo, había venido a ser un instrumento en las manos de Satanás al intentar apartar a Jesús de su propósito sacrificial. ¡Para Jesús no debió ser una tentación banal! Cristo reconoció en el pensamiento de Pedro la expresión de la insidia original de Lucifer en el cielo. Evadir la cruz era una tentación seductora para Jesús, contra la que debía empeñar a fondo su voluntad. Como instrumento de Satanás, Pedro había tocado una cuerda sensible en el alma de Jesús.

No hemos de pensar que Pedro fuese Satanás mismo, sino que la reacción de Pedro hacia la cruz iba mucho más allá de la simple respuesta de la naturaleza humana desinformada. Reflejaba plenamente la actitud de Satanás mismo.

Podemos imaginar la conmoción que debieron causar en las mentes de los discípulos las palabras que Jesús dirigiera a Pedro.

 

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Cómo llegó Lucifer a odiar la cruz

(Índice)

La "carne y la sangre" no pueden comprender la idea de la cruz, pero ¿podía Satanás comprenderla? No cabe achacarle ninguna falta de inteligencia. Es consciente de su siniestra obra.

A fin de perseguir la cruz, debió comprenderla con claridad. Si le fuese desconocido algún aspecto de la salvación, en esa medida su oposición a la verdad sería torpe e ineficaz. No sería entonces digno de su nombre, "diablo y Satanás". No. La rebelión de Satanás es de carácter pleno y consciente.

El porqué permanecerá por siempre como el inescrutable "misterio de iniquidad". El cómo de su rebelión incluye el más determinado e inteligente odio a la cruz.

Pedro, en su humana inocencia, al procurar apartar a Jesús de la cruz, se acercó mucho al terreno que pisó Lucifer.

Cuando Satanás tentó a Adán y Eva en el jardín del Edén, su argumento fue la seguridad de que en la transgresión obtendrían una vida superior a aquella para la que habían sido creados. "Seréis como Dios", les aseguró (Gén. 3:5). Ese deseo de ser como Dios es el mismo que llevó al pecado original de Satanás en el cielo:

"¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo del alba! Fuiste echado por tierra, tú que abatías a las naciones. Tú que decías en tu corazón: ‘Subiré al cielo, en lo alto, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, en el Monte de la Reunión, al lado norte me sentaré. Sobre las altas nubes subiré, y seré semejante al Altísimo’" (Isa. 14:12-14).

Nadie puede ser como Dios sin procurar desplazar a Dios, puesto que sólo uno puede ser "el Altísimo".

Lucifer comenzó a amarse a sí mismo

Tal ha llegado a ser la "mente" natural de todos nosotros, de no mediar la redención. Pero el amor al yo "es enemistad contra Dios" (Rom. 8:7). La enemistad, a su vez, lleva al asesinato. Dijo Jesús del diablo: "él ha sido homicida desde el principio" (Juan 8:44). Eso es cierto, ya que "todo el que aborrece a su hermano es homicida" (1 Juan 3:15). Satanás aborreció a Dios, tuvo celos de él. Así, desde el mismo principio de la rebelión de Lucifer en el cielo, comenzó a dibujarse la silueta de una cruz en las sombras de la historia de la eternidad.

Sin duda alguna Lucifer debió comenzar a ver en qué desembocaría su rebelión. Comprendió que el crimen que abrigaba en su alma era de naturaleza tenebrosa y horrible: el asesinato del eterno Hijo de Dios. Así de terrible es ceder a la devoción por el yo. Por cinco veces podemos leer en el corto pasaje de Isaías acerca de la pasión de Satanás por sí mismo. El pecado tiene su raíz en la indulgencia hacia el yo.

El problema de raíz de Satanás era amargura contra la noción de ágape, un amor que define el carácter mismo de Dios, enteramente diferente de todo cuanto nosotros, los humanos, entendemos por "amor". Nuestro amor "ama" a la gente buena; mientras que el ágape ama por igual a los indignos y a los viles. El tipo de amor que nos caracteriza depende de la belleza del objeto amado; pero el ágape ama sin distinción a lo aborrecible, también a nuestros enemigos. Nuestro amor depende del valor del objeto amado, mientras que el ágape crea valor en aquel a quien ama. Nuestro amor está siempre presto a escalar más arriba, así como el de Lucifer buscó establecer su trono "por encima de las estrellas de Dios"; el ágape, en cambio, está dispuesto a humillarse y descender tal como hizo el Hijo de Dios en esos siete pasos de increíble condescendencia que describe Filipenses 2:5 al 8. Nuestro amor humano está siempre ávido por recibir; el ágape siempre está dispuesto a dar. Nuestro amor humano desea recompensa, mientras que el ágape está dispuesto a prescindir generosamente de ella.

Por último, lo que Satanás aborreció por encima de todo fue la revelación plena del ágape manifestada en Cristo: su disposición a ceder hasta la vida eterna, a morir la segunda muerte. Tal es la expresión suprema del ágape que Lucifer intenta ocultar desesperadamente del mundo y del universo. Es exactamente lo opuesto a todo cuanto tiene que ver con él.

Lucifer tuvo que poder ponderar y reflexionar en el camino que estaba escogiendo. ¿Se arrepentiría, mientras había aún oportunidad? De ser así, sólo un camino permitiría que venciese el pecado de su alma angélica: ese indómito "yo" que codiciaba ser "semejante al Altísimo" y echarlo de su santo trono, tendría que morir. El pecado en Lucifer tendría que ser crucificado.

¿Qué convirtió a un ángel de luz en diablo o Satanás?

Una cruz espiritual en la que Lucifer muriera al yo hubiera sido la única salida a ese dilema en su incipiente guerra contra Dios. Todo su orgullo, su ego, su mimado y consentido "yo" tenía que ser depuesto voluntariamente, por libre elección, de forma que sólo la verdad, justicia y santidad prevalecieran. Lucifer estuvo tan cercano a proceder así, que llegó a comprender el significado del camino hacia su liberación.

Luego rechazó ese camino, de forma enfática, impenitente e irrevocable. ¡No tomaría ninguna cruz! Definitivamente, de forma deliberada e inteligente, Lucifer repudió la idea de la negación del yo y del sacrificio propio. Instituiría un nuevo proceder en el vasto universo de Dios: el amor a uno mismo, la búsqueda de lo propio, la auto-afirmación, la exaltación del yo. Así rechazó Lucifer la cruz.

Fue entonces cuando vino a ser el diablo y Satanás, "ese gran dragón, la serpiente antigua... que engaña a todo el mundo" (Apoc. 12:9). Un ángel de luz que aborrece la cruz se convierte en el enemigo de Dios (y el nuestro).

Ese amargo e incesante opositor al principio divino de la cruz sabe bien que para cualquier criatura pecaminosa en el universo, el único camino de retorno a la justicia es el camino de la cruz. De ahí su plan meditado y calculado por borrar ese camino del conocimiento de la humanidad. Todo lo satánico se opone a la cruz, de donde se deriva la profunda verdad de que todo lo que se opone a la cruz es satánico.

¿Por qué la severidad del reproche hecho a Pedro?

A la luz de lo anterior se comprende mejor la dureza de la reprensión del Salvador. No se trataba de una explosión de ira por parte de Jesús. Pedro no sólo estaba pensando "como piensan los hombres", sino como piensa Satanás. Sin saberlo, estaba dando expresión a los sentimientos del enemigo al urgir a Jesús a que pusiese sus intereses primero, y renunciara a ir a Jerusalem para ser crucificado. El interés propio, la preocupación por uno mismo, la preservación espiritual de sí, son los conceptos supremos para ese poderoso ángel caído. Ahora lo estaban siendo también para Pedro. ¿Acaso no lo son para nosotros?

El pensar "como piensan los hombres" tiene un siniestro origen espiritual, tal como Pedro nos demuestra. Pedro vino a encontrarse cooperando inconscientemente con Satanás en su campaña anti-cruz. En el fondo, la tentación a evadir la cruz era el arma suprema de Satanás, empleada contra Jesús una y otra vez a lo largo de toda su vida en la tierra.

Satanás no ignoraba el principio de la cruz. Sin embargo, no podía comprender el amor divino revelado en Cristo encarnado, hasta el punto de llevarlo paso a paso hasta el sacrificio supremo y voluntario. La última provocación sarcástica lanzada maliciosamente contra Cristo fue inspirada por Satanás: "Sálvate a ti mismo. Desciende de la cruz" (Mar. 15:30). Y ahora, en Cesárea de Filipo, el interés propio era el principio reinante en el corazón de Pedro. Estaba efectivamente diciendo: "Sálvate a ti mismo", Señor. Jesús lo llamó por su propio nombre cuando dijo: "Quítate de delante de mí, Satanás". Pedro era anti-cruz.

¿Somos mejores que Pedro?

Haríamos bien en guardarnos de actitudes de superioridad en relación al discípulo. Era cristiano y amaba ardientemente a su Maestro. No era un simple "miembro de iglesia", sino un ministro ordenado. Podría haberse jactado de su facultad de echar demonios en el nombre de Cristo. Quizá resonaban aún en sus oídos las palabras de elogio que le acababa de dirigir Jesús: "Dichoso eres, Simón..." (Mat. 16:17). Sin embargo, se hallaba inconscientemente aliado con Satanás, en su intento por oponerse a lo que Jesús tenía que hacer.

También nosotros somos cristianos que amamos a nuestro Señor fervientemente. Podemos obrar por él, y podemos señalar con orgullo y satisfacción un impresionante pasado de servicio prestado a su causa. Podemos también alegrarnos de que los diablos se nos sujeten en nombre de Cristo y de que Satanás caiga del cielo como un rayo ante nuestra palabra. Pero ¿es posible también que sin saberlo estemos en la misma situación de confusión espiritual en la que estaba Pedro, en aquel día en el que el Señor le dijo: "Quítate de delante de mí, Satanás"?

Si fue posible para el sincero, entrañable y encantador discípulo el prestarse ciegamente a las estrategias del enemigo, quizá no sea menos posible que nosotros lo hagamos. El que tan indeseable epíteto pueda o no aplicarse a nosotros, depende de la actitud de nuestro corazón ante la cruz.

"El que piensa estar firme, mire que no caiga". Lo mismo que los discípulos, estamos en necesidad de acercarnos más aún a Jesús, a fin de oír su siguiente lección sobre el significado de la cruz.

 

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Segunda lección de Jesús sobre la cruz

(Índice)

Pedro debió sentirse acongojado al reflexionar sobre su conducta. De hecho, había osado reprender a su Maestro, incluso le había puesto sus manos encima, como si se tratara de otro pescador cualquiera a quien era necesario hacer entrar en razón.

Un grupo estupefacto y profundamente impresionado de personas oía por primera vez a Jesús exponiendo claramente la ley del reino de los cielos. Aquí encontramos la verdadera esencia de lo que significa seguir a Cristo:

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos: 'Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará'" (Mat. 16:24 y 25).

Es como si, en efecto, hubiera dicho: 'Os sorprende que yo, el Hijo de Dios, tenga que ir a la cruz y morir. No sólo eso, sino que vosotros mismos, cada uno de vosotros, si verdaderamente me seguís, os habréis de someter a la muerte sobre esa cruz conmigo'. Eso nos incluye a todos. ¡La ley de la cruz se aplica por igual a todos nosotros!

"El que quiera", nos incluye a todos

Ni siquiera Dios estuvo exento. ¡Cuánto menos el hombre! En la eternidad insondable, antes que existiera el pecado, el Padre y el Hijo tomaron un acuerdo solemne según el cual, si el hombre pecaba, el Padre entregaría a su Hijo, y el Hijo se entregaría a sí mismo a fin de salvar al universo de la ruina del amor al yo, de buscar el interés propio.

Finalmente, Dios compartiría su trono con todos los que eligiesen aceptar la cruz de Cristo. Para él se trataba de arriesgarlo TODO en una dramática expresión de su amor, revelando profundidades y alturas de él no imaginadas hasta entonces, ni siquiera por los seres creados que nunca pecaron. Se trataba de la cruz de Dios.

Quienquiera seas, si sigues a Jesús, tomarás tu cruz. No hay necesidad alguna de que te hagas sacerdote, monje, obispo, pastor, misionero, ni siquiera dirigente religioso, anciano o diácono en tu congregación, a fin de quedar incluido en ese "el que quiera" que de otra manera, habría de perder "su vida". La semilla que procura salvar su vida, la pierde; sólo aquella que muere en la tierra lleva mucho fruto. Ahí está la esencia y principio sobre los que se funda mi reino, dice Jesús.

No es maravilla que al surgir el pecado en desafío hacia el gobierno de Dios, centrara su ataque en ese principio de la entrega del yo en la cruz. En la guerra que siguió, el amor divino no diseñó otro camino para vencer, excepto precisamente el camino de la cruz. El amor supremo lo dispuso así debido a que constituye la perfecta expresión de su carácter. El Hijo de Dios no tomaría ningún otro camino que no fuese la entrega y sometimiento a la cruz.

Allí donde el amor genuino (ágape) se enfrente al problema del pecado, se erguirá una cruz en la cual queda crucificado el yo. Ninguna decisión del Padre podía igualar la de entregar a su Hijo unigénito. "Tanto amó Dios al mundo". Hasta ese punto.

En la eternidad insondable, el Cristo eternamente preexistente selló ese pacto según el cual vendría a ser el Cordero de Dios. Dado que su corazón era la despensa infinita del amor en su esencia más pura, escogió ese camino. Así, tu Salvador fue el "Cordero que fue muerto desde la creación del mundo" (Apoc. 13:8).

Cuando hace hoy morada en el corazón de alguien, el amor divino toma el mismo camino al enfrentarse al problema del pecado. El principio que conduce a la victoria es el mismo, sea el Creador quien contiende contra el pecado, o seamos tú y yo.

El niño Jesús descubre la cruz

La verdad de la cruz queda maravillosamente ilustrada en la experiencia de Jesús viniendo a esta tierra. Aunque era plenamente humano, "tentado en todo según nuestra semejanza", su corazón estaba libre de pecado; era puro. En ese preciso estado permaneció siempre –maravilla de maravillas– la despensa del amor (ágape). En ese respecto, difería de cualquier otro ser humano que haya nacido en este mundo. Él fue el único que no conoció pecado, que no cedió nunca al egoísmo en ninguna forma, a pesar de que la tentación a la indulgencia del yo fue para él tan real como lo es para cada uno de nosotros.

No obstante, no debemos suponer que en su niñez en esta tierra, a su memoria consciente le asistiese ningún recuerdo de su preexistencia. Como el auténtico bebé que era en los brazos de su madre, en aquel establo de Belén, no poseía inteligencia consciente más allá de la que tienen los recién nacidos. No podía apreciar la adoración de los pastores ni de los magos de Oriente más de lo que hubiera podido hacer otro bebé en sus condiciones. En su niñez en Nazaret, ¿maravilló a José y María con impresionantes relatos de las glorias del cielo que conoció en su preexistencia allí? ¿deleitó a sus compañeros de juego con revelaciones de su anterior puesto como Comandante de las huestes angélicas, tal como hace el niño con la fortuna de haber sido educado en la gran ciudad, al informar a sus rústicos compañeros del pueblecito que visita después?

No. Como niño, Jesús aprendía sabiduría tal como nosotros la hemos de aprender. "Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Luc. 2:40 y 52). Lo sorprendente en Jesús es su nacimiento, Dios hecho carne, sujeto a las leyes humanas del crecimiento mental y físico tal como lo estamos nosotros, "pero sin pecado". Ciertamente no nació con una memoria milagrosa de su preexistencia divina. Todas esas divinas prerrogativas las había depuesto voluntariamente.

Doce años: edad clave

Cuando el niño o la niña alcanzan esa edad, su mente es ya capaz de albergar los más profundos pensamientos. Se formaron ya sus esquemas de la toma de decisiones, que influirán en el curso de toda su vida posterior.

Jesús tenía doce años al acudir por primera vez a la fiesta nacional de su pueblo conocida como la Pascua. Por vez primera contemplaba el tan renombrado templo y observaba a los sacerdotes vestidos de blanco depositando la víctima sacrificial ensangrentada sobre el altar. En actitud de reverente escudriñamiento, su tierna mente captó el extraño simbolismo de esa ofrenda de un cordero inocente. Nadie podía explicarle lo que significaba, ni siquiera los propios sacerdotes, quienes musitaban frases y efectuaban rituales cuyo significado les era oculto a ellos mismos. Durante cuatro mil años, los siervos de Dios habían ofrecido la sangre de inocentes animales como expiación por el pecado. Nadie tenía respuesta a los "porqué" de su joven mente. No había "carne ni sangre" capaz de revelarle el misterio del sangriento sacrificio. ¿Es posible que "la sangre de los toros y de los machos cabríos" –debió preguntarse Jesús– quite el pecado?

Repetición, en la tierra, de una oración pronunciada en el cielo

Hasta en su niñez tuvo Jesús que caminar en la soledad. Se apartaba de la conversación frívola y de los juegos vanos de sus compañeros. Ni siquiera papá y mamá en la tierra podían ayudarle. Solo y en silencio, meditaba absorto en esa escena de la sangre derramada que tan profundamente le había impresionado. Pablo nos refiere lo que ocurrió en su mente al llegar a comprender que la sangre de los machos cabríos, becerros y corderos no podía expiar el pecado del hombre. No sólo en el cielo, antes de venir a nacer en esta tierra, sino también postrado de rodillas, en los tiernos años de su humanidad, hizo una determinación y comprometió su corazón según el pacto que había hecho en el cielo:

"Por lo cual, entrando en el mundo dice: 'Sacrificio y ofrenda no quisiste, mas me diste un cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron'. Entonces dije: 'He aquí vengo, Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí'" (Heb. 10:5 al 7).

Es como si hubiera orado así: 'Padre, ¡tú no necesitas todo ese torrente de sangre de animales! No te complaces en ello, puesto que todos los sacrificios juntos no pueden limpiar de pecado ni siquiera un solo corazón humano. Pero me has hecho lo que soy, ¡me has dado un cuerpo que puedo entregar! Poseo sangre que puedo derramar. Heme aquí, Padre, ¡permite que sea el Cordero de Dios! Moriré por los pecados del mundo. Mi sangre será la expiación. Seré ese "Siervo sufriente" señalado por Isaías, sobre el que el Señor ponga la iniquidad de "todos nosotros". Déjame ser herido por las transgresiones de los hombres, molido por sus iniquidades. Permite que por mi llaga sean sanados. ¡Aquí estoy, para hacer tu voluntad, oh Dios mío!'

Pablo añade que Jesús quitó las ofrendas simbólicas del Antiguo Testamento y en su lugar estableció la ofrenda real de sí mismo:

"Y diciendo luego: 'He aquí, vengo, Dios, para hacer tu voluntad', quita lo primero para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre" (Heb. 10:9 y 10).

El profundo amor (ágape) de un niño

Ninguna memoria de su preexistencia podía interpretar para Jesús el solemne significado de ese misterioso servicio de Pascua. No le era dado recordar aquel trascendente pacto hecho con el Padre eterno antes que el mundo fuera, aquel "consejo de paz entre los dos" (Zac. 6:13), cuando el Hijo se ofreció como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su mente juvenil, su mente pura e incontaminada, discernía gradualmente el significado de lo que contemplaba.

Se persuadió de que esos corderos y sacrificios eran "incapaces de hacer perfecto, en su conciencia, al adorador" (Heb. 9:9), y de que "la ley es sólo una sombra de los bienes venideros, no las realidades mismas. Por eso nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen de continuo cada año, dar la perfección a los que se allegan" (Heb. 10:1).

Esto es la sombra o símbolo, razonó. Alguien inocente, sin pecado, santo y libre de contaminación ha de morir como Cordero de Dios, si es que han de ser alcanzados los corazones humanos. Un auténtico y divino sacrificio ha de poner fin de una vez a la vana repetición de los tipos y sombras que lo simbolizan.

Tal conclusión se les había escapado a los sacerdotes y a los instruidos del pueblo de Israel por milenios. Ahora, aquello que otros habían presenciado innumerables veces "sin discernir el cuerpo del Señor", lo contemplaba un niño de doce años, discerniéndolo. En su alma juvenil surge esa fuerza irresistible de la firme determinación. Esas pobres almas, procurando en vano la salvación mediante esfuerzos humanos, no habían de ser abandonadas a lo que probaría finalmente no ser más que una quimera sin esperanza. Se ofrecería él mismo en sacrificio. "Esperamos justicia, y no la hay; salvación, y se alejó de nosotros". El muchacho de doce años "lo vio, y le desagradó, porque pereció el derecho. El Señor vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien intercediese. Y lo salvó su brazo, lo afirmó su propia justicia" (Isa. 59:11, 15 y 16). "Cristo... por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios" (Heb. 9:14).

¡Contempla ese amor desbordante! Morando en carne humana, un joven en sus años tiernos, que desconoce su pasado –excepto por la fe en la Palabra Escrita–, toma la misma determinación que tomó como Comandante supremo de las huestes celestiales en aquel concilio, antes que el mundo fuera. Elige el camino de la cruz.

El único camino que permite la salvación de nuestra vida

Cuando el amor (ágape) de Dios está vertido en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que nos es dado, escogemos el camino de la cruz tan prestamente como lo hizo el Hijo de Dios en aquel concilio celestial, y de nuevo siendo un niño de doce años en el templo de Jerusalem. Invariablemente, sea en el corazón del Hijo de Dios, o en el del pecador arrepentido, significa resurrección (la cual forma parte del principio tanto como la crucifixión). Hay ahí buenas nuevas de gran gozo: "El que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará" (Juan 12:25).

La cruz de Cristo es también la cruz en la que morimos con Cristo tú y yo, tal como hizo el ladrón arrepentido.

En el Calvario había una tercera cruz, pero no hubo en ella redención para el ladrón impenitente que murió sobre ella. Se vio atrapado en un sufrimiento y muerte a los que nunca se sometió. En total rebeldía, maldijo su suerte y maldijo a Dios amargamente, y pereció. ¿Nos rebelaremos contra el principio de la cruz, siguiéndole hacia las tinieblas eternas?

Nuestra cruz se convierte en "ligera" al contemplar esa cruz en la que murió nuestro divino Ejemplo. "Mi yugo es fácil", te dice el Crucificado. Al comprender su cruz somos capacitados para llevar la nuestra con gozo.

 

Al contemplar la magna cruz
donde murió el Príncipe de gloria,
doy por pérdida mis más caras posesiones,
y aborrezco mi orgullo.
Si pudiese ofrecerle el mundo entero,
sería para él un tributo demasiado pequeño.
Un amor tan sublime, tan divino,
demanda mi vida, mi alma, mi todo.

                                                                                            Isaac Watts

 

6

¿Quién es el "viejo hombre" crucificado con Cristo?

(Índice)

Una maravillosa joven cristiana enfermó de repente, quedando ciega. Estaba en su lecho del dolor, intentando discernir el significado de su tragedia, cuando su bien intencionado pastor la llamó para confortarla.

'Querida hermana, ¡Dios le ha dado esta cruz!' –le dijo.

¿Cómo te sentirías si alguien te dijera que algún infortunio que te haya sobrevenido sea precisamente tu cruz? Quizá te sentirías tentado a manifestar resentimiento contra Dios por haber interferido de ese modo en tus planes y en tu vida.

Nadie en su sano juicio elegiría de forma voluntaria los dolores que comúnmente afligen a la humanidad, y que tan a menudo hemos supuesto que constituyen nuestra cruz. La cruz que el Salvador nos invita a tomar ha de llevarse voluntariamente, como sucedió con la que él mismo tomó. Nadie elegiría ser ciego, cojo, parapléjico ni pobre. Aunque, desde luego, es bueno sobrellevar tales circunstancias con buen ánimo, esa paciencia y resignación no alcanzan al cumplimiento del principio de la cruz, tal como Jesús lo enseñó.

Más que cualquier otro de los apóstoles de Cristo, Pablo reconoció el tremendo impacto de la cruz en la naturaleza humana. No sólo había sido bien instruido en el pensar judío, sino que era igualmente conocedor de los grandes conceptos filosóficos griegos. La sorprendente idea de la cruz afectaba de forma diversa a judíos y griegos. Para los unos era "tropiezo", y para los otros "necedad" (1 Cor. 1:23).

Hoy no es mejor recibida

No es maravilla que los griegos vieran la cruz como "necedad", desprovistos como estaban de esa luz que los judíos debieron haberles proporcionado. Los griegos tenían una palabra para el "yo": ego. Pero no tenían la menor idea en cuanto a qué hacer con el egoísmo. Cuando Pablo irrumpió manifestando que el "yo" debía ser crucificado, para ellos era sencillamente un sin-sentido.

Por otra parte, la idea de la cruz era repugnante para los judíos debido a que ignoraban ciegamente –y de forma inexcusable– la naturaleza de la psicología humana. Si hubiesen prestado atención al significado de los servicios de su propio santuario, habrían reconocido en la expiación de Cristo la perfecta respuesta a las necesidades universales de la naturaleza humana. Pero al respecto, su ignorancia era patética.

Familiarizado como estaba con la filosofía griega, Pablo tuvo ocasión de constatar que "los hijos de este siglo [los griegos] son más astutos con sus semejantes que los hijos de luz" (Luc. 16:8) por cuanto en el fondo reconocían que la naturaleza humana necesitaba algo que ninguna de las religiones del mundo antiguo era capaz de proveer. "Los griegos buscan sabiduría", dijo Pablo (1 Cor. 1:22). Ahora bien, Pablo sabía que en el principio de la cruz radicaba la sabiduría que ellos buscaban en vano, y que la inconsciente reprensión de la naturaleza humana había oscurecido.

Pablo expone el significado de la cruz

Nada hay en el Nuevo Testamento que pretenda ser una presentación sistemática y exhaustiva de la enseñanza de Pablo sobre la cruz a su audiencia en Asia Menor. Todo cuanto tenemos es una buena colección de cartas, aunque ninguna de ellas contiene lo que podríamos definir como una transcripción de esas ideas mediante las cuales se había "trastornado el mundo entero" (Hech. 17:6). Lo que podemos encontrar en esas cartas son las evidencias y los conceptos dinámicos que marcaron una gran división en la historia.

Brilla con claridad la idea vívida de la cruz como única manera de cambiar la conducta humana egoísta. Podemos ver sus exposiciones más claras en las epístolas a las iglesias en Roma y Galacia:

"¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque fuimos sepultados junto con él para muerte por medio del bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en nueva vida... Sabiendo que nuestro viejo hombre fue crucificado junto con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no seamos más esclavos del pecado. Porque el que ha muerto, queda libre del pecado" (Rom. 6:3 al 7).

"Porque por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gál. 2:19 y 20).

¿Quién es en realidad esa extraña figura: "nuestro viejo hombre"? ¿Es Satanás? Difícilmente, puesto que nunca accedería a estar crucificado junto a Cristo, ni Dios lo forzaría a tal cosa.

¿Es nuestra "naturaleza humana"? Pablo empleó también otro término para referirse a ella: "carne de pecado" (Rom. 8:3). Por supuesto, nada hay de pecaminoso en la carne, físicamente hablando, en el sentido de cuerpo. "Carne pecaminosa" es similar a "naturaleza pecaminosa". No son en sí mismas pecado. Al ceder a sus clamores, entonces desarrollamos la "mente de pecado".

Pero la idea de Pablo sobre el "viejo hombre" va más allá de lo que significa nuestra "naturaleza pecaminosa". Él no se refiere simplemente a la maldad que aflora al exterior. Podría bien tratarse también de lo que tenemos por bueno, siendo que carecemos de una comprensión correcta de nuestra condición espiritual. Es muy fácil la confusión, y la tentación a pensar que hay en nosotros una parte buena –que no necesita ser crucificada–, cuando en realidad nuestra completa naturaleza está impregnada del amor al yo. El resultado de caer en esa confusión es la jactancia de hoy, por suponer que la "naturaleza pecaminosa" está crucificada, y la sorpresa de mañana, al constatar que el "viejo hombre" está perfectamente vivo, asomándose sin cesar por entre las cortinas de la fachada del yo.

La raíz de nuestro problema

Podría superficialmente pensarse que, puesto que nuestra "naturaleza pecaminosa" se revela en actos pecaminosos externos, la necesaria crucifixión del "viejo hombre" debería consistir en la mortificación de esos actos de pecado. Pero Jesús enseñó que es el mal pensamiento o deseo acariciado, no meramente el acto externo, lo que constituye el pecado. El odio consentido en el corazón, incluso en ausencia de cualquier acto violento, es homicidio (1 Juan 3:15). La naturaleza pecaminosa tiene su base en el amor al yo. Es lo que David expresó en el Salmo 51:5: "En maldad nací yo, y en pecado me concibió mi madre".

Por lo tanto, pecado no es sólo aquello que hacemos, sino aquello que somos. Correctamente comprendido, es "transgresión de la ley" (1 Juan 3:4), o más exactamente, anomia, es decir, odio o aversión hacia la ley y por lo tanto hacia Dios. Abarca mucho más que los meros actos externos. El primer pecado tuvo lugar cuando el "yo" resultó acariciado en el corazón de Lucifer. El último pecado que el hombre debe vencer es precisamente ese mismo.

En la búsqueda del concepto de "viejo hombre", nos encontramos con otro término que hay que comprender: ¿En qué consiste el "cuerpo del pecado" que resulta deshecho al ser crucificado el "viejo hombre"? ¿Es lo mismo que el cuerpo pecaminoso?

Sabemos que las demandas físicas de nuestro cuerpo se pueden manifestar en actos de pecado. ¿Significa eso que los deseos del cuerpo –o bien los instintos– son en sí mismos pecado? A fin de deshacer el "cuerpo del pecado", ¿debemos reprimir continuamente los deseos de nuestro cuerpo?

El "cuerpo del pecado" no es nuestro cuerpo físico, sino la raíz o fuente del pecado, de la misma forma en que el "cuerpo" de este libro es el texto contenido entre las dos tapas. La entidad del "viejo hombre" es de tal magnitud, que una vez crucificado, el "cuerpo del pecado" en el que se origina, resulta destruido.

¿Quién es el "viejo hombre" crucificado con Cristo?

Pablo mismo responde esa pregunta. En Romanos, el "viejo hombre" es crucificado con Cristo. En Gálatas, lo que está crucificado con Cristo es el "yo". Por lo tanto, el "viejo hombre" es sencillamente el "yo", el ego. El yo pecaminoso.

La verdad resultaba tan simple y clara para Pablo, como la luz del sol: El amor al yo es el origen de todo pecado; y el yo no puede manejarse con medidas como castigo o reprimenda, y menos aún ignorándolo. Debe ser crucificado.

A partir de ahí, hay solución para el problema del pecado, pues al atacar a su mismo origen –"cuerpo del pecado"–, lo vencemos desde su base. Si le cortas las raíces, el árbol muere. "El que ha muerto, queda libre del pecado" (Rom. 6:7). Si se lo comprende y acepta, el principio de la cruz resolvería los conflictos de la mente del hombre en nuestro mundo moderno, tanto como en el mundo griego de los días de Pablo.

¿Cómo resulta crucificado el yo?

Ese concepto habría resultado algo remoto e inalcanzable, de no ser por la lección ejemplar provista para mostrar cómo lograrlo. La cruz de Cristo es esa demostración. El yo no puede ser jamás crucificado por uno mismo; ha de ser crucificado con Cristo.

De hecho, el sacrificio del yo con Cristo resulta para el corazón del que cree algo tan natural como el dar las gracias a alguien que nos hace un favor. El camino de la cruz no es difícil, en la medida en que contemplamos al Cordero de Dios en su cruz. Ver a Cristo crucificado, comprender su significado, hace que el yo sea crucificado con él. "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Juan 12:32).

Por lo tanto, la estrategia favorita de Satanás es rodear la cruz de Cristo de una confusión tal que dejemos de comprender lo que allí pasó. Una vez logrado eso, tiene libertad para hacernos creer que es imposible que llevemos nuestra cruz: '¡Qué absurda idea, la de la cruz, en un mundo de competitividad como el actual! ¿Cómo vas a crucificar el yo? Nada puedes hacer, excepto rendirte a la popular y universal idea del amor al yo. ¡Afirma tu ego! ¡Avanza! ¡Pisa a los demás, si es necesario!' El enemigo nos bombardea a diario de ese modo.

Si la cruz de Cristo queda oculta, Satanás triunfa. Sin una visión clara de Cristo crucificado, nada podemos hacer, excepto sucumbir al amor del yo.

Pero permitamos que la cruz emerja deshaciendo la bruma, y se vuelve "poder de Dios" (1 Cor. 1:18) para todo el que la aprecie en su valor.

La verdad en su claridad

Dios no lucha contra el pecado mediante métodos rebuscados u oscuros. Su plan es simple y directo. De hecho, también el pecado es básicamente algo simple: la indulgencia en el amor al yo. Aunque arrodillado ante el trono de Dios como "querubín grande, cubridor" (Eze. 28:14), Lucifer no quiso amar o apreciar los principios de la negación del yo propios del carácter de Dios. Su corazón se exaltó ante su propia belleza, y su brillante sabiduría vino a corromperse (vers. 17). Esa falta de aprecio del carácter de Dios es lo que la Biblia llama "incredulidad". Es la precondición del pecado. A partir de esa raíz en el corazón de Lucifer, se desarrolló todo el orgullo y pasión del pecado, tal como hoy los conocemos.

El "hombre viejo", ese "yo", ese ego consentido, muere con Cristo cuando se aprecia debidamente el amor revelado en la cruz. Cristo vino en nuestra carne, en la tuya y en la mía. Cristo enfrenta nuestro problema de la vida precisamente como lo enfrentamos nosotros. Directamente desde la situación en la que nosotros estamos, su sinceridad, su pureza, su ausencia de egoísmo, su amor, su sometimiento voluntario, lo llevaron a la cruz. Tomó las materias primas de nuestra vida actual y a ello añadió el ingrediente del amor (ágape). El resultado: su cruz.

Cristo crucificado significa tú mismo crucificado, si recibes ese tipo de amor. Si lo posees, no podrás evadir la cruz por más tiempo de lo que él pudo hacerlo. Cuando comprendes que él vino en tu carne, que tomó tu lugar en tu situación particular en este momento, puedes ver cómo el amor avanza de pleno por la senda que lleva a la cruz.

Con la misma naturalidad con que te sientes agradecido al recibir un favor de alguien, tu corazón responderá con una profunda y genuina contrición. Todo tu increíble amor al yo aparecerá entonces revelado en su desnuda fealdad. Como ante la luz ultravioleta, todos los motivos de tu corazón resultarán entonces expuestos en un modo muy diferente al que antes los habías percibido. No es ninguna predicación la que logró eso, sino algo que tú mismo has visto. Lo que viste ante esa luz especial es tu "yo" real, ese yo desprovisto de amor. Desde la cruz brilla una luz que ilumina tu alma con focos provenientes del cielo, y por fin te estás viendo a ti mismo tal como te ven los seres puros del universo no caído.

Ahora parece como si cada fibra y cada célula de tu ser estuviera saturada del pecado del amor al yo. Quisieras poder esconder el rostro. Pero cuando la extraña luz de ese amor baña tu alma, resulta consumida toda raíz de orgullo y egoísmo. El sentimiento de culpa que embarga tu corazón te aplastaría literalmente, de no ser porque Cristo lleva ya esa carga de tu culpabilidad en su cruz. Nunca eres crucificado solo, sino que eres crucificado con él. Tú vives, pero el "hombre viejo" muere. Tu amor al yo, tu orgullo, tu vanidosa satisfacción de ti mismo resultan hechos añicos. En realidad, no hay término más apropiado que éste: crucificados.

Y esa es la obra de conquistar el pecado

No es ofrenda o penitencia. No es peregrinaje a Roma, ni flagelación o duelo, no es mortificación luchando uno por uno contra cada mal hábito, mientras vas elaborando una lista de logros o "progresos". "El que ha muerto, queda libre del pecado". Así lo efectúa la expiación de Cristo, y ninguna otra cosa en el universo lo podría hacer.

Lo mejor que puede hacer cualquier otro supuesto remedio para el problema del egoísmo es eliminar los síntomas en un lugar, mientras que florecen inevitablemente en otro, para nuestra desesperación. Por tanto tiempo como la raíz –el "cuerpo de pecado"–quede intacta, podemos cortar cuantas ramas queramos, y el amor al yo seguirá llevando inexorablemente su amargo fruto de pasión, ansiedad, pesar, envidia, codicia, y toda forma sutil y refinada de orgullo.

Pero Cristo, habiendo sido levantado ante ti en su cruz, te ha atraído a sí mismo. Sientes esa poderosa atracción. Considéralo bien, pues se trata del poder del amor. Es más poderoso que todas las fuerzas de la naturaleza unidas. Es el principio del libre universo de Dios. Contémplalo por ti mismo, aprécialo desde tu intimidad personal. ¡No tienes por que fiarte de la palabra de nadie!

 

 

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La inesperada reaparición del viejo hombre

(Índice)

Si es que Cristo no murió en vano, sus seguidores habrán de brillar en las tinieblas de este mundo, como estrellas en la oscuridad del firmamento. Estarán libres de la maldición del egoísmo.

Pero al mirar lo que nos rodea, y al mirarnos a nosotros mismos, comprobamos frecuentemente que el pecado es "vencido" en niveles inferiores, sólo para reaparecer en los superiores. Vuelve a florecer el egoísmo; disfrazado y refinado, pero no menos perverso. Las patéticas pretensiones de "santos" que olvidaron que eran pecadores, han venido a ser un escándalo y reproche, y significan mucho de lo que el mundo da por "cristianismo". ¿Verdad que no es difícil imaginar la embarazosa situación en la que debe verse a menudo Cristo?

La solución a ese problema la encontramos en la clara enseñanza de Jesús acerca de la cruz: "Decía a todos: 'Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame'" (Luc. 9:23). La razón por la que Cristo nos dice que tomemos nuestra cruz cada día es porque el "viejo hombre" que fue crucificado ayer, reaparece hoy en una nueva forma. Su verdadera identidad nunca es plenamente aprehendida por el creyente sincero.

Lo que hoy percibimos como el "yo", puede ser correcto, y nuestra experiencia de renunciar a él y crucificarlo pude ser hoy genuina. Pero cada una de las victorias sucesivas es una batalla superada; no es la guerra misma. El "viejo hombre" reaparece diariamente con un disfraz más sutil e inesperado, en una forma más elevada. De ahí la necesidad de tomar la cruz cada día, tal como Jesús dijo.

¿Podemos llegar a no tener que tomar la cruz?

Si respondemos afirmativamente, nos hacemos mejores que Jesús mismo, ya que él tuvo que luchar la batalla cada día de su vida. "No busco mi voluntad", dijo a propósito de su conflicto diario, "sino la voluntad del que me envió" (Juan 5:30). Jesús nunca nos pediría que lo siguiéramos tomando nuestra cruz cada día, a menos que él también la tomase diariamente. "El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor" (Mat. 10:24).

No es sólo en esta vida que habremos de llevar diariamente nuestra cruz. Incluso en la eternidad, el principio de la renunciación, simbolizado por la cruz, motivará la conducta de los redimidos, y esa cruz será ciertamente su estudio por las edades sin fin. El libro de Apocalipsis expone que, cuando ya no haya más pecado, Cristo seguirá ostentando su título como el Crucificado: el "Cordero". Él es el templo en la nueva Jerusalem, y procediendo del trono del Cordero, mana ese río de agua de vida. El trono de Dios es el trono del Cordero (Apoc. 21:22; 22: 1 y 3). El amor que tan ampliamente se demostró en la cruz, será por siempre reconocido como el principio del gobierno de Dios, y fluirá hacia todo el universo en incesantes rayos de luz, vida y felicidad.

Ese amor desprovisto de egoísmo que manifestó Cristo en la cruz, morará en cada corazón, y esa es la razón por la que el pecado no volverá jamás a surgir. Si el amor al yo volviese a surgir en algún corazón de los habitantes del universo, la esencia misma del pecado estaría allí de nuevo, y habría de repetirse la triste guerra universal. Gracias a Dios, eso nunca sucederá. "La tribulación no se levantará dos veces" (Nahum 1:9). Llevando ahora nuestra cruz cada día, comenzamos a vivir ese principio supremo de vida eterna. En realidad, la vida eterna comienza ahora.

El "viejo hombre" asume nuevas formas

Puesto que la orden de Jesús de tomar nuestra cruz cada día es necesaria debido a la resurrección diaria del "viejo hombre", haremos bien en prestar atención a las nuevas formas en las que éste vuelve a aparecer día a día.

· El "viejo hombre" puede ser un "yo" culto, educado, refinado y honorable.

· Puede tener excelentes gustos en arte, literatura y música, y moverse en los círculos más selectos. Pero no hay ninguna diferencia entre lo que concebimos como el reprobable "viejo hombre" y ese cultivado y orgulloso ego, excepto que el segundo es mucho más difícil de subyugar y someter a la cruz.

· El "viejo hombre" puede estar dedicado a las buenas obras en su familia o comunidad.

· Puede ostentar responsabilidades administrativas, figurar en clubes altruistas, estar dedicado a toda clase de buenas obras, mientras que deja de apreciar la mejor obra. Los políticos hacen muchas cosas buenas, y entre ellos hay muchos buenos hombres y mujeres. Pero cuán a menudo el aprecio de las personas es el ansiado fin, y el orgullo viene a ser la recompensa de sus labores. Triunfa el "viejo hombre".

· La forma más sutil que asume el "viejo hombre" es la religiosa. El orgulloso y pecaminoso ego encuentra su expresión en oraciones pías, exhortaciones y predicaciones. El orgullo espiritual no hace más que acrecentarse a consecuencia de los sacrificios llevados a cabo por el yo.

· De hecho, nadie hay tan expuesto a la sutil resurrección del "viejo hombre" como el ministro del evangelio. El desempeño de sus tareas, hasta incluso el así llamado evangelismo, pueden transformarse en las más mortíferas trampas que aparten realmente de las huellas de Cristo, en caso de no someterse diariamente al principio de la cruz.

· Toda la obra hecha en el "yo" tiene un significado siniestro, ya que es la pecaminosa expresión del egoísmo del "viejo hombre".

Esa es la razón por la que el Señor Jesús se verá obligado a revelar trágicos y monumentales engaños en el día postrero: En aquel día muchos me dirán: 'Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?' Entonces les diré: '¡Nunca os conocí! ¡Apartaos de mí, obradores de maldad!' " (Mat. 7:22 y 23). Obraron maldad debido a que fue el yo quien obraba.

Todo cuanto puede hacer el yo: el pecado que lleva a la muerte

Dado que el mensaje de la cruz es "poder de Dios" (1 Cor. 1:18), toda predicación que niegue el principio de la cruz no puede ser otra cosa más que un intento de irrupción por parte de Satanás, mediante el "viejo hombre" como su agente.

Cuando es el yo quien obra, el "viejo hombre" se siente seguro de que lo ha estado realizando en el nombre de Jesús, lo que explica la perplejidad de los "muchos" que creyeron haber hecho todas aquellas buenas cosas "en tu nombre" (de Jesús).

Esos muchos a quienes el Señor niegue para siempre conocer en el día postrero, constituyen un grupo digno de lástima. ¡Se sintieron siempre tan seguros de estar sirviendo a Cristo! Alabaron prestamente al Señor por las maravillas realizadas, sin apercibirse de que su confianza estaba basada en los resultados que ellos creyeron ver. Vieron su obra en lugar de ver a Cristo. El "viejo hombre" actúa por vista, no por fe.

De buen grado alabaron al Señor por la maravillosa obra que realizaron, pero no discernieron el orgullo escondido en su acariciado sentimiento de que el Señor tuvo la fortuna de poder disponer de ellos para la realización de su obra. El engaño reviste en ocasiones un carácter tan cruel, que hasta "los mismos escogidos" resultan penosamente tentados.

Jesús sabía de esa sutil tentación cuando previno amorosamente a los discípulos contra el insidioso orgullo de la obra espiritual. Cuando "los setenta volvieron con gozo, diciendo: 'Señor, ¡hasta los demonios se nos sujetan en tu Nombre!'" (Luc. 10:17), la mente de Jesús fue rápidamente hasta el pecado original en el corazón de Lucifer, cuando éste era un ministro en el cielo, un "querubín cubridor".

Comprendió inmediatamente con qué facilidad la excitación producida por el gran éxito de los discípulos podía convertirse en el orgullo de Lucifer. "Les dijo: 'Yo veía a Satanás, que caía del cielo como un rayo... no os alegréis de que los espíritus se os sujeten, antes alegraos de que vuestro nombre está escrito en el cielo'" (Luc. 10:18 al 10). Si los pastores, evangelistas, obispos y otros responsables en la iglesia prestasen mayor atención a las palabras de Jesús, ¡cuántos obreros sinceros no resultarían capacitados para vencer la engañosa seducción del orgullo ministerial!

Pablo, consciente de ese peligro

Así lo muestra su convicción de que el confeso fracaso de la "obra" de alguien, antes del día final, permitirá que "él mismo [sea] salvo, como quien escapa del fuego" (1 Cor. 3:15). Sólo mediante la experiencia de humillar el corazón ante Dios, puede uno resultar capacitado para edificar sobre fundamento de "oro, plata [y] piedras preciosas", que resista el "fuego" del juicio (vers. 12 y 13).

Todo fundamento que no sea Jesucristo, resultará ser madera, heno y hojarasca (vers. 12). Dijo George MacDonald: "Nada salva tanto a un hombre como el que se queme su obra, excepto si tal obra fue realizada de modo que resista el fuego" (Unspoken Sermons, p. 147).

· Al "viejo hombre" le resulta muy natural codiciar los honores que derivan del servicio religioso, especialmente en el seno de una comunidad que profese ser "el Israel espiritual". En un ambiente tal, la procura de la fama y honor mundanales se considera ya "crucificada", no quedando resquicio alguno para gratificar el deseo humano de preeminencia, en el sentido profano, terrenal. Entonces, si el "viejo hombre" no es crucificado cada día, sus deseos de notoriedad resultan sublimados en un anhelo por convertirse en un dirigente reverenciado en el ámbito de su comunidad religiosa. Cuanto más prestigio y esplendor posea la iglesia, más expuestos resultan sus "profetas" a caer en la engañosa trampa de las modernas formas de adoración a Baal: la adoración al yo, disfrazada de adoración a Cristo.

La engañosa sutilidad del polimorfo "viejo hombre"

· Otra manifestación que es capaz de asumir el "viejo hombre" consiste en la confianza adquirida al experimentar un sentimiento de glorioso éxtasis, algo percibido como el impulso milagroso de algo sobrenatural obrando en y por nosotros.

· Pocas tentaciones pueden ser más seductoras que la de considerar los milagros como prueba de la bendición de Dios. ¡Cómo podría el "viejo hombre" estar implicado en una manifestación milagrosa! La negación de ese poder milagroso, ¿acaso no sería una negación de Dios? No necesariamente.

El obrar milagros no está fuera del alcance de Lucifer. "Y no es de extrañar, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz" (2 Cor. 11:14). ¿Nos parece estar en condiciones de distinguir sin posibilidad de errar entre la obra genuina del Espíritu Santo y la de ese "ángel de luz"? "El que piensa estar firme, mire no caiga" (1 Cor. 10:12).

Nuestro Salvador nos hace la amorosa advertencia: "Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, para engañar, si fuera posible, aún a los elegidos" (Mat. 24:24):

· Las respuestas a las oraciones pueden parecer evidencia tan incontrovertible del favor especial de Dios hacia nosotros, que nos impidan darnos cuenta de hasta qué punto el "hombre viejo" se está nutriendo del orgullo que parece elevarnos por encima de los demás. El citar nombres de personas ilustres e influyentes de este mundo suele ser un ejemplo frecuente de ejercicio del orgullo, que nos eleva –creemos– por encima de los pobres ignorantes que desconocen a tales personalidades, y que quedan hundidos en la triste envidia.

· El orgullo en las respuestas a las oraciones puede surgir de nuestra creencia, similar a la de los fariseos en su día, de que somos favoritos del cielo; de que somos mejores que la gran masa de la humanidad, a quien creemos privada del honor de esas demostraciones milagrosas. No es fácil discernir el papel que jugó el yo en esa "gloriosa" experiencia.


La cruz como criterio en el juicio final

Observemos nuevamente ese patético grupo de personas que en el juicio se mostrará chasqueado y se quejará así: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Es indudable que siempre asumieron que sus obras fueron hechas en respuesta a sus oraciones elevadas en nombre de Cristo. Oraron, y recibieron evidencia innegable y explícita ante cualquier observador. Pero está claro que quien respondió a sus oraciones no fue en absoluto Cristo, pues finalmente se ve obligado a pronunciar las tristes palabras: "Nunca os conocí" (Mat. 7:22 y 23).

Alguien los conoció, puesto que se trata de hechos milagrosos en respuesta a sus oraciones. Si Jesús declara que no fue él quien los conoció, ¿de quién pudo tratarse?

Sabemos bien que Satanás tiene el poder para aparecer como un "ángel de luz", como un "falso Cristo" que realiza "grandes señales y prodigios". Parecería realmente estar en conexión con el cielo, de tal manera que hasta hace "descender fuego del cielo a la tierra ante los hombres". Pero su verdadero carácter permanece oculto bajo esos milagros. El apóstol Juan añade que mediante las señales que se le permite realizar, "engaña a los habitantes de la tierra" (Apoc. 13:13 y 14). Por lo tanto, los milagros no son prueba de una experiencia genuinamente cristiana.

· Ningún tributo rendido al "hombre viejo" puede resultar tan difícil de reconocer como una experiencia gloriosa y arrobadora, la sensación sublime de hallarse bajo la acción de un impulso sobrenatural. Pero las señales y maravillas se están convirtiendo cada vez más en moneda corriente en las manifestaciones del falso "cristo", o forma moderna de Baal.

Si al yo del "viejo hombre" le es posible florecer en el ministerio mismo de la predicación, tanto más le es dado a Baal el bendecir y prosperar la obra de sus profetas. El "cristo" de nuestros sentimientos, de nuestras emociones, no es infalible. Pero el Cristo de la Biblia, el de la cruz, el Cristo que es la Verdad, es infalible. ¡Jamás hay que confundirlos!

 

La última tentación oculta el engaño
de hacer lo recto por el motivo errado
.

T.S. Eliot, Murder in the Cathedral

 

Cristo, o Satanás. Uno u otro será a la postre el objeto de la devoción de cada corazón. En la gran crisis que se avecina no existe nada parecido al terreno neutral. Puesto que Satanás sabe bien que muy pocos escogerían servirle de forma voluntaria y consciente, recurre a la sofistería de hacer creer que la adoración al yo constituye la adoración a Cristo. Es precisamente la devoción del hombre al yo la que permite a Satanás reclamarlo como su pertenencia, como alguien que eligió adherirse a sus principios. Tal es la esencia y genio del "anticristo".

Se pertrecha astutamente para la fase final del gran conflicto, esperando engullir en sus filas a las multitudes, incluyendo si fuera posible a los "elegidos" mediante la avenida del servicio al yo, bajo la apariencia de servicio a Cristo. Muchos habrá que dejen de discernir que el motivo de su servicio fue, o bien el deseo de recompensa o reconocimiento, o el temor al castigo. Como sucede con las masas volubles en los avatares cambiantes que acompañan a las guerras, estuvieron prestos a entregarse a quien les ofreciese la situación más ventajosa, el poder y la influencia, al margen de una genuina apreciación del carácter de Cristo.

· El "viejo hombre" estará siempre dispuesto a ponerse de parte de quien posee el dominio y la influencia.

Pero Cristo nunca aceptará un servicio tal, basado en la fuerza

Es necesario, por consiguiente, que cada alma sea probada a fin de revelar cuál es el objeto de la profunda devoción de su corazón. La prueba consiste en la forma en la que uno responde al camino de la cruz. Es una prueba que sigue día tras día.

Cuando uno está enfermo o lesionado, los cuidados médicos sabiamente aplicados pueden implicar a veces experiencias dolorosas. Pero nadie en su sano juicio rechazaría ese dolor que es necesario para el proceso de restauración de la salud.

El camino de la cruz es también una experiencia sanadora. El "engaño del pecado" puede hacer aparecer el llevar la cruz como algo desagradable, pero cuando uno es rescatado "de una fosa mortal, del lodo cenagoso", y le son afirmados los "pies sobre la Roca" (Sal. 40:1 y 2), el gozo sucede al dolor tan seguramente como el día sucede a la noche. La Roca es Cristo, y el lodo cenagoso es la confusión constante de ser dominado por el "hombre viejo" del yo y la sensualidad.

¿Estás fatigado a causa de tus temores, de tu ansiedad asfixiante, de la envidia que no puedes evitar sentir hacia los demás, de tu sensación de inseguridad, de tu búsqueda inevitable de la vanidad?

Permite que tus pies se afirmen sobre esa sólida Roca en la que se sostiene la cruz. Tu tristeza se volverá en gozo, y exclamarás: "Puso en mi boca canción nueva, alabanza a nuestro Dios" (vers. 3).

 

El Señor es mi luz. Mi corazón en él confía.
De noche y de día me acompaña su presencia.
Me salva del gran dolor, me salva del pecado.
Bendita paz que el Espíritu trae al alma
.

James Nicholson

 

 

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Tercera lección de Jesús sobre la cruz

(Índice)

Jesús debió sentir la tremenda tentación derivada de su gran popularidad. ¿Cabalgaría sobre la cresta de la ola, hasta llegar a lo más alto en el pináculo nacional del prestigio e influencia?

¿O bien detendría ese movimiento popular mediante el anuncio solemne del sentido auténtico de su mensaje mesiánico: su próximo sacrificio en la cruz?

No se trataba de ningún secreto misterioso, reservado al círculo íntimo de sus discípulos más allegados. En el momento más álgido de su ministerio, cuando "grandes multitudes iban con Jesús", les hizo la valiente proclamación de la misma verdad probatoria. Lucas explica cómo eligió presentarlo; en los términos más claros y comprensibles, ante los oídos atónitos de la multitud:

"Grandes multitudes iban con Jesús, y volviéndose les dijo: 'Si alguno viene a mí, y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y aún a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo'" (Luc. 14:25 al 27).

Es como si les dijera: 'Me alegra que me sigáis, pero ¿estáis seguros de que esa es la elección de vuestro corazón? Seré sincero con vosotros: Soy en verdad el Mesías, pero no el que la expectación y esperanza popular se imaginan. Me dirijo ciertamente al reino de los cielos, pero observad: mi camino discurre por la vía de la cruz. Si me seguís, es imprescindible que sigáis mi camino. En el futuro, muchos van a confundir a Cristo con el dios de este siglo. Quiero asegurarme de que sepáis distinguir al uno del otro'.

Libertad de elección para los oyentes

El tipo de predicación que da al oyente la ocasión de elegir en libertad, no es hoy frecuente. Pero Cristo no temía a las multitudes. Había predicado fielmente la verdad. Tan fielmente, de hecho, que su camino le estaba llevando inevitablemente hacia la muerte. ¿Por qué habría de temer entonces presentar la cruz a las multitudes, y emplazarlas ante una decisión? Sólo aquel que lleva él mismo la cruz puede invitar a otros a hacer lo mismo. ¿Qué necesidad tenía Cristo de recurrir a treta psicológica alguna? El camino de la cruz lo había librado de algo tan vano e inútil como eso.

Está claro que la decisión de aceptar el evangelio conlleva la decisión de aceptar la cruz. Y queda asimismo claro que sólo desde lo profundo del corazón puede tomarse una decisión tal. Eso descarta absolutamente todo lo que pueda parecerse a maniobras coercitivas, en la genuina y sagrada obra de ganar almas. La verdad, en la belleza de su sencillez, no necesita ningún tipo de adorno seductor a fin de hacerla atractiva para el corazón sincero.

De hecho, tales "ayudas" tienen por único efecto el ahuyentar al buscador sincero de la verdad, quien deja de oír la voz del verdadero Buen Pastor en los llamamientos impregnados del "yo", propios del supuesto ganador de almas. Los subterfugios psicológicos y los llamamientos egocéntricos a "tomar una decisión" serán solamente herramienta para quien lo ignora todo sobre el poder de la cruz.

La razón por la cual la cruz "es poder de Dios para salvación", es porque sólo el amor tiene verdadero poder de atracción. "Con amor eterno te he amado, por eso te atraje con bondad" (Jer. 31:3). George Mattheson, autor de la versión inglesa del bello himno "Amor que no me dejarás", hizo el acertado comentario:

"Entiendo aquí la palabra 'atraer' como lo opuesto a 'coaccionar'. Es como si dijese: 'No te fuerzo, precisamente porque te amo. Deseo ganarte por amor'. El amor es incompatible con el ejercicio de la omnipotencia. La ley inexorable puede determinar la órbita de las estrellas, pero las estrellas no son un objeto del amor. El hombre sí lo es; por lo tanto, puede ser gobernado sólo por el amor, tal como el profeta lo expresa: por la atracción del amor. Nada puede resultar un trofeo del amor, excepto por el poder de atracción del amor. La omnipotencia puede someter por la fuerza, pero eso no es una conquista de amor, sino la evidencia de que el amor ha sido frustrado.

Es por ello que el Padre no nos compele a que acudamos a él. Quiere que nos atraiga la belleza de su santidad; por lo tanto, vela todo cuanto pudiera forzar la elección. Oculta las glorias del cielo. Disimula las puertas de perla y las calles de oro. No revela el mar de vidrio. Aparta del oído humano la música de los coros celestiales. Confina al firmamento la señal del Hijo del hombre. Silencia las campanadas de las horas en el reloj de la eternidad. Camina sigilosamente a fin de que el ruido de sus pisadas al aproximarse, jamás pueda conquistar por el miedo los corazones que debieran ser ganados por el amor" (Thoughts for Life's Journey, p. 70 y 71).

Cristo quiere 'atraer' con la cruz, más bien que 'coaccionar' con la corona

Los que se convierten por el poder de la cruz son aquellos que respondieron a la atracción del Padre. En su misterioso proceso de atracción, no busca siervos "de palabra ni de lengua" (1 Juan 3:18), sino discípulos que sigan al Cordero "por dondequiera que va". El poder de atracción está en la verdad, puesto que Cristo es la Verdad. Cuando la verdad resulta clarificada, el poder es invencible. Otra forma de decir lo mismo es que la verdad y el buscador de la verdad están hechos el uno para el otro, y una vez que se encuentran, nada logra separarlos.

Además, el recurso a técnicas psicológicas y emocionales con el objeto de forzar una "decisión" puede atraer a una clase de adherentes que no consta de discípulos, ni de seguidores del Cordero. Si la decisión está basada en el interés propio, no puede ser una decisión de fe. Y "todo lo que no procede de la fe, es pecado" (Rom. 14:23). En la confusión resultante, las verdaderas "ovejas" del Buen Pastor pueden resultar dispersadas, ya que "no siguen al extraño, antes huyen de él, porque no conocen la voz del extraño" (Juan 10:5). Esa puede ser una de las razones por las que tan pocos responden a las invitaciones del evangelio.

Poner una piedra de tropiezo ante los pies de uno de esos "pequeñitos" es ciertamente pecado. Pero Jesús dijo que "las ovejas lo siguen, porque reconocen su voz". "Conozco mis ovejas, y las mías me conocen. Así como el Padre me conoce, yo conozco al Padre" (Juan 10:3, 4, 14 y 15). Esas "otras ovejas" del rebaño divino no necesitan que se las persuada a aceptar la verdad del evangelio. Cuando la verdad (dada a conocer por la voz de Cristo) se les presenta con claridad, ¡no hay poder en el cielo ni en la tierra que las disuada de seguir esa Voz!

El atractivo está en la verdad misma, puesto que la verdad y el amor son inseparables. Aquel que cree exponer doctrina correcta, pero no la presenta con amor, no puede estar presentando la verdad (Efe. 4:15).

El amor al yo y las relaciones familiares

Si las palabras de Cristo a las multitudes nos pareciesen algo duras, hemos de saber que no estaba proponiendo una actitud de aspereza, desprecio u odio hacia los seres queridos en el círculo de la familia. El significado bíblico del término original no es aborrecer (como algunas versiones traducen), sino preferir, o amar comparativamente menos (Luc. 14:25 al 27).

Podemos ver una ilustración de ello en la propia actitud de Jesús hacia su madre y sus parientes. Él amaba tiernamente a su madre, y hasta en su hora más desesperada sobre la cruz hizo provisión para las necesidades de ella. Fue el ejemplo perfecto en la devoción filial. Sin embargo, nunca permitió que ningún vínculo de su pequeña familia, por más íntimo que fuera, significara una merma en su devoción a todo miembro sufriente y necesitado de la gran familia humana.

En cierta ocasión, mientras ministraba a las multitudes, llegaron sus parientes: "Entonces la madre y los hermanos de Jesús vinieron a verlo, y no podían llegar a él por causa de la multitud. Y le avisaron: 'Tu madre y tus hermanos están fuera, y quieren verte'. Él entonces respondió: 'Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios, y la cumplen'" (Luc. 8:19 al 21).

No hay que ver en ello el más mínimo desprecio por los tiernos vínculos familiares, sino el reconocimiento de que tales afectos no deben resultar pervertidos mediante el descuido en amar a todos los miembros necesitados de la familia humana. Se trata de una profunda lección que muchos necesitamos comprender, puesto que de forma instintiva estamos inclinados a confinar nuestro amor al estrecho círculo de nuestros seres más íntimos y queridos.

El amor a la familia y el orgullo de parentesco pueden ser formas muy sutiles asumidas por el "viejo hombre". Cuando Dios nos pide que hagamos algo o que vayamos a alguna parte, y nos negamos debido a que nos atan ciertos lazos de sangre, es porque el "viejo hombre" goza de una inmejorable salud. Cristo se entregó a fin de que todos pudiésemos oír su palabra y cumplirla (Luc. 8:21), y se espera que nosotros también tengamos la mente de Cristo. Pero cuando recibimos un llamamiento que implica dejar a padre, madre, hermano, hermana y otros seres queridos, para ir a tierras lejanas en servicio a Cristo, el "yo" suele protestar. Rara vez reparamos en que rechazar el deber equivale a rechazar la cruz.

Dedicado al servicio desde la niñez

Jesús "gustó" todo el sufrimiento y privación que un ser humano pueda conocer. Aunque muchos lo rechazaron, hubo algunos que dieron oído a la voz del Espíritu Santo, y fueron atraídos hacia él. Hubo también adoradores del "yo", pertenecientes al reino de Satanás, que no respondieron a esa atracción. Finalmente todos demostrarán de qué lado están.

A la postre, cada uno pronunciará sentencia sobre sí mismo.

Habrá finalmente un juicio en el que cada uno de los perdidos entenderá claramente por qué quedó "fuera". En aquel día final será presentada la cruz, como en una gigantesca pantalla, y toda mente antes cegada por el pecado, comprenderá su auténtico significado. Cuando los perdidos contemplen el Calvario con su Víctima misteriosa, los pecadores se condenarán a sí mismos. Cada uno comprenderá cuál fue su implicación y su elección final.

Si rehusamos el llamamiento a una labor ingrata en servicio al Señor, debido a nuestro amor por la familia, o a cualquier otra razón egoísta, no mereceremos una sentencia más favorable que si rechazamos la verdad bíblica por excusas similares. En ambos casos es la cruz lo que rechazamos, y no meramente el servicio o las doctrinas.

El costo de edificar un carácter

Al explicar la cruz a las multitudes, Jesús empleó tres ilustraciones:

(1) La primera señala la necesidad de medir el costo, antes de disponerse a edificar un carácter cristiano. El precio a pagar consiste precisamente en llevar la cruz:

"¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene lo que necesita para terminarla? No sea que después que haya puesto el fundamento, no pueda acabarla, y los que lo vean se burlen de él, diciendo: 'Este hombre empezó a edificar, y no pudo terminar'" (Luc. 14:28 al 30).

Había algo decididamente atractivo en la predicación de Cristo. Tenía un poder subyugador. Pero Jesús sabía que esa misma circunstancia podía hacer que se excitara en algunos lo emotivo, de tal modo que iniciaran irreflexivamente la edificación del carácter con gran peligro de ser un motivo de afrenta, debido a lo inmadura de su decisión. El empuje irresistible de una devoción entusiasta será íntegramente necesario más adelante, una vez se haya medido el costo y se lo haya aceptado. Eso es así debido a que dicho costo es justamente la cruz.

Acepta primero el "costo". Luego, permite al componente emocional que contribuya a la consecución de ese propósito. Comprende primero, dijo virtualmente Jesús, que la cruz en donde resulta crucificado el "yo" es el precio a pagar para la edificación de todo carácter cristiano genuino y duradero. La negligencia en calcular el costo de la sumisión a la cruz lleva al triste fracaso en alcanzar la altura apropiada en el desarrollo de un carácter a semejanza de Cristo. Una "torre" sin terminar puede solamente significar afrenta para el cielo, la burla y el desprecio para el mundo, y la dolorosa vergüenza y frustración para el edificador.

Cuán a menudo se ha reído el mundo de las inconsistencias de profesos seguidores del Cordero. Quizá el entusiasmo inicial hizo prever la edificación de un maravilloso edificio. Tras haber superado las primeras dificultades relativas a pecados flagrantes como la ebriedad, el tabaco, la sensualidad, etc, se da por sentado que la obra llegará a buen fin.

Pero aparecen entonces impedimentos que detienen el progreso. Cada vez van quedando menos "obreros" en la edificación de la "torre", y el corazón queda como edificio inacabado plagado de deficiencias, con un aspecto impresentable. El orgullo, las explosiones de ira, la impaciencia, el egoísmo "piadoso", el espíritu de crítica y chisme, la envidia y los celos constituyen todos ellos las ruinas de un carácter cuya edificación se detuvo. Y "los que lo vean se [burlarán] de él, diciendo: 'Este hombre empezó a edificar, y no pudo terminar'". Cristo resulta tristemente deshonrado en tal profeso seguidor.

El propio "edificador" puede perder ambos mundos si es negligente en medir el verdadero costo de la experiencia cristiana. La frustración es el resultado inevitable para aquel que empeñó sus recursos en un proyecto que se queda a mitad de camino. Pocos tendrán el valor de reconocer sin disimulos el fracaso en esa empresa de seguir a Cristo. Muchos más se conforman con vivir entre las ruinas del edificio, como esperando una provisión milagrosa en el futuro que por desgracia está abocada al mayor chasco, a menos que midamos el costo ahora y aquí, y estemos dispuestos a someternos al pago del precio requerido.

Cuando el edificio de un carácter semejante al de Cristo resulte completo, el mundo lo contemplará y se maravillará. No hay poder más eficaz para el cumplimiento de la comisión evangélica en el mundo, que el cumplimiento de esa obra en nuestros propios corazones.

Medir las fuerzas del enemigo

(2) La segunda ilustración escogida por Jesús es la de un enfrentamiento militar desigual:

"¿Qué rey, teniendo que ir a la guerra contra otro rey, no considera primero si puede enfrentar con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está aún lejos, le envía una embajada y le pide las condiciones de paz. Así, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo" (Luc. 14:31 al 33).

¡Solemne!

La naturaleza humana comprende la futilidad de un rey que busque guerrear contra un ejército mucho más poderoso que el suyo. El rey sensato enviará embajadores para llegar al mejor acuerdo posible, salvar cuanto le sea posible del país, y abandonar el resto. El invasor dicta los términos que va a imponer y establece las nuevas fronteras. De una parte, se establece el nuevo reino; de la otra, el rey sojuzgado queda junto a sus atemorizados súbditos, tratando vanamente de conservar la gloria y el poder de antaño, mientras que su independencia desapareció.

Jesús ilustra aquí las solemnes verdades de la cruz.

Efectivamente, dijo: No subestiméis el poderío del enemigo con quien debéis contender, es decir, el "viejo hombre", el "yo". Si vuestra voluntad de crucificar el yo es la mitad de la voluntad que tiene el "viejo hombre" de vivir, acabaréis recurriendo a buscar una tregua. Mejor es tener el valor de crucificarlo todo, y vencer así al enemigo. Sed verdaderamente mis discípulos, y alegraos en vuestra libertad y victoria.

¡Cuántos hay que firman una tregua con el enemigo!

El corazón se halla entonces dividido por una línea fronteriza. La asistencia a los servicios de adoración, la entrega de los diezmos y ofrendas, y la participación en alguna actividad de benevolencia cristiana intentan proporcionar la sensación de haber cumplido con la fidelidad requerida. La frontera separa el reino del "viejo hombre" del de su títere. En una parte mora el "viejo hombre", y en la otra el cristiano comprometido. De vez en cuando hay roces y altercados fronterizos, pues se trata de algo así como una frontera militarizada. No hay reposo para el alma. Y es que, a menos que uno esté dispuesto a arriesgarlo todo, alistándose del lado de Cristo con corazón indiviso, está de hecho en el lado del enemigo.

La ilustración de Jesús muestra de forma precisa la condición tibia de Laodicea. Se trata de una situación que no se puede equiparar a la vida radiante, ni tampoco a la muerte. Es una situación de la más patética debilidad. Ni caliente, ni fría, sino tibia.

No podemos permanecer por siempre en esa situación de tibieza

Antes o después habremos de afrontar la realidad. Estamos ante la bifurcación del camino. Hemos de elegir una de las dos direcciones: una significa el regreso a Egipto y a la apostasía; la otra conduce, por la senda de la cruz, a los luminosos valles de la Canaán celestial y a la victoria eterna. ¿Cuál vamos a elegir?

La paciencia y el mal llamado equilibrio, pueden no ser lo pertinente en un tiempo de crisis. La primera degenera fácilmente en cobardía; y el segundo, expresándose en la tibieza, chasquea a nuestro Salvador. El amor que lo impulsó a la cruz, nada sabía del tibio "equilibrio". Dijo: "El celo de tu casa me consume" (Juan 2:17). Peter Marshall oró así: "Sálvanos de ese tipo de paciencia que no se distingue de la cobardía. Danos el valor para ser fríos o calientes, para tenernos en pie por alguna cosa; o de lo contrario, cualquier cosa nos hará caer".

Un elemento valioso e ignorado

(3) La tercera ilustración que Jesús proporcionó sobre la cruz es sorprendente en su simplicidad:

"Buena es la sal, pero si pierde su sabor, ¿con qué se sazonará? Ya no sirve para la tierra, ni para el estercolero, sino que la arrojan fuera" (Luc. 14:34,35).

El cristianismo es bueno. Pero si el cristianismo